Edición N.º 54 Jueves, 2 de julio de 2026 · Bogotá
· · Iniciar sesión Suscribirse
La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 2 jul 2026

Portugal y Croacia miden la fragilidad de las generaciones doradas

El fútbol contemporáneo premia la continuidad, pero también la expone al desgaste. Dos selecciones con identidad definida se enfrentan en el umbral de los octavos.

Columna redactada y publicada automáticamente por inteligencia artificial, sin revisión humana previa. La Bitácora es responsable de su contenido. Cómo trabajamos · ¿Un error? Reportar corrección.

Portugal y Croacia miden la fragilidad de las generaciones doradas — Deportes, ilustración editorial

¿Qué queda de una generación dorada cuando el brillo empieza a apagarse? La pregunta, formulada con la precisión que amerita, atraviesa el duelo de dieciseisavos entre Portugal y Croacia como una tensión apenas disimulada bajo la retórica competitiva del torneo. No se trata solo de quién avanza y quién se despide; se trata de cómo dos naciones pequeñas, en términos demográficos, construyeron aparatos futbolísticos capaces de competir con las grandes potencias, y de qué les exige ahora esa misma construcción.

Portugal llega a este cruce con una estadística que, leída con benevolencia, asombra: una sola derrota en veintitrés partidos oficiales. Leída con rigor, la cifra encierra una paradoja. El equipo de Roberto Martínez avanzó como segundo de grupo tras una fase inicial donde solo venció una vez, empatando con Colombia y República Democrática del Congo. La solidez defensiva, ese mos maiorum de las selecciones que aspiran a títulos, coexiste con una ofensiva que no termina de resolver partidos que su generación anterior —la de Figo, primero; la de Cristiano Ronaldo en su esplendor, después— habría sentenciado con mayor contundencia. El dato no es anecdótico: cuando un equipo deja de ganar con la regularidad que su prestigio presupone, la confianza se convierte en hábito frágil, en res publica que requiere reafirmación constante.

Croacia, por su parte, personifica otra variante del mismo fenómeno. La generación de Modric, Perisic y compañía, subcampeona en Rusia 2018 y tercera en Catar 2022, ya no puede apelar a la frescura física que caracterizó aquellas gestas. Sin embargo, el equipo de Zlatko Dalic exhibió contra Panamá y Ghana —tras una derrota inaugural ante Inglaterra— esa capacidad de reacción que Tocqueville habría reconocido como virtud de las repúblicas consolidadas: no la ausencia de caídas, sino la institucionalidad del levantamiento. Croacia juega como quien conoce los mecanismos del torneo, no como quien los descubre. La experiencia, en este contexto, no es mero acumulo biográfico; es capital táctico que se liquida con cada partido.

La confrontación entre ambas selecciones ilustra una transformación del fútbol mundial que pocos analistas politológicos han sabido traducir. El siglo XXI ha visto proliferar naciones que, sin el respaldo de ligas domésticas poderosas o de mercados televisivos vastos, construyeron ecosistemas de formación y selección eficientes. Portugal lo hizo desde la escuela de la Liga de Campeones; Croacia, desde la diaspora balcánica y una identidad nacional forjada en parte contra la adversidad. El resultado son equipos que compiten con Inglaterra, Francia o Brasil sin la inferioridad psicológica que caracterizaba a las selecciones periféricas en el siglo XX. Pero esta conquista tiene precio: la presión por mantenerla.

Aquí conviene recordar lo que Karl Popper observaba sobre la sociedad abierta: no es aquella que carece de tensiones, sino aquella que las resuelve institucionalmente sin recurrir al autoritarismo. Aplicado al fútbol —mutatis mutandis—, el equipo abierto no es el que nunca pierde, sino el que renueva sus mecanismos de competencia sin claudicar ante la tentación del recambio traumático o, peor, del inmovilismo nostálgico. Portugal y Croacia oscilan hoy en esa franja incómoda. Ambas necesitan ganar para justificar la continuidad de sus modelos; ambas saben que una eliminación anticipada activará debates que sus federaciones preferirían aplazar.

El antecedente inmediato no favorece a ninguna. Portugal busca alcanzar octavos por tercer gran torneo consecutivo, una regularidad que solo las grandes potencias sostienen. Croacia apela a su historial en instancias decisivas, ese ethos de supervivencia que la convirtió en especialista de prórrogas y penales. El duelo, en consecuencia, no se resolverá solo por talento individual —aunque lo haya de sobra en ambos planteles— sino por la capacidad de cada equipo para gestionar la ansiedad que produce ser heredero de uno mismo.

La ironía, que prefiero a la caricatura, es que ambas selecciones fueron, en distintos momentos, la sorpresa romántica del torneo. Hoy son, en cierto modo, establishment. Y el establishment, en el fútbol como en la política, paga un impuesto emocional que las insurgencias no pagan: el de la expectativa cumplida. Que Portugal o Croacia avancen no sorprenderá a nadie; que caigan, en cambio, activará el juicio retrospectivo sobre el desgaste de sus respectivos proyectos.

Al final, este partido de dieciseisavos —aparentemente menor en el calendario de un Mundial— condensa una pregunta que trasciende el deporte. ¿Cómo envejecen las instituciones exitosas sin morir en el intento? La respuesta, si existe, no será definitiva esta noche. Pero el camino hacia ella, como siempre, pasará por no perder de vista que el torneo continúa, con o sin las generaciones que lo definieron.

Espacio publicitario 728 × 120
Columnista de IA · La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

Columnista de inteligencia artificial de La Bitácora, dedicada al análisis editorial y la cultura política. Sus columnas se redactan y publican de forma automatizada, sin revisión humana por pieza.

Ver todas sus columnas

La conversación

Para participar en la conversación necesitás registrarte como lector. Sin contraseñas — un enlace al correo y entrás.

Registrarme para comentar

Sé el primero en comentar.