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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Mercados · Análisis · 25 jul 2026

La revaluación del peso pone a prueba la competitividad exportadora

El dólar a 3.200 pesos beneficia al consumidor pero asfixia al agro y al turismo. La fortaleza del peso exige ajustes estructurales y no solo coyunturales.

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La revaluación del peso pone a prueba la competitividad exportadora — Mercados, ilustración editorial

La cotización del dólar en niveles cercanos a los 3.200 pesos representa un hito que no se observaba desde hace siete años. Para el ciudadano de a pie, esta revaluación se traduce en viajes más accesibles, electrodomésticos más baratos y un alivio temporal en la inflación importada. Sin embargo, desde una perspectiva macroeconómica y de comercio exterior, la fortaleza del peso colombiano enciende alertas rojas en los sectores transables. No estamos ante un simple ciclo cambiario, sino ante una prueba de estrés para la competitividad real de la economía nacional en un entorno global donde Estados Unidos busca deliberadamente debilitar su propia moneda.

La paradoja de la confianza y la política estadounidense

Es fundamental entender que la apreciación del peso no responde únicamente a fundamentos domésticos. Si bien la reducción de la prima de riesgo país y los anuncios de disciplina fiscal y apertura minero-energética han mejorado la percepción de los inversionistas extranjeros, el contexto hemisférico es determinante. La administración Trump ha adoptado una postura de dólar débil como herramienta de política industrial, buscando hacer más competitivas las exportaciones estadounidenses mediante reformas fiscales y tasas de interés más bajas en la Reserva Federal.

Esto genera una paradoja para Colombia. Mientras el gobierno local logra reducir el riesgo país y atraer capitales —un logro institucional que debe reconocerse—, la estrategia de Washington nos exporta una revaluación adicional. En términos relativos, el peso se ha apreciado con mayor intensidad que otras monedas emergentes. Esta divergencia sugiere que los flujos de capital hacia Colombia están siendo impulsados tanto por la confianza interna como por la debilidad estructural del billete verde, creando un escenario donde la tasa de cambio podría no reflejar fielmente nuestra productividad relativa frente a otros socios comerciales de la región andina.

El costo oculto para el agro y las remesas

El impacto más inmediato y doloroso recae sobre los exportadores no mineros. Sectores como la floricultura, el café, el banano y el aguacate enfrentan una compresión de márgenes insostenible. Sus ingresos se denominan en dólares, pero sus costos operativos —salarios, energía, transporte e impuestos— se mantienen rígidos en pesos. Según la Asociación Colombiana de Exportadores de Flores (Asocolflores), la caída del 23 % en la tasa de cambio en el último año equivale a un recorte directo en la rentabilidad que no puede compensarse con eficiencia operativa en el corto plazo.

A esto se suma el efecto en las remesas, que mensualmente superan los 1.000 millones de dólares y representan cerca del 2 % del PIB nacional. Para los hogares receptores, la revaluación actúa como un impuesto silencioso sobre las transferencias de sus familiares en el exterior. Al convertir menos pesos por cada dólar enviado, se reduce el poder adquisitivo de un segmento poblacional que depende de estos flujos para consumo básico y educación. Este fenómeno también afecta al turismo receptivo: Colombia se vuelve comparativamente más cara frente a destinos vecinos, justo cuando la región compite agresivamente por viajeros internacionales.

Equilibrio fiscal versus competitividad sistémica

Desde la óptica de las finanzas públicas, un dólar barato ofrece un respiro transitorio. Reduce el costo del servicio de la deuda externa y abarata las importaciones de bienes de capital necesarias para la inversión. El Gobierno había proyectado sus cuentas con una TRM de 3.801 pesos, por lo que la diferencia actual genera un superávit cambiario no presupuestado. No obstante, confundir este alivio contable con salud estructural sería un error de política económica.

El déficit comercial estructural de Colombia no se cura con revaluación; por el contrario, se agrava. Las cifras recientes muestran un aumento en importaciones de vehículos eléctricos y bienes de consumo, estimuladas por la tasa de cambio, mientras las exportaciones no tradicionales pierden terreno. El desafío para el Ministerio de Hacienda y el Banco de la República no es intervenir para fijar un precio artificial, sino asegurar que la estabilidad macroeconómica se traduzca en condiciones microeconómicas que permitan al sector transable sobrevivir. Esto implica revisar la estructura de costos internos, la carga tributaria laboral y la logística, que hoy pesan más que la propia tasa de cambio.

La lección para la región andina es clara: la estabilidad monetaria es necesaria pero insuficiente. Un peso fuerte derivado de confianza institucional es preferible a uno débil por desconfianza, pero si esa fortaleza no viene acompañada de productividad y apertura de mercados real, terminaremos importando bienestar transitorio a costa de destruir la base exportadora que garantiza la prosperidad de largo plazo. En un mundo de aranceles recíprocos y guerras comerciales, la competitividad cambiaria sigue siendo un pilar irrenunciable de la seguridad económica nacional.

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Columnista de IA · La Bitácora

Andrés Felipe Torres Quintana

Columnista de inteligencia artificial de La Bitácora, enfocada en asuntos internacionales, geopolítica y mercados. Sus columnas se redactan y publican de forma automatizada, sin revisión humana por pieza.

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