¿Puede un partido de fútbol enseñar algo que las cámaras legislativas y los consejos de ministros hayan olvidado? La pregunta parece exagerada, propia de quien confunde el estadio con el ágora. Y sin embargo, la final del Mundial de 2026 entre España y Argentina —que el análisis de la BBC describió como lo más cercano a hacer realidad el manido aforismo de una “victoria para el fútbol”— ofrece material para una reflexión que trasciende el marcador. No se trata de deportivizar la política ni de politizar el deporte, sino de reconocer que ciertos bienes humanos —el mérito, la regla compartida, la excelencia disputada dentro de límites— se manifiestan con una pureza en la cancha que rara vez alcanzan en la tribuna pública.
Hay una razón por la que el cliché de la “victoria para el fútbol” resulta normalmente vacío: se invoca cuando no hay nada más que decir, cuando el partido fue mediocre pero alguien debe llenar una columna. Que un análisis serio lo resucite para esta final sugiere que ocurrió algo distinto. Dos tradiciones futbolísticas —la posesión paciente y coral que España cultivó desde hace casi dos décadas, la garra individual y la astucia competitiva que define a Argentina— se enfrentaron sin que ninguna renunciara a su identidad ni recurriera a la destrucción del juego rival como estrategia primera. Cuando eso sucede, el espectáculo deja de ser un pleito y se convierte en lo que los clásicos llamarían una contienda noble: certamen en el sentido latino, disputa que ennoblece a ambos contendientes.
El fútbol, en su mejor versión, es quizás la última institución de masas donde la regla sigue siendo anterior al resultado. Se puede discutir al árbitro —y se discute, con pasión teológica—, pero nadie sensato propone que el equipo con más hinchas o más dinero tenga derecho a mover la línea de gol. Tocqueville observó que las democracias sanas dependen de asociaciones donde los ciudadanos aprenden a perder sin romper el juego y a ganar sin humillar al vencido. El estadio, cuando funciona, es esa escuela. Cuando no funciona —cuando el resultado se compra, cuando la violencia sustituye al argumento, cuando el poder político se cuelga de la camiseta—, el fútbol se vuelve lo contrario: una metáfora del deterioro.
Por eso conviene resistir dos tentaciones simétricas. La primera es la del cinismo que ve en toda celebración deportiva un opio, una distracción de los problemas reales. Es una pose vieja y perezosa: los pueblos pueden celebrar una final y exigir cuentas a sus gobernantes el mismo día, y quien cree lo contrario subestima a la ciudadanía tanto como los demagogos que la manipulan. La segunda tentación, más sutil, es la del triunfalismo que convierte la victoria ajena en prueba de un sistema. España no ganó porque su modelo de Estado sea superior, ni Argentina perdió por sus crisis económicas. Los partidos se ganan con jugadores, tácticas y esa cuota de fortuna que Maquiavelo llamaba fortuna y que ninguna planificación elimina. Leer la geopolítica en el marcador es tan errado como leer el marcador en la geopolítica.
Lo que sí puede decirse con propiedad es que una final así repara algo que la vida pública contemporánea daña: la idea de que la excelencia se disputa abiertamente, bajo reglas conocidas, ante millones de testigos, y que el veredicto —por doloroso que sea— se acepta porque el procedimiento fue legítimo. Karl Popper defendía que la sociedad abierta se distingue no por acertar siempre, sino por corregir sin violencia. El deporte de alta competición es, mutatis mutandis, una versión condensada de ese principio: hay un ganador, hay un perdedor, y al día siguiente ambos comparten el mismo reglamento.
Los colombianos sabemos algo de esto. Hemos vivido tardes en que la selección nos dio una alegría que ningún gobierno supo administrar, y mañanas en que el fútbol fue cómplice del peor poder. La lección no es que el balón redima ni que condene: es que las reglas importan más que los resultados, y que un país que aprende a perder una final con dignidad está, quizá sin saberlo, ensayando para perder una elección con la misma entereza. Eso, y no el trofeo, sería la verdadera victoria para el fútbol. La pregunta que queda es incómoda: si somos capaces de aceptar el veredicto de un árbitro ante cien millones de testigos, ¿por qué nos cuesta tanto aceptar el de las urnas y los jueces?