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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 11 jun 2026

El fútbol vuelve a América y la pregunta es de qué tamaño será la fiesta

El Mundial 2026 inaugura una era de megaeventos deportivos. La ceremonia promete, pero el legado institucional será la verdadera prueba.

El fútbol vuelve a América y la pregunta es de qué tamaño será la fiesta — Deportes, ilustración editorial

¿Qué le debe el deporte moderno a la nación que lo hospeda, y qué le debe esta a sí misma cuando el estadio se vacía?

La pregunta no es retórica. México, Estados Unidos y Canadá abren hoy el Mundial más grande de la historia: cuarenta y ocho selecciones, ciento cuatro partidos, tres países que compiten en casi todo menos en la organización de un torneo de fútbol. La ceremonia inaugural —con Shakira, Maná, Los Ángeles Azules— confirma lo que Tocqueville habría reconocido: en las democracias comerciales, el espectáculo público es una forma de liturgia civil. El ritmo y el color no adornan el evento; son el evento. Los colombianos que vivimos el Mundial de 2014 en el vecino territorio sabemos que la fiesta puede ser memorable y el saldo institucional, discutible.

El formato expandido responde a una lógica que no es deportiva sino geopolítica. La FIFA, mutatis mutandis, operó como cualquier organización multilateral en crisis de legitimidad: creció para seguir siendo relevante. Más equipos significan más audiencias nacionales, más derechos de transmisión, más patrocinadores. El costo lo asumen los jugadores —calendario saturado, lesiones— y las ciudades anfitrionas, que deben movilizar recursos públicos sin garantía de retorno. Arendt advertía sobre la transformación de la acción política en mero espectáculo. El Mundial 2026 no escapa del riesgo: la ceremonia inaugural, por exuberante, no construye hospitales ni depura instituciones.

México asume su tercer Mundial con una tradición que oscila entre el entusiasmo organizativo y la corrupción recurrente. Sudáfrica 2010, Brasil 2014, Rusia 2018, Qatar 2022: cada uno dejó estadios que envejecen en desuso y deudas que envejecen peor. El caso del MetLife Stadium de Nueva Jersey o del BC Place de Vancouver es distinto —infraestructura ya amortizada—, pero no aplica a los proyectos mexicanos. La pregunta pertinente es si el torneo fortalecerá la capacidad regulatoria de los tres países o, por el contrario, normalizará excepciones que luego se cristalizan en práctica.

La selección mexicana enfrenta a Sudáfrica en un partido que pocos recordarán dentro de cuatro semanas, cualquiera sea el resultado. El inaugurador suele ser el más olvidado de los Mundiales. Sin embargo, simbólicamente, México juega en casa una presión que no es deportiva sino existencial: demostrar que puede ser anfitrión creíble de una competencia global en tiempos de polarización continental. El muro invisible que separa a los tres países organizadores —la disparidad regulatoria, la desconfianza comercial reciente, la migración como tema tabú— no se derriba con un gol.

Hay algo que celebrar, sin embargo, y sería mezquino omitirlo. El fútbol sigue siendo, en América Latina, una de las pocas experiencias colectivas que no están segmentadas por clase. El obrero y el ejecutivo ven el mismo partido, sufren la misma derrota, festejan el mismo gol. Popper, en su sociedad abierta, valoraba los rituales que permiten la crítica sin la violencia. El estadio, durante noventa minutos, funciona así: una asamblea temporal con reglas claras, árbitro incluido. Que esas reglas se respeten fuera del campo —en los contratos de obra pública, en la asignación de visas, en la protección de trabajadores migrantes— es la verdadera apuesta del Mundial 2026.

El minuto a minuto ocupará las pantallas. Los goles, las tarjetas, las eliminaciones sorpresivas serán el relato inmediato. Pero el legado de este torneo se medirá en décadas, no en minutos, y con indicadores que no aparecen en la transmisión: la integridad de las licitaciones, la sostenibilidad de los estadios reconvertidos, el trato a los miles de trabajadores temporales que hacen posible la fiesta. La espera terminó, dice el titular. La pregunta es si la cuenta regresiva que realmente importa acaba de comenzar.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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