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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 14 jun 2026

El empate holandés y la lección de Tocqueville en el terreno de juego

El Grupo F del Mundial 2026 ofrece una parábola moderna: la virtud del esfuerzo colectivo frente al individualismo estéril.

El empate holandés y la lección de Tocqueville en el terreno de juego — Deportes, ilustración editorial

¿Qué nos enseña un empate agónico y una paliza previsible sobre la condición de las naciones que se presentan al mundo con una camiseta y una esperanza? La jornada inaugural del Grupo F del Mundial 2026, disputada este domingo en Monterrey y Dallas, deja dos resultados que parecen contar poco en la tabla —un punto para Japón, otro para Países Bajos, tres para Suecia— pero que revelan mucho sobre cómo entienden el fútbol, y quizás la vida política, distintas sociedades.

Empiezo por el partido que duele. Países Bajos, una selección con tradición de eficiencia táctica y de producción de sistemas de juego que han modelado el fútbol mundial desde Cruyff, se llevó un correctivo del tiempo, no de la adversidad. Virgil van Dijk, capitán y símbolo de una generación que supo levantarse de la nada para llegar a finales, cabeceó al 51 el gol que parecía sentenciar un triunfo laborioso. Seis minutos después, Keito Nakamura desarmó esa certeza con una jugada individual de afuera hacia adentro, esa diagonal que Tocqueville habría reconocido como el gesto del ciudadano que se niega a la jerarquía impuesta. El 1-1 fue advertencia, no accidente. Cuando Crysencio Summerville pareció restaurar el orden con un zurdazo ajustado al palo, la lógica del favorito se impuso. Pero el fútbol, como la democracia, no admite verdades terminadas. Al minuto 89, un centro al primer palo, un desvío de Daichi Kamada, y el empate consumado. Los neerlandeses, que habían dominado el res publica del campo durante ochenta minutos, perdieron la posesión del resultado en el último suspiro.

Hay algo de Popper en esta derrota encubierta. El falsacionismo aplicado al deporte: una hipótesis de superioridad sostenida durante casi todo el experimento, refutada por un solo dato anómalo. La pelota quieta, ese recurso del equipo que no encuentra fluididad en el juego abierto, se convirtió en el argumento decisivo. Japón no jugó mejor; jugó con la tenacidad de quien no acepta la sentencia del pronóstico. Es la misma virtud que Hannah Arendt atribuía a las repúblicas que sobreviven: no la fuerza, sino la capacidad de comenzar algo nuevo cuando todo parece decidido.

En contraste, el otro partido de la jornada ofreció una lección diferente, no por lo que enseña sino por lo que confirma. Suecia goleó 5-1 a una Túnez que Caracol Radio describe, con justeza periodística, como “flojísima”. Yasin Ayari, con dos golazos que merecen ser recordados más allá de la estadística, encabezó una exhibición que no deja enseñanza alguna, solo constatación. La superioridad del equipo nórdico fue abrumadora, previsible, casi aburrida en su inevitabilidad. Alexander Isak, Viktor Gyökeres, Mattias Svanberg: nombres de una generación que parece haber entendido que el fútbol sueco, después de Zlatan, puede ser colectivo sin dejar de ser efectivo. Pero ¿qué aprendemos de una paliza? Que existen diferencias estructurales irreconciliables, que el sorteo del Mundial distribuye injusticias, que el término “cenicienta” que se aplica a Túnez es, en rigor, una forma elegante de reconocer que el torneo tiene un piso de madera donde algunos equipos resbalan sin remedio.

La tabla, al cierre de esta primera jornada, muestra una paradoja que solo el fútbol permite: Japón y Países Bajos comparten la punta con un punto, Suecia los persigue con tres, y Túnez duerme en el fondo con cero. Los números mienten, como siempre. Suecia tiene la ventaja real; Japón, la moral; Países Bajos, la pregunta incómoda sobre qué falló en la gestión del tiempo y del resultado. Túnez tiene apenas la obligación de levantarse, si eso es posible después de semejante golpe.

Los colombianos debemos observar estos partidos con atención que no sea solo aficionada. Nuestro debut contra Uzbekistán, arbitrado por el polaco Szymon Marciniak —el mismo que pitó la final de Qatar 2022—, exigirá precisamente lo que Japón mostró y Países Bajos perdió: la capacidad de mantener la estructura cuando el rival crea desorden, la paciencia para esperar el momento en que la pelota quieta, ese recurso humilde, se convierta en oportunidad decisiva.

Al final, el Grupo F nos deja una pregunta que trasciende el deporte. ¿Es preferible la victoria aplastante que confirma jerarquías, o el empate sufrido que las pone en duda? La tradición liberal clásica, la que suscribo, tiende a valorar la competencia leal sobre el dominio absoluto. Pero hay algo inquietante en ver a un equipo como Países Bajos, con toda su infraestructura, su historia, su sistema, perder dos puntos contra un rival que nunca dejó de creer. Tal vez la lección sea que en el fútbol, como en la política, las ventajas estructurales no garantizan el resultado; que el último minuto siempre pertenece a quien todavía corre; que el empate, cuando se arranca de la derrota, puede valer más que la victoria fácil. O tal vez solo sea un partido de once contra once, y mañana la tabla hablará otro idioma. El Mundial, mutatis mutandis, acaba de empezar.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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