La geología no distingue ideologías, pero la respuesta estatal ante una catástrofe sí revela la fortaleza de las instituciones. Tras el doblete sísmico de magnitudes 7,2 y 7,5 que sacudió el Caribe venezolano y dejó un saldo preliminar de 164 fallecidos según reportes oficiales, la activación inmediata de los protocolos de emergencia por parte de Bogotá trasciende la solidaridad vecinal. Representa una validación operativa de que la arquitectura de gestión del riesgo colombiana funciona bajo estándares técnicos, independientemente de la coyuntura diplomática o de quién gobierne en Caracas o en la Casa de Nariño.
El ministro de Defensa, Pedro Sánchez Suárez, confirmó a través de la red social X la articulación del Sector Defensa con la entidad nacional encargada de la gestión del riesgo para asistir al país vecino. Esta movilización, que incluye equipos de búsqueda y rescate urbanos, demuestra que Colombia ha logrado profesionalizar su respuesta ante desastres. En una región donde la ayuda humanitaria suele instrumentalizarse como herramienta de propaganda política, la sobriedad técnica de la respuesta colombiana se consolida como un activo estratégico de seguridad regional.
Protocolos estatales sobre afinidades políticas
Resulta fundamental distinguir entre la solidaridad con la población venezolana y la relación con su régimen. Según explicó el director de la entidad nacional de gestión del riesgo, Javier Pava, cualquier despliegue en terreno requiere una coordinación bilateral previa a través de la Cancillería y los canales diplomáticos formales. Este procedimiento es vital porque evita caer en la trampa del populismo humanitario que ha caracterizado otras intervenciones en el hemisferio, donde la asistencia se utiliza para lavar la imagen de gobiernos autoritarios o, en el extremo opuesto, se niega por cálculos partidistas.
Desde una perspectiva atlantista y de seguridad hemisférica, la estabilidad de la frontera es un bien público regional. Una Venezuela colapsada por un desastre natural genera externalidades negativas inmediatas para Colombia: flujos migratorios desordenados, interrupciones en cadenas de suministro transfronterizas y riesgos sanitarios compartidos. Asistir técnicamente a Caracas no constituye un favor ideológico; es una medida de protección de la seguridad nacional y de la integridad de nuestra propia infraestructura institucional. La capacidad de nuestras Fuerzas Militares y de la Defensa Civil, forjada en décadas de adaptación a estándares internacionales, hoy se exporta como un servicio de estabilización que beneficia directamente a las zonas de frontera.
Interoperabilidad y seguridad hemisférica
El fenómeno geológico en sí mismo exige una respuesta basada en evidencia científica. Según el Sistema de Alerta de Tsunamis de Estados Unidos, los dos sismos ocurrieron con apenas 39 segundos de diferencia, configurando un “doblete sísmico” poco frecuente. La vicepresidenta ejecutiva de Venezuela, Delcy Rodríguez, reportó posteriormente 30 réplicas. Esta complejidad técnica valida la importancia de mantener la integración de Colombia con las redes de seguridad y alerta temprana de la región y de Estados Unidos. La interoperabilidad con sistemas estadounidenses y regionales es un pilar de nuestra política exterior que a menudo se da por sentado, pero que resulta vital en momentos críticos para salvar vidas y coordinar logística.
La frontera de 2.219 kilómetros que compartimos con Venezuela es una realidad geográfica ineludible. Mientras que en otros ejes de la relación bilateral predominan la desconfianza y las asimetrías normativas, la gestión del riesgo se ha mantenido como un espacio de cooperación funcional. Mantener este canal abierto y profesionalizado es esencial. No se trata de normalizar relaciones con un régimen que viola sistemáticamente derechos civiles y libertades económicas, sino de garantizar que el Estado colombiano cumpla con su deber de protección y vecindad responsable bajo el Estado de derecho.
En última instancia, la respuesta ante este desastre reafirma que las instituciones colombianas tienen vida propia y resiliencia operativa. Que la ayuda se ofrezca desde la técnica y no desde la política es la mejor señal de madurez que podemos enviar a la región. En un hemisferio donde el autoritarismo avanza y la institucionalidad retrocede, mantener la ayuda humanitaria despolitizada y profesional es, en sí mismo, un acto de defensa de la legalidad y de la seguridad compartida.