La decisión del primer ministro Benjamín Netanyahu de rechazar el plan de quince puntos para Gaza, propuesto por la administración de Donald Trump, marca un punto de inflexión en las relaciones hemisféricas que trasciende el conflicto en Oriente Medio. Para un observador en Bogotá, acostumbrado a leer la geopolítica global desde la periferia andina, este movimiento no es solo una disputa táctica sobre el desarme de Hamás; es una señal estructural sobre la erosión de la capacidad de Washington para imponer consensos estratégicos, incluso entre sus aliados más cercanos.
Desde Bucaramanga, donde seguimos con atención tanto los mercados regionales como la seguridad hemisférica, resulta evidente que la negativa israelí debilita la narrativa de una política exterior estadounidense transaccional y efectiva. Si la Casa Blanca no puede cerrar un acuerdo con Tel Aviv, ¿qué margen de maniobra real tiene para negociar condiciones comerciales o de seguridad con socios latinoamericanos mucho más dependientes? La respuesta a esta pregunta definirá la agenda de inversiones y cooperación en la región andina durante el próximo ciclo político.
Los límites de la diplomacia transaccional
El argumento central de Netanyahu es que la retirada militar solo ocurrirá cuando Hamás esté “verdaderamente” desarmada, una condición que difiere sustancialmente de los plazos y mecanismos contemplados en la propuesta estadounidense. Esta discrepancia revela que, en temas de seguridad existencial, ni siquiera la alineación ideológica con Washington garantiza subordinación estratégica. Según reportes de BBC Mundo, la postura israelí prioriza la eliminación total de la amenaza militar sobre la arquitectura diplomática regional que busca estabilizar la zona.
Para Colombia, esto tiene implicaciones directas. Nuestra relación con Estados Unidos se ha construido históricamente bajo la premisa de que somos un aliado confiable en seguridad y defensa. Sin embargo, si la doctrina de Washington muta hacia un pragmatismo donde los acuerdos son flexibles según la conveniencia interna de cada socio, Bogotá debe evaluar si su propia estrategia de seguridad sigue siendo compatible con esta nueva realidad. No podemos asumir que el respaldo atlantista será automático o incondicional en un entorno donde hasta Israel recalcula sus compromisos.
Riesgos para la región andina
La fractura en el eje Washington-Tel Aviv también envía señales complejas a los mercados emergentes. La incertidumbre geopolítica suele traducirse en primas de riesgo más altas y volatilidad en materias primas, factores que golpean directamente a economías abiertas como la colombiana. En un contexto donde defendemos el libre comercio y la integración institucional, la imprevisibilidad de las grandes potencias obliga a diversificar alianzas sin abandonar el atlantismo.
Además, existe un riesgo de contagio retórico. Si la potencia hegemónica acepta públicamente que sus propuestas pueden ser descartadas por aliados menores sin consecuencias inmediatas, otros actores regionales podrían sentirse tentados a probar los límites de la cooperación bilateral. En la cuenca del Caribe y la región andina, donde la narcogeopolítica y la migración ya tensionan las relaciones, cualquier percepción de debilidad institucional en Washington puede ser capitalizada por regímenes autoritarios o por actores criminales que buscan renegociar términos de facto.
Recalibrar sin perder el rumbo
Como medio institucionalista y pro-mercado, en La Bitácora hemos defendido siempre la importancia de mantener una relación sólida con Estados Unidos y Europa. Pero el realismo exige reconocer que esa relación ya no opera bajo las mismas reglas de hace dos décadas. El rechazo de Netanyahu al plan de Trump no es un evento aislado; es síntoma de un sistema internacional donde la soberanía nacional y los intereses de supervivencia inmediata pesan más que los diseños multilaterales.
Colombia debe responder con sobriedad analítica, no con reacciones emocionales ni alineamientos automáticos. Esto implica fortalecer nuestra autonomía estratégica dentro del marco occidental: mejorar nuestra inteligencia, profesionalizar aún más nuestra fuerza pública y diversificar nuestros socios comerciales en Bruselas y Londres, sin descuidar el vínculo esencial con Washington. La lección de Gaza para los Andes es clara: en un mundo de alianzas líquidas, la credibilidad institucional y la coherencia interna son los únicos activos que no cotizan a la baja.