La segunda vuelta presidencial en Perú se ha convertido en un ejercicio de resistencia institucional más que en una fiesta democrática. Con el 98,25% de las actas procesadas por la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), Keiko Fujimori mantiene una ventaja de apenas 4.310 votos sobre Roberto Sánchez. Esta diferencia, que representa un 50,01% frente a un 49,98%, no solo mantiene en vilo a los mercados limeños, sino que obliga a Bogotá a preparar dos escenarios de política exterior radicalmente distintos para la región andina.
Desde la perspectiva de las relaciones hemisféricas, este empate técnico trasciende la coyuntura electoral peruana. Se trata de la definición del alineamiento geopolítico de nuestro vecino más importante en la Alianza del Pacífico. Mientras la administración Petro busca consolidar un bloque progresista regional, una victoria de Fujimori reactivaría el eje atlantista Lima-Washington-Brasilia que ha sido el contrapeso natural a los experimentos populistas en la cuenca del Pacífico. Por el contrario, un triunfo de Sánchez, aunque moderado en su discurso económico, abriría la puerta a una convergencia ideológica con la Casa de Nariño que podría facilitar agendas comunes en migración y transición energética, pero complicar la coordinación en seguridad y lucha contra el narcotráfico con Estados Unidos.
La prueba de estrés institucional
El verdadero riesgo para Colombia no es quién gane, sino cómo se gestione la posverdad electoral. El Jurado Nacional de Elecciones (JNE) ha estimado un plazo de hasta 30 días para proclamar resultados definitivos, tiempo necesario para resolver impugnaciones y garantizar el debido proceso. Esta pausa técnica es vital para la legitimidad, pero peligrosa en un país donde ningún presidente ha completado su mandato desde 2016.
Para los inversionistas y analistas de riesgo político, la declaración del titular del JNE, Roberto Burneo, rechazando “tajantemente cualquier narrativa de fraude”, es una señal de fortaleza institucional que debe ser respaldada por la comunidad internacional. Sin embargo, la historia reciente peruana sugiere cautela. La fragmentación congressional y la debilidad de los partidos hacen que la gobernabilidad dependa menos del ganador y más de la capacidad del sistema para absorber shocks sin romper la separación de poderes. Desde Bucaramanga, donde sentimos directamente los vaivenes del comercio andino, sabemos que la incertidumbre prolongada en Lima deprime la inversión transfronteriza y encarece el riesgo país para toda la subregión.
Implicaciones para la agenda bilateral
La relación comercial Colombo-Peruana, cimentada en la Alianza del Pacífico y el TLC bilateral, requiere previsibilidad. Ambos candidatos han expresado compromiso con el libre comercio, pero los matices importan. Fujimori ofrece continuidad en los tratados y una política de seguridad alineada con los estándares de cooperación estadounidense, lo cual es relevante para la lucha contra las economías ilícitas que desangran a ambos países. Sánchez, por su parte, podría priorizar la integración física y social, pero su capacidad de ejecución dependerá de un Congreso que, históricamente, ha sido hostil a cualquier Ejecutivo.
Colombia debe mantener una neutralidad activa y respetuosa durante este interregno. Nuestra cancillería y el sector empresarial deben evitar cualquier declaración que pueda ser interpretada como injerencia o preferencia. La prioridad es blindar los mecanismos de cooperación técnica y comercial existentes, independientemente del signo político que ocupe el Palacio de Pizarro a partir del 28 de julio. La estabilidad de la región andina depende de que Perú resuelva esta elección dentro de los cauces institucionales, no de quién se siente en la silla presidencial.
La lección para Bogotá es clara: la fortaleza de nuestras relaciones bilaterales no puede depender de la afinidad ideológica de turno. Debe basarse en una institucionalidad robusta y en intereses de Estado de largo plazo. Mientras Perú cuenta votos, Colombia debe contar con que su vecino seguirá siendo un socio estratégico, siempre y cuando respetemos sus tiempos y sus procesos democráticos, por estrechos y tensos que resulten.