La cotización del dólar estadounidense en Colombia ha descendido hasta niveles cercanos a los 3.230 pesos, marcando una revaluación del peso que lo posiciona como líder entre las monedas emergentes de la región. Sin embargo, este comportamiento despierta alertas en el sector real. Mientras la Tasa Representativa del Mercado (TRM) se ubica por debajo de los 3.300 pesos, estimaciones de firmas como Skandia sugieren que el precio de equilibrio de largo plazo debería rondar los 3.600 pesos. Esta brecha de casi 400 pesos entre el mercado spot y los fundamentales macroeconómicos plantea interrogantes sobre la sostenibilidad de la apreciación y sus efectos en la balanza comercial.
El carry trade como motor de corto plazo
La explicación inmediata de esta fortaleza cambiaria reside en la política monetaria restrictiva. Con una tasa de intervención del Banco de la República en el 12,00 %, el diferencial frente a la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) sigue atrayendo capitales especulativos en busca de rendimiento. Este fenómeno, conocido como carry trade, premia el ingreso de flujos financieros pero castiga la competitividad de los bienes transables. A diferencia de otros episodios de revaluación impulsados por bonanzas exportadoras o inversión extranjera directa productiva, el actual está anclado en el arbitraje de tasas.
El mercado ha interpretado positivamente las señales de disciplina fiscal y el respeto a la autonomía del emisor por parte del próximo gobierno. No obstante, con una deuda pública cercana al 60 % del Producto Interno Bruto (PIB), los márgenes de maniobra son estrechos. La confianza actual es un activo valioso, pero volátil. Si la inflación en Estados Unidos supera las expectativas y la Fed mantiene o eleva sus tasas, el diferencial se reducirá y los flujos de cartera podrían revertirse con la misma velocidad con la que ingresaron. La dependencia de estos capitales golondrina expone a la economía colombiana a choques externos que no dependen de variables domésticas.
Geopolítica y riesgos de desalineación
El contexto internacional añade capas de complejidad. Las tensiones en el estrecho de Ormuz han introducido volatilidad en los mercados energéticos, lo que tradicionalmente favorecería al peso colombiano como moneda de país exportador de crudo. Sin embargo, el índice DXY, que mide la fortaleza del dólar frente a una canasta de divisas, se mantiene firme. La resistencia del peso a esta tendencia global de fortalecimiento del billete verde es una anomalía que merece seguimiento. No estamos ante un dólar débil globalmente, sino ante un peso artificialmente fuerte localmente.
Para la región andina, esta dinámica tiene implicaciones asimétricas. Mientras Ecuador y Perú, con monedas más estables y dolarizadas o semi-dolarizadas, ajustan sus precios relativos de manera más gradual, Colombia absorbe el choque cambiario en su totalidad. Esto puede generar presiones deflacionarias importadas que, si bien ayudan a la meta de inflación del BanRep, erosionan los márgenes de la industria y la agricultura orientadas a la exportación. En un momento donde la integración regional y el comercio intralatino deberían ser prioridades estratégicas ante el proteccionismo global, una tasa de cambio desalineada actúa como un arancel invisible contra nuestros propios socios comerciales.
La trampa de la revaluación
Desde una perspectiva de mercado, la caída del dólar es celebrada por los tenedores de deuda en moneda extranjera y los importadores de insumos. Pero desde la óptica del desarrollo productivo y la estabilidad macroprudencial, una divisa que cotiza 10 % por debajo de su valor fundamental es un riesgo latente. Los niveles técnicos de 3.230 a 3.250 pesos pueden actuar como piso temporal, pero no garantizan un nuevo equilibrio estructural.
La tarea del Banco de la República en este segundo semestre de 2026 será delicada. Debe balancear el control de la inflación con la prevención de una desalineación cambiaria persistente que termine desindustrializando sectores clave. La credibilidad institucional se ha fortalecido, pero la política monetaria no puede sustituir indefinidamente a la política fiscal ni a la estrategia de competitividad. Si la revaluación actual responde exclusivamente al arbitraje de tasas y no a mejoras en la productividad o la seguridad jurídica de largo plazo, estaremos construyendo una fortaleza cambiaria sobre cimientos financieros, no reales. Y en los mercados emergentes, lo que sube por flujos de cartera suele corregir por la misma vía.