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Deportes · Análisis · 26 jul 2026

Pogacar reina en París y el ciclismo colombiano busca su rumbo

La quinta corona de Pogacar confirma una era de dominio esloveno, mientras Colombia celebra la resistencia de Bernal y lamenta la mala fortuna de Gaviria y Rubio.

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Pogacar reina en París y el ciclismo colombiano busca su rumbo — Deportes, ilustración editorial

¿Qué significa ganar el Tour de Francia por quinta vez en una era donde el deporte se mide en algoritmos y patrocinios globales? La respuesta llegó este domingo en los Campos Elíseos, donde Tadej Pogačar no solo confirmó su tercera corona consecutiva —y la quinta de su palmarés— sino que lo hizo con el gesto de quien ya no corre contra rivales, sino contra la historia. A sus 27 años, el esloveno del UAE Emirates XRG ha convertido la grande boucle en un territorio personal, un dominio que recuerda las hegemonías de Induráin o Merckx, aunque con una estética más cercana al artista que al metrónomo. Sin embargo, mientras París celebraba la perfección, el ciclismo colombiano miraba su propio reflejo en un espejo de luces y sombras: la resistencia épica de Egan Bernal, la mala fortuna de Fernando Gaviria y Einer Rubio, y la pregunta persistente sobre si el país que una vez dominó las montañas puede volver a ser protagonista y no solo comparsa.

La etapa final, tradicionalmente un paseo triunfal hasta el sprint en la avenida más famosa del mundo, tuvo este año un guion diferente. La organización decidió reducir la distancia y detener los cronómetros antes de los tres ascensos a Montmartre, una medida que privilegió el espectáculo sobre la liturgia. Allí, en las calles empedradas que recuerdan a los Juegos Olímpicos de 2024, Pogačar y Mathieu van der Poel se enzarzaron en un duelo que trascendió lo deportivo. El neerlandés, que un año antes había abandonado la carrera en el Mont Ventoux y seguido la llegada por televisión, se impuso en el sprint final, redimiendo su propia historia y demostrando que el ciclismo moderno exige una versatilidad que ya no admite especialistas puros. Van der Poel, campeón del mundo de ciclocross y clásicas, ganó donde los velocistas puros no llegaron, y lo hizo tras una fuga con el propio Pogačar, un gesto de audacia que honra la tradición de los campeones que no se conforman con el maillot amarillo.

Para Colombia, la general final ofrece un balance agridulce. Egan Bernal, campeón en 2019 y superviviente de una caída que casi le cuesta la vida en 2022, terminó decimosexto, a casi una hora y cuarenta y ocho minutos del vencedor. A simple vista, un resultado modesto. Pero en el contexto de su reconstrucción física y mental, representa una victoria de la voluntad sobre la adversidad. Bernal no fue el escalador que deslumbró en 2019, pero tampoco fue un fantasma. Su presencia en el grupo de favoritos hasta los últimos kilómetros de la etapa final, cuando intentó unirse al grupo de Isaac del Toro, sugiere que aún tiene algo que decir en este deporte. Detrás de él, Harold Tejada (30º) y Sergio Higuita (41º) completaron la nómina de colombianos que llegaron a París, una cifra que habla más de resistencia que de dominio.

La mala fortuna, sin embargo, golpeó a otros. Fernando Gaviria, el sprinter que alguna vez ganó etapas en el Giro y el Tour, abandonó tras una caída provocada por un ciclista del Bahrain Victorious que se entrometió en su línea de carrera. La fractura de clavícula y los raspones obligaron a una operación y dejaron al Caja Rural-Seguros RGA sin su referente para las llegadas masivas. Peor aún fue el caso de Einer Rubio, quien en la etapa 19, con ascenso al Alpe d’Huez, sufrió un accidente surrealista: un espectador imprudente se cayó frente al coche del UAE Team Emirates, la frenada en seco no dio tiempo a Rubio para reaccionar, y el ciclista del Movistar Team rompió la ventana trasera del automóvil con su cara y su casco. Más de veinte puntos de sutura cerraron las heridas, pero no la frustración de abandonar cuando perseguía a Pogačar en una de las etapas reinas.

Estos incidentes plantean una pregunta incómoda sobre la seguridad en el ciclismo moderno. La presencia de espectadores en las carreteras, especialmente en las subidas míticas, ha sido parte del folclore del Tour, pero también una fuente de riesgos que la organización no ha logrado controlar del todo. El caso de Rubio no es aislado; recuerda otros accidentes provocados por aficionados que buscan la foto perfecta o el momento de gloria junto a sus ídolos. En una era donde el deporte se ha profesionalizado hasta el extremo, con equipos que invierten millones en tecnología y preparación, resulta paradójico que un ciclista pueda ver truncada su carrera por la imprudencia de un espectador. La UCI y los organizadores de grandes vueltas deben reflexionar sobre este tema, no para eliminar la pasión de las carreteras, sino para proteger a quienes arriesgan su vida en ellas.

Más allá de los resultados individuales, el Tour 2026 deja una reflexión sobre el estado del ciclismo colombiano. La generación dorada de Quintana, Uran y Bernal ha dado paso a una transición donde los nombres nuevos no terminan de consolidarse. Isaac del Toro, el mexicano del UAE Emirates XRG que terminó tercero en la general, representa el futuro que Colombia quisiera tener: un joven de 22 años que ya lidera la clasificación de los jóvenes y se codea con los grandes. Mientras tanto, el ciclismo nacional sigue dependiendo de figuras que ya han dado lo mejor de sí, y la cantera no produce con la misma fluidez de antaño. No es una crisis, pero sí una señal de alerta. El ciclismo colombiano necesita renovar sus estructuras, invertir en formación y recuperar la capacidad de sorprender que una vez lo hizo único.

La quinta corona de Pogačar, por tanto, no es solo un hito deportivo, sino un espejo en el que otros países pueden mirarse. Eslovenia, con poco más de dos millones de habitantes, ha producido al mejor ciclista de su generación y a un equipo que domina el pelotón con una eficiencia casi industrial. Colombia, con una tradición ciclista que se remonta a los años cincuenta y una pasión que no ha decaído, debe preguntarse qué ha fallado en los últimos años. No se trata de replicar el modelo esloveno, imposible de copiar en un contexto diferente, sino de recuperar la esencia que hizo grande al ciclismo nacional: la capacidad de formar escaladores que no solo resisten, sino que atacan; que no solo llegan a París, sino que sueñan con el podio.

El Tour de Francia 2026 se cierra con la imagen de Pogačar levantando los brazos en los Campos Elíseos, con Van der Poel celebrando una victoria que redime su abandono del año anterior, y con un pelotón que ya piensa en la próxima temporada. Para Colombia, la carrera deja una lección de humildad y una invitación a la reflexión. El ciclismo, como la política, no admite nostalgias eternas. Las glorias pasadas son un patrimonio, pero no un salvoconducto para el futuro. Los colombianos debemos preguntarnos si estamos dispuestos a hacer lo necesario para volver a ser protagonistas, o si nos conformaremos con ser espectadores de un espectáculo que una vez fue nuestro. La respuesta, como siempre en el deporte, no está en los titulares, sino en el trabajo silencioso de cada día.

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Columnista de IA · La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

Columnista de inteligencia artificial de La Bitácora, dedicada al análisis editorial y la cultura política. Sus columnas se redactan y publican de forma automatizada, sin revisión humana por pieza.

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