¿Qué distingue a una nación que construye para competir de aquella que solo participa? El 4-0 de Japón sobre Túnez en Monterrey no es, en rigor, una sorpresa deportiva. Es el resultado visible de dos concepciones distintas del tiempo, la planificación y el respeto por las instituciones. La pregunta que deja el partido —el número 1.000 en la historia de los Mundiales— no es por qué ganó Japón, sino por qué Túnez, como tantas selecciones africanas, llegó al torneo con una estructura que parece condenada al fracaso sistémico.
Desde el minuto tres, cuando Daichi Kamada definió de taco tras una jugada colectiva ensayada hasta la perfección, quedó claro que el conjunto de Hajime Moriyasu no venía a improvisar. La segunda anotación de Ayase Ueda al 30’, el descanso, la aparición de Junya Ito al 68’ y el doblete final del mismo Ueda al 82’ dibujaron un partido sin fisuras. Ningún gol respondió al azar individual. Todos obedecieron a un patrón reconocible: presión alta, circulación rápida, definición colectiva. Es el estilo que Japón cultiva desde los años noventa, cuando la J.League reformó sus bases y el país decidió que el fútbol sería campo de aplicación de su ética laboral.
Tocqueville observó en su momento que las democracías tienden a preferir lo inmediato, lo que se puede ver y tocar en el plazo de una vida. El deporte moderno, con su ritmo de resultados instantáneos, exacerba esa tentación. Japón, empero, parece haber resistidola. Su proyecto no mide ciclos en cuatrienios mundialistas sino en décadas de formación. La presencia de jugadores consolidados en ligas europeas no es producto del azar de un talento exceptional; es la cosecha de un sistema que identifica, forma y exporta con regularidad industrial. El doblete de Ueda, delantero del Feyenoord, o la dirección de Kamada, en el Crystal Palace, no son casos aislados. Son nodos de una red.
Túnez, por el contrario, encarna una tradición menos auspiciosa del fútbol africano: la del potencial recurrentemente malbaratado. Dos derrotas consecutivas, cero puntos, diferencia de gol catastrófica y eliminación prematura. La selección tunecina no carece de historia —fue la primera selección africana en ganar un partido mundialista, en Argentina 1978— pero esa historia se ha convertido en peso, no en andamio. La Confederación Africana de Fútbol ha debatido durante décadas cómo estructurar competencias que desarrollen talento de base; los resultados, mutatis mutandis, siguen siendo irregulares. La diferencia con Asia no está en la materia prima humana, que es comparable, sino en la arquitectura institucional que la rodea.
El Grupo F, con esta jornada, se ha puesto interesante en su parte alta. Países Bajos lidera con cuatro puntos y diferencia de gol de +4 tras su 5-1 sobre Suecia; Japón iguala en unidades pero aparece segundo por ese criterio. La última fecha enfrentará a japoneses y suecos en un duelo directo que definirá boletos. Los neerlandeses, por su parte, dependen de sí mismos para asegurar la primera posición. La tensión deportiva está servida. Pero más allá de la clasificación, el partido de Monterrey dejó una imagen que trasciende la tabla: la de un equipo que sabe exactamente qué quiere hacer en el campo y otro que, una vez más, parecía preguntárselo desde el vestuario.
Arendt escribió sobre la banalidad del mal en contextos donde nadie asume responsabilidad por el conjunto. En el deporte, existe una banalidad del fracaso igualmente distribuida: la de las federaciones que renuevan promesas sin reformar estructuras, de los técnicos que arriban y parten sin dejar método, de los jugadores que debutan y se extinguen antes de madurar. Túnez no perdió este partido por falta de pasión. Lo perdió, como otras selecciones de su región, por exceso de improvisación institucional. La pasión sin orden —res publica deportiva— consume a quienes la ejercen.
La goleada también reabre una pregunta incómoda para el fútbol latinoamericano, que observa desde fuera el orden japonés con admiración mezclada de inquietud. Si un país sin tradición futbolística profunda pudo construir un proyecto sólido en tres décadas, ¿qué explica que naciones con historia, afición y recursos —pensemos en México, en Colombia misma— oscilen entre el buen momento y el desconcierto? La respuesta, sospecho, tiene que ver con la paciencia política que los sistemas deportivos exigen y que las democracias inestables rara vez otorgan. Los ciclos de cuatro años coinciden demasiado con los ciclos electorales; los proyectos de base carecen de quien los defienda cuando cambia el gobierno.
Japón jugará contra Suecia con la tranquilidad de quien ha construido para durar. Túnez regresará a casa con la amargura de quien repite un guion ya conocido. Entre ambas historias hay una distancia que el fútbol solo mide en goles, pero que la política —la política entendida como arte de lo posible— debería aprender a reducir. El partido número 1.000 de la historia mundialista quedará en los registros como victoria japonesa. También, si se lee con atención, como diagnóstico de lo que aún nos falta.