La cuenta regresiva al Mundial 2026 comenzó esta semana en redes y medios deportivos colombianos. México vs Sudáfrica, Corea del Sur vs República Checa. Los números de convocados, las alineaciones, los análisis tácticos. Todo el ruido que genera un torneo que, en teoría, suspende la política por noventa minutos.
Pero en la práctica, nunca es así.
Colombia vuelve al Mundial después de estar fuera en 2022. Es un hecho que debería generar conversación sobre infraestructura deportiva, financiamiento de las categorías menores, o la realidad de un fútbol profesional que sigue siendo poroso a los intereses políticos. En cambio, lo que circula en X y TikTok es más simple: nostalgia, memes sobre la generación dorada de los noventa, y un cierto patriotismo sin grietas que contrasta con el ruido polarizado del resto de la agenda pública.
Eso no es accidental. El fútbol sigue siendo uno de los pocos espacios donde la grieta ideológica no encuentra agarre inmediato. Un gol es un gol, una mala arbitraje es mala arbitraje, sin que alguien te acuse de ser “anti-gobierno” o “golpista” por criticarlo. Las redes lo saben: cuando la política se vuelve tóxica, el fútbol es el escape.
Lo interesante es lo que no se ve. No hay trending topics sobre cómo se financia la selección, sobre los acuerdos de televisación que benefician a ciertos actores, o sobre el control que ejerce la Federación Colombiana de Fútbol en decisiones que trascienden el deporte. Mientras la polarización devora conversaciones sobre justicia, educación y seguridad, el fútbol permanece en una zona de confort donde los hechos deportivos prevalecen sobre las interpretaciones políticas.
Eso durará hasta que no dure. Hasta que alguien politice una convocatoria, un arbitraje o un resultado. Por ahora, la selección es el último espacio donde los colombianos pueden estar juntos sin estar peleando.