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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Política · Análisis · 30 may 2026

Los partidos políticos siguen siendo necesarios

La fragmentación ideológica no es síntoma de que la democracia deba prescindir de estructuras partidarias, sino de que estas necesitan renovación institucional.

Los partidos políticos siguen siendo necesarios — Política, ilustración editorial

Existe una tentación recurrente en ciertos espacios de opinión: la de declarar obsoletos los partidos políticos como si la democracia pudiera funcionar sin mediaciones. El argumento es familiar: los ciudadanos están hartos de “ideologías cansadas”, los liderazgos son huecos, las estructuras partidarias no representan. Conclusión: prescindamos de ellas.

Esta premisa confunde síntomas con diagnósticos. La crisis de legitimidad de los partidos colombianos es real. Las encuestas de confianza lo confirman. Pero la solución no es la ausencia de partidos, sino su reconstrucción.

Un sistema político sin partidos no es democracia: es caos institucional. Los partidos cumplen funciones que ningún otro actor puede reemplazar. Canalizan demandas, agregan intereses dispersos, generan responsabilidad política, estructuran el debate legislativo y permiten la alternancia ordenada del poder. Cuando estas estructuras colapsan, lo que emerge no es una democracia más pura, sino una democracia más frágil: vulnerable a caudillismos, a la captura por elites económicas no electas, a la volatilidad extrema.

Colombia lo ha visto. En los últimos tres ciclos electorales hemos presenciado una fragmentación sin precedentes. El Congreso actual cuenta con más bancadas que nunca. Esto no es síntoma de salud democrática; es síntoma de atomización. Cuando cada candidato es una franquicia personal, cuando no hay disciplina ni coherencia programática, lo que se debilita es la capacidad del Congreso para legislar, para fiscalizar, para negociar acuerdos duraderos.

La verdadera pregunta no es si los partidos deben existir, sino qué partidos necesitamos. Aquí hay espacio legítimo para el debate. ¿Deberían existir umbrales electorales más altos para acceder al Congreso? Probablemente sí. ¿Deberían fortalecerse los mecanismos de democracia interna dentro de los partidos? Definitivamente. ¿Deberían regularse con mayor rigor las fuentes de financiamiento? Por supuesto.

Pero estas son reformas institucionales, no aboliciones. El Acto Legislativo 1 de 2009 intentó fortalecer la disciplina partidaria. Sus resultados fueron mixtos. La Ley 1475 de 2011 reguló el financiamiento. Los efectos también fueron limitados. Esto sugiere que el problema no es la existencia de los partidos, sino la calidad de la regulación y la voluntad política de hacerla cumplir.

Lo que algunos llaman “parcelación de las ideas” es en realidad fragmentación sin institucionalización. Los ciudadanos no están menos ideologizados; están menos organizados. Eso es peor para la democracia, no mejor. Una ciudadanía dispersa es una ciudadanía vulnerable a la manipulación mediática, a los algoritmos, a las promesas incumplibles de outsiders sin trayectoria.

El desafío real es renovar los partidos desde adentro: incorporar nuevas bases sociales, abrir espacios para participación más horizontal, conectar con demandas que las estructuras tradicionales no han sabido canalizar. Algunos partidos lo están intentando. Otros no. Pero la respuesta no es declararlos muertos.

Una democracia sin partidos no es una democracia sin mediaciones; es una democracia donde las mediaciones son menos transparentes, menos responsables, menos públicas. Es una democracia donde el poder fluye hacia actores no electos: empresarios, militares, iglesias, caudillos mediáticos.

Colombia necesita partidos más fuertes, no su desaparición. Partidos con programas claros, con estructuras internas democráticas, con financiamiento regulado. Eso requiere reforma, no negación. La tentación de la pureza democrática sin instituciones es, paradójicamente, la más antidemocrática de todas.

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Columnista de La Bitácora

Catalina Restrepo Mejía

38 años, Medellín. Egresada de Ciencia Política de EAFIT con maestría en Periodismo de los Andes. 15 años cubriendo contratación pública y política regional.

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