El cierre del dólar a $3.219,30 el pasado 23 de julio confirma una tendencia que merece un análisis más allá de la cotización diaria. Si bien la Tasa Representativa del Mercado (TRM) registró un alza leve de $12,44 frente al día anterior, la apreciación interanual del 15,65% y la volatilidad reducida al 9,53% sugieren un escenario atípico para la economía colombiana. No estamos ante un fortalecimiento estructural de la moneda local impulsado por la productividad o la confianza institucional, sino ante un efecto contable derivado directamente del conflicto bélico en Medio Oriente y la consecuente disparada del precio del Brent a más de 100 dólares por barril.
Para un país que, como Colombia, depende de las exportaciones de hidrocarburos para financiar su déficit en cuenta corriente, este fenómeno es un arma de doble filo. En el corto plazo, el ingreso de divisas por petróleo actúa como un estabilizador automático del tipo de cambio, compensando la salida de capitales y la incertidumbre política doméstica. Sin embargo, desde una perspectiva de mercado y de relaciones hemisféricas, basar la estabilidad cambiaria en una prima de riesgo geopolítica es insostenible. La advertencia del presidente Donald Trump sobre un posible castigo militar contra Irán tras los ataques en el Mar Rojo introduce un nivel de incertidumbre que los mercados andinos no pueden ignorar.
La desconexión entre el mercado regulado y el minorista
Un dato que debe alertar a los analistas y a los hacedores de política económica es la brecha persistente entre el mercado regulado y el mercado cambiario minorista. Mientras en el sistema Set-FX el dólar se negoció con un mínimo de $3.197, en las casas de cambio el precio de venta promedio alcanzó los $3.460, con picos de $4.000 en ciudades como Cartagena o Medellín. Esta diferencia de más de 200 pesos no es solo un margen de intermediación; es un indicador de fricción en la economía real.
El mercado regulado refleja los flujos macroeconómicos y las operaciones de cobertura de grandes corporaciones, mientras que el mercado minorista captura la demanda de viajeros, remitentes y pequeños comerciantes que operan con billete físico. Que el dólar minorista se mantenga significativamente más caro sugiere que la oferta de divisas físicas no está fluyendo con la misma liquidez que en el mercado electrónico, o que existe una prima por riesgo percibido que la TRM no registra. Para el exportador no tradicional y el importador de bienes de consumo, esta distorsión encarece costos operativos y reduce la competitividad real, independientemente de lo que diga la tasa oficial.
Fundamentos frágiles en un entorno regional complejo
La estabilidad actual del peso, con un Índice de Fuerza Relativa (RSI) en zona de sobreventa por tres sesiones consecutivas, no debe confundirse con solidez. Según datos de la plataforma Set-FX, se negociaron más de 1.356 millones de dólares en una sola jornada, lo que indica alta liquidez, pero también una posición vendedora agresiva que podría revertirse si el conflicto en el estrecho de Ormuz se desescala o si la respuesta militar estadounidense es menor a la esperada.
En el contexto regional, esta dinámica nos diferencia de vecinos como Argentina o Ecuador, pero nos acerca a la vulnerabilidad de otras economías petrolodependientes. La apreciación del peso por factores externos enmascara problemas estructurales internos. Si el Gobierno actual continúa priorizando el gasto social sobre la inversión en infraestructura productiva y la seguridad jurídica para la inversión privada, la caída del crudo dejará al descubierto la fragilidad de nuestra balanza de pagos. Además, en un entorno donde Washington endurece su postura frente a regímenes autoritarios en la región, la alineación de Colombia con los intereses atlánticos y de libre comercio sigue siendo el mejor seguro contra la volatilidad, más allá de los vaivenes del barril.
Los agentes económicos deben leer estas cifras con prudencia. Un dólar “barato” en términos históricos, impulsado por la guerra y desconectado del mercado de billetes, no es señal de salud macroeconómica, sino de una dependencia externa que requiere ajustes urgentes en política fiscal y comercial. La verdadera estabilidad llegará cuando el peso se fortalezca por la confianza en nuestras instituciones y no por el miedo en los estrechos marítimos del Golfo Pérsico.