¿Cuánto de lo que lamentamos como tragedia nacional es, en realidad, un fenómeno que nos excede, y cuánto de lo que sí podríamos corregir permanece intacto por pura inacción? La pregunta no es retórica. Es, probablemente, la más importante que un país como Colombia debería hacerse cada vez que la tasa de cambio ocupa los titulares y las conversaciones de café con la solemnidad de un funeral.
Un columnista de este mismo ecosistema de prensa económica, Silverio Gómez Carmona, lo formuló esta semana con una franqueza que merece atención: hay que llorar menos por la tasa de cambio —un fenómeno mundial asociado a la devaluación del dólar— y actuar sobre lo que se tiene, porque existe margen real para bajar costos internos. La observación, sencilla en apariencia, encierra una lección de madurez económica que los países latinoamericanos tardamos décadas en aprender, cuando la aprendemos.
La tentación de atribuir al tipo de cambio todos nuestros males es vieja y comprensible. El dólar es el termómetro visible de la economía; su precio se publica cada día, se comenta en los taxis, se convierte en metáfora del rumbo nacional. Pero confundir el termómetro con la enfermedad es un error de diagnóstico que cuesta caro. Cuando la moneda estadounidense se debilita frente a las principales divisas del mundo —como ha ocurrido en ciclos recientes—, la apreciación del peso no es mérito colombiano ni la depreciación anterior fue culpa exclusiva de nadie. Son mareas globales. Tocqueville advertía que las democracias tienden a buscar causas próximas y personales para fenómenos vastos e impersonales; en economía, esa tendencia se vuelve vicio analítico.
Esto no significa, y aquí conviene la precisión, que la política económica local sea irrelevante para la tasa de cambio. La confianza de los inversionistas, la sostenibilidad fiscal, la estabilidad de las reglas de juego inciden en el precio de la moneda, y un gobierno que siembra incertidumbre institucional paga su prima en el mercado cambiario. Decir que el fenómeno es mundial no absuelve a nadie de sus responsabilidades domésticas. Lo que sí hace es ordenar el debate: si el dólar se mueve por fuerzas que no controlamos, la energía política y empresarial debería concentrarse en aquello que sí está a nuestro alcance.
Y ahí el margen es considerable. Los costos de logística en Colombia, castigados por una geografía difícil pero también por décadas de infraestructura postergada, encarecen todo lo que producimos antes de que llegue a un puerto. Los costos financieros, la carga regulatoria, la inseguridad jurídica que obliga a cada empresa a presupuestar el pleito como partida ordinaria, la energía cara y los trámites que consumen tiempo como si el tiempo no fuera capital: todo eso compone lo que los economistas llaman, con eufemismo técnico, los costos de hacer negocios. Mutatis mutandis, bajar esos costos equivale a una devaluación competitiva sin tocar la moneda. Es la revaluación que no depende de la Reserva Federal sino del Congreso, de los ministerios y de los gremios.
La historia ofrece ejemplos instructivos. Los países asiáticos que hoy dominan cadenas globales de suministro no lo lograron manipulando sus monedas —aunque a veces lo intentaron— sino reduciendo sistemáticamente la fricción entre producir y vender. Chile, más cerca de nosotros, construyó su ventaja exportadora menos sobre el tipo de cambio que sobre puertos, tratados y previsibilidad. La lección no es que debamos copiar modelos ajenos, sino que la queja cambiaria es, con frecuencia, el sustituto perezoso de la reforma estructural.
Hay también una dimensión cultural en esto, y por eso esta reflexión pertenece a esta sección. El llanto por el dólar forma parte de un repertorio más amplio: la disposición a encontrar en factores externos la explicación de nuestras limitaciones internas. Es una forma de fatalismo con corbata. Frente a él, la actitud contraria —asumir lo propio, actuar sobre lo alcanzable— no es optimismo ingenuo sino lo que Albert Hirschman llamó la posibilidad de la reforma: la convicción de que los países se transforman por acumulación de correcciones concretas, no por catarsis colectivas.
Nada de esto debe leerse como consuelo oficial. Si el gobierno tiene margen para bajar costos y no lo usa, la crítica debe ser tan severa como la que merecería una mala gestión cambiaria. Y si la oposición se limita a agitar el fantasma del dólar sin proponer cómo reducir la fricción productiva del país, hace lo propio con la pereza que critica. La pregunta que queda, entonces, no es cuánto valdrá la moneda el próximo trimestre, sino cuánto vale nuestro tiempo mientras discutimos lo que no controlamos. Esa cuenta, a diferencia de la tasa de cambio, la llevamos nosotros.