¿Qué significa que el fútbol mundial vuelva a territorio americano después de treinta y dos años, y que Colombia deba contemplar el estreno desde la distancia, con el debut aplazado seis días respecto de la ceremonia inaugural?
La pregunta no es meramente cronológica. El torneo que comienza este jueves en el Estadio Azteca —por tercera vez en su historia, un dato que habla de la persistencia de ciertos escenarios frente a la fugacidad de las modas deportivas— inaugura una forma distinta de concebir la competición: cuarenta y ocho selecciones, ciento cuatro partidos, tres naciones anfitrionas y tres ceremonias de apertura. La FIFA, mutatis mutandis, ha optado por una expansión que diluye la exclusividad heredada del siglo XX en aras de una inclusión geopolítica que responde más a la aritmética de votos que a la calidad técnica. No es una crítica; es una constatación de que las instituciones deportivas, como las políticas, reconfiguran sus reglas de legitimidad según los tiempos.
México abre contra Sudáfrica con una selección que incluye a Julián Quiñones, nacido en Magüí Payán, Nariño, y nacionalizado tras desarrollar su carrera en el fútbol azteca. El caso no es nuevo en la historia de los mundiales —recordemos a Alfredo Di Stéfano, a Ferenc Puskás en su etapa española—, pero sí ilustra una tensión persistente: la identidad deportiva como construcción administrativa más que como destino natural. Quiñones representará a México; Colombia, que no lo convocó a su tiempo, observará desde la tribuna ajena. La selección nacional, en rigor, no pierde un jugador que nunca tuvo, pero la escena recuerda que el mercado futbolístico globalizado premia la movilidad jurídica que los Estados nacionales no siempre saben anticipar.
La jornada inaugural ofrece también el contraste entre Corea del Sur —undécimo mundial consecutivo, con Son Heung-min disputando su cuarta Copa a los treinta y tres años— y República Checa, ausente desde 2006. La regularidad asiática frente a la intermitencia europea: dos modelos de desarrollo deportivo que Tocqueville, si hubiera escrito sobre fútbol, habría relacionado con las estructuras asociativas de cada sociedad. Corea del Sur construye su permanencia sobre una base institucional sostenida; la República Checa, heredera de una tradición checoslovaca que produjo a Josef Masopust y a Antonín Panenka, depende más de ciclos generacionales. Ambos equipos llegan con resultados dispares en sus preparatorios, lo que no determina nada pero sí dibuja estados de ánimo contrapuestos.
Colombia, entretanto, espera. Su debut será el miércoles 17 de junio contra Uzbekistán, en el mismo escenario donde México inaugurará el torneo. La Tricolor vuelve tras una ausencia de ocho años, consecuencia de la no clasificación a Catar 2022. El dato duele porque interrumpe una secuencia de participaciones que había comenzado a normalizarse: Brasil 2014, Rusia 2018, y luego el vacío. Los triunfos preparatorios ante Costa Rica y Jordania —3-1 y 2-0— no garantizan nada, como tampoco lo garantizaban las victorias amistosas de Corea del Sur antes de sus derrotas ante Costa de Marfil y Austria. Pero permiten conjeturar que el equipo de Néstor Lorenzo llega con cierta solidez defensiva, una virtud que en mundiales anteriores le faltó cuando más se necesitó.
La ceremonia inaugural incluirá a Shakira, J Balvin y Ryan Castro: tres voces colombianas en un espectáculo mexicano de un torneo norteamericano. La globalización cultural funciona así, distribuyendo símbolos nacionales en escenarios donde la bandera pierde exclusividad. No hay nada de reprochable en ello; al contrario, habla de una inserción de la cultura colombiana en circuitos internacionales que la política, con frecuencia más torpe, no siempre logra igualar. Pero la presencia artística no debe confundirse con presencia deportiva. Colombia estará en el show antes que en el campo, y esa prioridad de los organizadores —entendible, comercialmente— deja entrever una jerarquía que los propios jugadores deberán revertir con resultados.
El Estadio Azteca, testigo de los goles de Pelé en 1970 y de Maradona en 1986, recibirá ahora una inauguración sin la selección colombiana en el programa. La historia del fútbol se escribe también en estas ausencias, en los días de espera, en la tensión entre el espectáculo inmediato y la participación diferida. Hannah Arendt, en otro contexto, distinguía entre el trabajo que produce objetos duraderos y el trabajo que se consume en su propio proceso. El fútbol mundialista tiene de ambos: los partidos se juegan una vez, pero los torneos perduran en la memoria colectiva. Colombia necesita, en estos seis días de diferimiento, que su ausencia inicial no determine su presencia final.
La pregunta que formulaba al inicio no admite respuesta categórica. El retorno del Mundial a América significa distintas cosas según quién lo mire: para México, la reaffirmación de un estatus de anfitrión histórico; para Estados Unidos y Canadá, la consolidación de un mercado que la FIFA no puede ignorar; para Colombia, la oportunidad de reescribir una narrativa interrumpida. El jueves comenzará el torneo; el miércoles siguiente, quizás, comenzará el juicio sobre si esta generación de jugadores —con James Rodríguez, Camilo Vargas y Yerry Mina repitiendo experiencia mundialista— supo aprovechar la espera.