¿Puede una selección nacional de fútbol encarnar el carácter político e histórico del país que representa? La pregunta, que parece exagerada hasta que se examina con cuidado, cobra urgencia ante el cruce entre Portugal y Croacia en los dieciseisavos de final del Mundial 2026, y más aún ante el adversario que aguarda al vencedor: una potencia que llega envalentonada tras una goleada y que los analistas sitúan entre las principales candidatas al título.
Los colombianos debemos observar estos torneos con una mezcla de admiración y recelo. Admiración, porque el fútbol de élite sigue siendo el espectáculo colectivo más sofisticado que ha inventado la civilización moderna; recelo, porque sabemos que tras cada gran certamen hay una máquina de negocios que raramente favorece a quienes no pertenecen al círculo estrecho de las federaciones poderosas. Tocqueville, en su estudio sobre la democracia norteamericana, señalaba que las naciones tienden a proyectar sobre el exterior las fantasías que no pueden realizar en su interior. El Mundial funciona, mutatis mutandis, como ese espejo: cada país ve reflejada una versión idealizada de sí mismo en el rendimiento de once jugadores.
Portugal y Croacia ofrecen un contraste instructivo. La selección lusa, heredera de un imperio marítimo que dominó rutas comerciales durante siglos, juega con la soberbia de quien sabe que su talento individual —encarnado en la longevidad casi sobrenatural de Cristiano Ronaldo— puede resolver partidos que el juego colectivo no logra desbloquear. Croacia, por su parte, representa la resiliencia de una nación que reconstruyó su identidad tras la desintegración de Yugoslavia y que, con Luka Modric como metrónomo, ha convertido la técnica refinada en forma de resistencia histórica. El enfrentamiento entre ambos en Toronto no es meramente deportivo: es un diálogo entre dos concepciones distintas de cómo sobrevive una nación pequeña en un mundo dominado por gigantes.
El ganador de esta llave se medirá, según informa Infobae Colombia, contra un equipo que viene de golear en la ronda previa y que cuenta con una de las plantillas más talentosas del certamen. El artículo no revela explícitamente la identidad de este rival —la noticia aparece marcada como “en desarrollo”—, pero las características descritas apuntan hacia una de las potencias tradicionales del fútbol mundial. El dato es relevante no por el suspense que genera, sino porque ilustra una constante de los torneos recientes: la concentración de talento en un puñado de selecciones que, aprovechando sistemas de formación centralizados y ligas domésticas poderosas, han ampliado la brecha con el resto del planeta.
Arendt, en “Los orígenes del totalitarismo”, advertía sobre los peligros de la atomización social cuando las instituciones intermedias desaparecen. El fútbol contemporáneo padece una versión deportiva de ese fenómeno: la desaparición de las competiciones intermedias como espacios de equilibrio. Los grandes torneos nacionales de clubes se han convertido en apéndices de cinco ligas hegemónicas, y las selecciones nacionales reproducen esa lógica en cada Mundial. Cuando un equipo golea en dieciseisavos y es considerado “candidato al título” antes de que concluya la fase de eliminación directa, estamos ante una concentración de poder que el lenguaje periodístico normaliza sin cuestionar.
No todo es pesimismo. El propio artículo de Infobae destaca que el Mundial ha dejado “partidos emocionantes e inolvidables”, algunos con “resultados sorpresivos” y “conjuntos históricos eliminados”. Estas discontinuidas del guion previsto —la victoria de una selección modesta, la caída prematura de un favorito— constituyen el verdadero atractivo democrático del torneo. Popper defendía la “sociedad abierta” como aquella capaz de corregir sus errores mediante la crítica; el fútbol, en su mejor versión, funciona como metáfora de ese proceso: cualquier equipo puede, en teoría, ser derrotado por cualquier otro en noventa minutos.
La última batalla entre Ronaldo y Modric —así la describe la crónica— añade una dimensión biográfica que trasciende lo deportivo. Ambos jugadores superan los treinta y ocho años; su persistencia en la élite desafía las leyes fisiológicas y las dinámicas generacionales del fútbol moderno. Sin embargo, esta longevidad excepcional también plantea una pregunta incómoda: ¿no refleja la escasez de relevos generacionales en selecciones que dependen de figuras consolidadas hace dos décadas? El talento colectivo, que debería ser el verdadero patrimonio de una nación, se reduce en ocasiones a la resistencia de individuos extraordinarios.
El duelo de octavos que se avecina promete ser, en palabras de la fuente, “especial”. Los colombianos sabemos algo sobre partidos especiales en Mundiales, aunque nuestra memoria esté lastrada por las eliminaciones dolorosas más que por los títulos. Quizá por eso podemos observar con cierta distancia —no indiferencia, sino lucidez— el despliegue de fuerzas en territorio canadiense. El fútbol, como la política, raramente premia al más justo, sino al más eficaz en las circunstancas dadas. La tarea del espectador crítico consiste en distinguir entre el placer estético genuino y la propaganda nacionalista que los organismos rectorales del deporte promueven con maestría.
Cuando el balón ruede en Toronto, habrá algo más en juego que el pase a cuartos de final. Se tratará de ver qué modelo de nación —la del talento individual deslumbrante o la de la resistencia colectiva refinada— resiste mejor la prueba del tiempo. Y, tras ellos, aguardará un gigante que ya ha demostrado su capacidad de arrasar. La pregunta que deberíamos hacernos los colombianos, mientras tanto, es por qué nuestra propia selección, con recursos e historia suficientes, sigue reproduciendo la estructura de las naciones que dependen de genialidades aisladas en lugar de construir sistemas sostenibles. El espejo del Mundial, si sabemos mirarlo, refleja también nuestras propias omisiones.