Colombia amaneció el 7 de agosto de 2026 con dos escenas simultáneas. En Cali, Abelardo de la Espriella asumió la Presidencia ante el Congreso. En Barranquilla, la bancada del Pacto Histórico instaló una tarima en la carrera cuarta con avenida Murillo para lo que sus voceros denominaron una “expresión pacífica de desobediencia civil y soberanía popular”, según reportó Infobae Colombia con base en información de El Espectador.
La jornada opositora se programó en tres ciudades: Barranquilla, Bogotá y Cali. El acto principal en la capital del Atlántico comenzó a las 10:00 de la mañana, con un ajuste de horario que evitó coincidir con el concierto “Barranquilla: Capital de la Patria Milagro”, previsto a las 3:00 de la tarde en el malecón del río. La llegada del senador Iván Cepeda se anunció hacia el mediodía. Henry Gordon, presidente de la CUT del Atlántico, aseguró a los medios que la convocatoria reuniría un número significativo de congresistas y delegaciones de varios departamentos del Caribe, según consignó Infobae Colombia.
Lo relevante del 7 de agosto no fueron las concentraciones, que son un derecho constitucional. Fue la decisión de instalar una “posesión paralela” el mismo día de la transmisión de mando. La bancada eligió competir por la atención mediática en lugar de esperar a que el nuevo gobierno se posesionara y comenzar, desde el Capitolio, las tareas ordinarias de fiscalización.
Conviene repasar esas herramientas, porque a veces se olvidan. El Congreso colombiano tiene a su disposición debates de control político, citaciones a ministros, comisiones de investigación, mociones de censura y solicitudes de informes. Son atribuciones serias, con efectos concretos sobre el Ejecutivo. Una oposición que las ejerce con disciplina marca la diferencia entre vigilar y protestar.
¿Qué señales ha enviado hasta ahora el Pacto Histórico? Una movilización callejera el día de la posesión, antes de que el nuevo gobierno dicte su primera línea de política. El orden importa: primero se evalúan los actos, después se protesta. Invertirlo convierte la fiscalización en un acto declamativo.
La derrota electoral del progresismo dejó a esa colectividad sin la Presidencia, pero no sin representación parlamentaria. Cepeda y otros congresistas de su bancada conservan curul y, con ella, los instrumentos institucionales para sostener una oposición exigente. La pregunta que deja la jornada del 7 de agosto es si esa fuerza política apostará por el Capitolio o por la plaza pública.
Desde la óptica institucionalista que defiende La Bitácora, la movilización pacífica merece respeto, no reproche. Lo que merece escrutinio es la decisión de convertir el inicio de un mandato elegido en la fecha cero de una campaña de desobediencia. La oposición tiene herramientas poderosas; usarlas exige oficio legislativo, no solo capacidad de convocatoria.
El gobierno De la Espriella arrancará con una oposición en la calle y otra en el Congreso. La primera le servirá de tribuna; la segunda, si se construye con seriedad, le servirá de contrapeso. Apostar por la primera y despreciar la segunda sería un error que el Pacto Histórico ya empezó a cometer.