¿Hasta dónde puede expandirse un torneo antes de que la expansión misma se vuelva su enfermedad? El Mundial de Estados Unidos, México y Canadá 2026, que arranca mañana con el México-Sudáfrica en el Azteca, nos obliga a plantear la pregunta con la seriedad que merece. No se trata de nostalgia de tiempos menores, sino de examinar si la lógica comercial que rige la FIFA ha alcanzado, mutatis mutandis, el umbral donde la cantidad anula la calidad institucional del certamen.
Las cifras son elocuentes. Mil doscientos cuarenta y ocho futbolistas de cuarenta y ocho selecciones competirán en ciento cuatro partidos, con una nueva ronda de dieciseisavos de final que alarga el calendario hasta límites insospechados. Dieciséis países más que en las ediciones recientes, tres naciones anfitrionas, dieciséis ciudades. El Azteca, por cierto, será el primer estadio en inaugurar tres Mundiales: 1970, 1986 y ahora 2026. Un récord que honra la memoria del fútbol mexicano, pero que también funciona como metáfora de un certamen que repite fórmulas sin cuestionar si el ritual conserva su sentido.
La FIFA reparte trescientos siete millones de euros a los clubes por la cesión de jugadores, una cifra que revela dónde reside el verdadero poder del fútbol contemporáneo. Doscientos militan en la Premier League, ciento nueve en la Bundesliga, ochenta y seis en la Ligue 1. El Manchester City aporta diecinueve convocados, el Bayern dieciocho. El torneo de selecciones, esa ilusión de comunidad nacional que Tocqueville habría reconocido como uno de los pocos rituales cívicos universales, se juega cada vez más con empleados de corporaciones globales cuya lealtad principal no es precisamente la bandera.
Y sin embargo, persisten las historias humanas que justifican la atención. Lionel Messi acumula trece goles mundialistas, a tres del récord de Miroslav Klose. Cristiano Ronaldo, a los cuarenta y un años, disputa su sexto Mundial junto al mexicano Guillermo Ochoa. Craig Gordon, el arquero escocés de cuarenta y tres años, es el más veterano; Gilberto Mora, el volante mexicano de diecisiete, el más joven. El austriaco Florian Wiegele mide 2.05 metros; el panameño César Yanis, 1.60. El fútbol, en su retórica oficial, celebra estas paradojas como prueba de su democracia universal.
Pero los colombianos debemos mirar con cautela esa retórica. Nuestra selección aporta jugadores como Daniel Muñoz y Jefferson Lerma en la Premier, David Ospina a sus treinta y siete años como veterano de la convocatoria, Gustavo Puerta a los veintidós como el más joven. Álvaro Montero, con sus 2.03 metros, es el más alto del plantel; Jaminton Campaz, con 1.66, el más bajo. Son datos curiosos que ocultan una pregunta más incómoda: ¿qué probabilidad real tienen cuarenta y ocho selecciones de competir por el título, y cuántas están allí para legitimar un negocio televisivo?
Veintidós campeones mundiales competirán en esta edición, pero la distribución es reveladora: diecisiete argentinos de la camada de Qatar 2022, cuatro franceses de Rusia 2018, un solo alemán de Brasil 2014. La concentración de talento victorioso en pocas selecciones no se resuelve con más plazas; se profundiza con la desigualdad estructural del fútbol global. Cuarenta y ocho equipos no garantizan cuarenta y ocho proyectos competitivos; garantizan más partidos de fase de grupos que pocos recordarán.
El premio de cincuenta millones de dólares para el campeón suena generoso hasta que se compara con los ingresos que generará el torneo. La FIFA, cuya gobernanza ha sido objeto de escándalos que no necesito recordar aquí, encontró en la expansión a cuarenta y ocho su fórmula de legitimidad política: más votos en la asamblea, más subsidios para confederaciones menores, más silencio ante las irregularidades institucionales.
No soy quién para negar la alegría que produce un Mundial. Pero los colombianos debemos ser, en este como en otros ámbitos, exigentes con las formas que adoptan nuestras pasiones colectivas. Cuarenta y ocho selecciones, ciento cuatro partidos, tres países anfitriones: la fiesta será grande, indudablemente. Lo que no está garantizado es que siga siendo, en algún sentido que valga la pena preservar, la misma fiesta.