¿Por qué recordamos con más nitidez la derrota inesperada que la victoria previsible? La pregunta, que Hannah Arendt hubiera vinculado a la fragilidad de las apariencias políticas, cobra relieve inesperado en el terreno del fútbol. Este martes, en el MetLife Stadium de Nueva York, Francia y Senegal reeditarán un encuentro que el 31 de mayo de 2002 alteró, por unas horas, la concepción que teníamos del orden natural de las cosas.
Entonces, los galos de Zidane, vigentes campeones mundiales, cayeron ante un conjunto africano que debutaba en la competición. Papa Bouba Diop, fallecido en 2020, anotó el único gol de aquel partido inaugural en Corea-Japón. Lo que siguió —cuartos de final para Senegal, eliminación prematura para Francia— constituye uno de esos episodios que Tocqueville habría reconocido como ejemplares: la democracia, decía, no garantiza resultados, solo procesos. En el deporte, como en la política, la superioridad técnica acumulada no resuelve automáticamente el destino de un día determinado.
Los colombianos que programemos nuestra tarde para las 2:00 p.m., hora local, encontraremos una Francia transformada. Didier Deschamps, que en 2002 era capitán de aquel equipo humillado, ahora dirige una selección liderada por Kylian Mbappé y reforzada con el actual Balón de Oro, Ousmane Dembélé. La profundidad ofensiva exhibida en la preparación —triplete de Michael Olise ante Irlanda del Norte incluido— sugiere una máquina bien aceitada. Mutatis mutandis, el favoritismo es abrumador.
Senegal, por su parte, llega con Sadio Mané como emblema de una generación que ha consolidado a los “Leones de Teranga” como potencia continental estable. Su tercer mundial consecutivo no es fruto del azar, sino de una estructura deportiva que el continente africano ha tardado décadas en construir. Si en 2002 la hazaña tuvo algo de meteórica, hoy la competencia se presenta entre rivales más parejos en términos institucionales.
Sin embargo, el componente simbólico persiste. El deporte de élite funciona como res publica fragmentada: millones de ciudadanos, temporalmente expropiados de su condición individual, se reconocen en una identidad colectiva que dura noventa minutos. La victoria de Senegal en 2002 no alteró el mapa geopolítico, pero sí demostró que el orden establecido admite fisuras. En tiempos de predicciones algorítmicas y control estadístico, ese residuo de imprevisibilidad conserva un valor casi filosófico.
No se trata de romantizar la sorpresa por sí misma. El panfleto deportivo —ese que reduce el encuentro a la epopeya del débil contra el fuerte— suele eludir la pregunta incómoda: ¿qué hace falta para que la excepción deje de serlo? Senegal, en estos 24 años, ha construido respuestas parciales. Francia, desde su derrota, ha ganado otros dos mundiales. Ambas selecciones ilustran algo que el liberalismo clásico siempre supo: las caídas pueden ser reconstruidas, y las construcciones, caídas.
Cuando el árbitro inicie el encuentro en Nueva Jersey, el marcador estará en cero. Esa formalidad matemática encierra una verdad que trasciende el fútbol: ningún mérito previo vence por anticipado. La historia, incluso la deportiva, no es una cuenta de ahorro.