¿Tiene sentido hablar de fase de grupos cuando tres de cada cuatro selecciones pasan de ronda? El Mundial 2026, con su formato histórico de 48 equipos, pone en tensión una distinción que el fútbol había dado por sentada: la diferencia entre participar y competir. Colombia debutará el 17 de junio en el Estadio Azteca contra Uzbekistán; enfrentará después a la República Democrática del Congo en Guadalajara el 23, y cerrará ante Portugal en Miami el 27. Tres rivales de tres continentes, y una estructura que parece diseñada para que ninguna potencia relevante se ausente de la fase final.
La FIFA ha extendido el torneo del 11 de junio al 19 de julio, con una ronda de 32avos de final —noción que suena a contradicción para quienes crecimos con el formato clásico de dieciséles— entre el 28 de junio y el 3 de julio. La pregunta no es si esta expansión democratiza el certamen, sino si no lo empobrece hasta convertir sus primeras semanas en un ejercicio de mera logística. Tocqueville advertía sobre el riesgo de confundir la igualdad de condiciones con la igualdad de resultados; en el fútbol internacional, esa confusión ahora tiene calendario fijo y sedes confirmadas.
El grupo K de Colombia ilustra esta nueva geografía del balompié mundial. Uzbekistán, selección asiática en ascenso; la República Democrática del Congo, heredera de una tradición africana intermitente pero potencialmente explosiva; y Portugal, con Cristiano Ronaldo en lo que presumiblemente será su última aparición en la cita. El Nuevo Día, de Ibagué, señaló que el duelo ante Portugal figura entre los encuentros más llamativos de la primera ronda, en buena medida por la presencia de figuras consagradas. Esta atracción depende del nombre individual más que de una genuina incertidumbre colectiva. Cuando el espectáculo necesita de estrellas para justificar su interés, el deporte de equipos ha perdido algo que no recupera con más partidos en el calendario.
Néstor Lorenzo hereda esta paradoja. Su proceso, consolidado en las eliminatorias sudamericanas, deberá demostrar que la continuidad puede traducirse en resultados bajo una presión que el formato diluye para casi todos. El Estadio Azteca, escenario del debut, evoca memorias ambivalentes para los colombianos: el gol de Carlos Valderrama a Alemania en 1990, pero también eliminaciones dolorosas en ediciones posteriores. El fútbol, como la política, vive de la memoria selectiva. Los aficionados recordarán lo que convenga al desenlace final.
La pregunta que Colombia deberá responder no es si puede terminar entre los tres primeros de su llave. Con tres clasificados por grupo y un sistema de 32avos que funciona como red de contención para las selecciones de mayor tradición, la fase de grupos ha perdido su función histórica de filtro dramático. La verdadera interrogante es si esta selección, en plenitud técnica y con una generación que se supone madura, puede construir algo que perdure más allá del torneo. Los cuartos de final de 2014, con James Rodríguez coronándose en Brasil, establecieron un estándar que ninguna participación posterior ha igualado. El deporte, como la res publica, se juzga por sus logros institucionales, no por sus intenciones declaradas.
El 19 de julio, cuando se dispute la final en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, Colombia podría estar allí o haber regresado a Bogotá semanas antes. El formato dilatado permite ambas historias sin exigirles el mismo mérito. Esa es, quizás, la lección más política de este Mundial: cuando todos participan y casi todos avanzan, la distinción entre competencia y mera presencia se desdibuja. Los colombianos debemos preguntarnos si preferimos ser testigos de un torneo inclusivo o protagonistas de uno verdaderamente exigente. El calendario ya está escrito; la respuesta, no.