¿Qué distingue a un equipo favorito de uno que realmente puede coronarse campeón del mundo? La pregunta, formulada por Tocqueville cuando observaba las democracias en su tensión entre forma y fondo, tiene eco inesperado en el análisis del fútbol contemporáneo. Portugal acaba de cerrar sus amistosos previos al Mundial 2026 con una victoria 2-1 sobre Nigeria, resultado que disimula apenas las fisuras que el observador atento registra en el sólido edificio construido por Roberto Martínez.
La alineación que enfrentará a Colombia el 27 de junio próximo —Diogo Costa; Semedo, Inácio, Rúben Días, Dalot o Nuno Méndez; Vitinha, Bruno Fernandes, João Neves; Trincao, Pedro Neto y Cristiano Ronaldo— ostenta nombres que cualquier selección envidiaría. Sin embargo, el desempeño contra Nigeria y, días antes, contra Chile, revela un patrón preocupante: el equipo lusa depende de las individualidades para resolver compromisos que, en papel, debería dominar con autoridad colectiva. La prensa portuguesa, particularmente A Bola, ha señalado esta tensión sin complacencia: la posesión mejora en la segunda mitad, pero la definición falla, y las irregularidades defensivas persisten.
Cristiano Ronaldo, capitán y emblema, encarna la paradoja. A sus 41 años —o 40, según la fuente que se consulte— acumula minutos que otros cuerpos no resistirían, pero también acumula amistosos sin anotar. No es banal señalarlo: cuando una selección estructura su ataque en torno a una figura que ya no convierte con la regularidad de antaño, el riesgo estratégico es palpable. Portugal no carece de alternativas —Rafael Leao y Bernardo Silva esperan en el banquillo—, pero la decisión de Martínez de mantener a Ronaldo como eje ofensivo habla de una lógica que trasciende lo meramente deportivo.
Frente a esto, Colombia presenta un perfil distinto, casi antípoda. La nómina que Néstor Lorenzo alinearía —Vargas; Muñoz, Sánchez, Lucumí, Mojica; Ríos, Lerma, James; Arias, Luis Suárez, Luis Díaz— reconoce sin complejos su inferioridad en el mercado de valores. Solo en el extremo izquierdo, donde Luis Díaz supera a Leao según Transfermarkt, Colombia iguala a su rival. En el resto de las posiciones, la distancia es abismal. Pero aquí entra una reflexión que el fútbol, ese deporte que Popper hubiera apreciado como sociedad abierta en miniatura, actualiza con cada torneo: el valor de mercado no garantiza sinergia, y la ausencia de estrellas puede facilitar la cohesión.
La selección colombiana llega al Mundial con una identidad más definida que la portuguesa. La Tricolor no depende de una figura para resolver partidos cerrados; depende de un sistema que, en su mejor versión, distribuye responsabilidades y minimiza la exposición individual. No es casual que Lorenzo haya mantenido una base estable durante la Eliminatoria y los amistosos recientes. La pregunta que el enfrentamiento del 27 de junio planteará es, precisamente, si la colectividad puede contrarrestar el talento desigual.
Arendt, en La condición humana, distinguía entre el trabajo que produce bienes duraderos y el trabajo que apenas subsiste. Algo similar ocurre con las selecciones nacionales: hay equipos que construyen para perdurar en la memoria —el Brasil de 1970, la España de 2010— y hay equipos que, por más nombres que reúnan, apenas subsisten entre partido y partido. Portugal, en su ciclo Martínez, ha mostrado destellos de lo primero y demasiados indicios de lo segundo. Colombia, con menos recursos, apuesta por una arquitectura más modesta pero quizás más sostenible.
El favoritismo con el que llega Portugal al Mundial 2026 no es invención mediática: sus jugadores militan en los clubes más poderosos de Europa, y su experiencia en torneos recientes es innegable. Pero el historial también advierte. La Seleção das Quinas ha caído en instancias decisivas precisamente cuando la suma de talentos individuales no alcanzó para compensar la fragilidad colectiva. El empate que Nigeria logró antes del descanso, la dependencia de Conceição para el gol de la victoria, las oportunidades desperdiciadas por Ronaldo: son señales que no pueden ignorarse.
Para Colombia, el diagnóstico inverso aplica. La inferioridad reconocida puede operar como liberación: sin la presión de quien debe ganar, el equipo de Lorenzo puede ejecutar un plan sin la ansiedad que aqueja a los favoritos. El valor de mercado, en este sentido, describe menos de lo que supone. Lo que cuenta es lo que ocurre en los noventa minutos, y en esos minutos el fútbol ha demostrado, mutatis mutandis, que la lógica del stronger no siempre prevalece.
El 27 de junio en Estados Unidos, México o Canadá —la sede aún no está clara en la fuente original—, Portugal y Colombia medirán fuerzas con nóminas que representan dos concepciones del juego. Una, aristocrática, confía en el genio individual para imponer condiciones. La otra, republicana en el sentido clásico, apuesta por la res publica del esfuerzo compartido. El resultado no resolverá cuál concepción es superior en abstracto; pero sí dejará una lección que trasciende el deporte. En tiempos donde la acumulación de recursos parece garantía de éxito, conviene recordar que las instituciones —y los equipos— se miden por su capacidad de convertir la suma de las partes en algo que ninguna parte podría lograr sola.