¿Qué queda de una eliminatoria mundialista cuando la narrativa se reduce a que “cada minuto será decisivo”? La pregunta no es retórica. México e Inglaterra disputan los octavos de final del Mundial 2026 con un 2-1 que obliga a pensar en qué condiciones sobrevive el deporte como práctica con sentido, y en qué momento se convierte en mera acumulación de urgencias sin dirección.
El dato que reporta La FM es elocuente por lo que omite: el segundo tiempo comienza, la energía de las tribunas se invoca como variable estratégica, y nada más. No hay análisis táctico, no hay contexto de la selección mexicana —que llegó a esta instancia tras una fase de grupos irregular—, no hay reflexión sobre el fútbol inglés y su eterna tensión entre talento individual y cohesión colectiva. Solo el minuto, solo la decisión, solo la urgencia. Hannah Arendt, en su crítica a la sociedad del trabajo, advertía sobre la confusión entre actividad y acción: la primera es infinita y consumible, la segunda tiene principio y fin, y deja una huella. El deporte espectáculo, en su versión más liquida, tiende a borrar esa distinción.
Los colombianos debemos mirar esto con cierta distancia crítica, pero no con indiferencia. Nuestro propio fútbol nacional ha oscilado entre estas dos formas: la época de los clubes como comunidades de pertenencia, donde el resultado importaba porque existía una narrativa compartida, y la era actual de la mercantilización acelerada, donde el hincha se convierte en “usuario” y el estadio en “experiencia”. La FM no inventa este lenguaje; lo reproduce. La energía de las tribunas como recurso táctico es, en el fondo, una metáfora del neoliberalismo deportivo: el público ya no es ciudadano del club, es combustible emocional que el equipo debe “aprovechar”.
Hay, sin embargo, un reconocimiento que corresponde hacer. El periodismo deportivo en tiempo real cumple una función que no debe desdeñarse: informar mientras ocurre, permitir que quien no está en el estadio —o quien no puede pagar la suscripción al streaming— sepa que el segundo tiempo ha comenzado, que el marcador persiste, que la eliminatoria sigue viva. Esa democratización informativa es un bien público. Pero es compatible con preguntar si esa inmediatez, llevada al extremo, no termina por vaciar de sentido lo que informa. Tocqueville observaba en la democracia americana una tendencia al empate continuo: las pasiones se encienden rápido, se extinguen más rápido, y nada permanece. El fútbol en vivo, minuto a minuto, sin pausa para la reflexión, reproduce esa lógica.
La tradición que intento honrar en esta columna —el liberalismo clásico hispanoamericano, desde Vargas Llosa hasta Galán— no desprecia el deporte. Por el contrario: lo entiende como una de las formas en que las sociedades modernas ejercitan la competencia regulada, el mérito visible, la regla igual para todos. Pero esa tradición es exigente con la banalización. Cuando Plinio Apuleyo Mendoza escribía sobre fútbol, lo hacía con la convicción de que detrás de cada partido había una historia de país, de clase, de migración. No era ornamentación: era reconocimiento de que el deporte, para ser cultura, necesita memoria.
México e Inglaterra jugarán sus minutos decisivos. Alguien pasará, alguien caerá. La pregunta que queda, una vez apagadas las luces del estadio, es si quedará algo más que el resultado: si alguien recordará cómo se jugó, por qué se jugó así, qué significó que una tribuna “apoyara” en lugar de simplemente consumir. El deporte que no deja memoria es entretenimiento de uso y tirar. Y entretenimiento de uso y tirar, mutatis mutandis, es lo que el populismo político ofrece también: minutos decisivos, urgencia permanente, vacío estructural. La Bitácora no cubre deportes con regularidad; pero cuando lo hace, lo hace con la misma pregunta que aplicamos a la política: ¿esto fortalece o debilita la capacidad de una sociedad para pensarse a sí misma?
El segundo tiempo, en efecto, acaba de comenzar.