¿Puede una selección cambiar de entrenador entre el primer y el segundo partido de un Mundial y sobrevivir? La pregunta, que parece arrancada de un manual de ciencia política aplicada a la gestión de crisis, tiene esta vez su laboratorio en el Grupo F del certamen de 2026, donde Túnez llega al duelo contra Japón con Hervé Renard en el banquillo y el sabor amargo de una paliza histórica contra Suecia en el cuerpo.
El 5-1 sufrido por los tunecinos no fue apenas un resultado adverso: fue, según reporta la agencia Europa Press citada por La Opinión de Cúcuta, la mayor derrota de su historia en una Copa del Mundo. La consecuencia fue la destitución de Sabri Lamouchi, una decisión que ya había tenido precedente en este mismo combinado durante Francia 1998. La repetición del patrón sugiere algo más que una coincidencia: revela una estructura institucional del fútbol africano —y en este caso tunecino— donde la urgencia reemplaza a la planificación, donde el cuerpo técnico funciona como fusible sacrificable ante el cortocircuito de expectativas.
Japón, por el contrario, representa el polo opuesto. No es que carezca de presión; es que la canaliza mediante una identidad de juego consolidada. La velocidad por las bandas, personificada en Yukinari Sugawara y Keito Nakamura, no es un recurso improvisado sino el corolario de un sistema que lleva décadas perfeccionando la transición rápida como virtud nacional. Donde Túnez oscila entre el bloque bajo defensivo y la desesperación ofensiva, Japón posee una coherencia táctica que le permite afrontar la segunda jornada con la tranquilidad de quien sabe qué es y hacia dónde va.
El contraste merece una reflexión que trascienda lo meramente deportivo. Tocqueville, en su análisis de las democracias, advertía sobre el peligro de las revoluciones permanentes: aquellas sociedades que, incapaces de consolidar instituciones estables, viven en un ciclo interminable de demolición y reconstrucción. El fútbol, mutatis mutandis, reproduce a veces esa lógica. Túnez, con siete eliminaciones consecutivas en primera fase, parece atrapada en ese bucle: cada fracaso genera una purga, cada purga interrumpe cualquier proceso, y la ausencia de proceso garantiza el siguiente fracaso. Los once goles encajados en sus últimos tres partidos, contra apenas uno a favor, son la estadística de una institución en crisis de legitimidad operativa.
No se trata de idealizar al modelo japonés. El fútbol nipón ha tenido sus propios tropiezos históricos, sus propias interrogantes sobre el techo de una selección que domina Asia pero que en el plano mundial navega entre la consolidación y la frustración. La diferencia radica en la continuidad: Japón no cambia de rumbo porque un partido salga mal; ajusta, corrige, pero mantiene el rumbo. Es lo que Popper habría reconocido como una sociedad abierta en miniatura: capaz del error, pero también de la corrección sin autodestrucción.
Para Renard, el técnico francés que asume esta misión imposible, el desafío es doble. Primero, contener la hemorragia defensiva contra un rival cuya principal fortaleza es precisamente la capacidad de explotar espacios con velocidad. Segundo, y más difícil, instalar alguna idea de juego en una semana de trabajo con jugadores abatidos moralmente. El bloque bajo que La Opinión menciona como recurso habitual de Túnez podría ser racional tácticamente —minimizar riesgos contra un adversario superior—, pero resulta psicológicamente peligroso: un equipo acostumbrado a recibir goles que se repliega sobre sí mismo suele confirmar su propia derrota antes del pitazo inicial.
El partido, en última instancia, es un experimento sobre la resiliencia institucional. Japón no necesita demostrar nada que no haya demostrado ya: su clasificación, su debut, su tradición de competir con orden. Túnez, en cambio, debe demostrar que una institución deportiva puede sobrevivir a su propia crisis de gobernabilidad. La historia del fútbol mundial no es generosa con estos casos. Cuando una selección cambia de entrenador en medio de un torneo, el resultado suele ser la ratificación del desastre, no su reversión.
Los colombianos debemos observar este duelo con atención no menor a la que prestamos al nuestro propio. En un Mundial donde el formato amplificado ha traído selecciones de tradición más frágil, los partidos entre estilos opuestos revelan algo sobre la geografía del poder futbolístico global. Japón apuesta a su velocidad, sí, pero también a su paciencia institucional. Túnez apuesta a la supervivencia, lo cual no es exactamente una apuesta. Cuando el domingo amanezca en España con el resultado consumado, habrá una lección más sobre qué selecciones pueden permitirse pensar en octavos de final y cuáles siguen atrapadas en el ciclo interminable de la revolución permanente.