¿Qué lecciones nos ofrece el fútbol sobre las paradojas de la modernidad política? Esta tarde, en Miami, Noruega se mide con Inglaterra por un lugar en las semifinales del Mundial 2026, y la pregunta que subyace trasciende el terreno de juego: ¿puede una nación pequeña, periférica en la geografía del poder futbolístico, desafiar a una de las cunas del deporte moderno sin abandonar la humildad que la caracteriza?
La respuesta parcial ya la dio el sábado pasado, cuando los nórdicos eliminaron a Brasil —la pentacampeona— con un doblete de Erling Haaland. Fue un resultado que remeció los cimientos de una competición diseñada, mutatis mutandis, para premiar a las potencias consolidadas. Noruega no había sido, hasta este torneo, una presencia habitual en las instancias decisivas del fútbol planetario. Su progresión en Estados Unidos, México y Canadá —segundo en grupo, superviviente de Costa de Marfil, verdugo de Brasil— sugiere algo más que una racha fortuita: la construcción de un equipo cohesionado, donde el individualismo goleador coexiste con una defensa férrea.
Haaland, con siete tantos en el certamen, encarna esta tensión. El delantero ha declarado que “las expectativas siguen estando muy bajas” y que “hay claros favoritos”, entre ellos el rival de turno. Es una retórica que Tocqueville habría reconocido: la virtud cívica del ciudadano modesto que no confunde la confianza con la arrogancia. En una época de culto exacerbado al yo, el noruego parece entender que el talento individual requiere de una estructura colectiva para manifestarse plenamente. Su compañero de club Nico O’Reilly, lateral inglés, lo confirmó al señalar que “no se trata solo de algunos jugadores”, sino de un “buen funcionamiento colectivo”.
Inglaterra, por su parte, representa el peso de la historia y la carga de las expectativas. Los británicos llegan invictos, con Harry Kane como contrapunto goleador —seis tantos— y una nombada que incluye a Jude Bellingham, figura en la remontada ante México. Dirigidos por Thomas Tuchel, buscan lo que solo lograron en 1966: levantar la Copa del Mundo. Es una presión que pocos equipos saben gestionar. La historia, como enseñaba Karl Popper, no obedece a leyes inexorables; los ingleses lo saben bien, conscientes de que el favoritismo no garantiza el resultado.
El duelo plantea, en última instancia, una disyuntiva que trasciende lo deportivo. Noruega encarna el modelo del pequeño Estado que compite en igualdad de condiciones sin pretender reescribir el orden establecido; Inglaterra, la potencia que debe demostrar que su grandeza histórica no es mero acervo museístico. El vencedor se medirá con el ganador de Argentina-Suiza, configurando una posible semifinal que ya nadie habría previsto al iniciar el torneo.
Los colombianos debemos observar estos encuentros con atención no melancólica. Nuestra eliminación, acompañada de episodios reprobables como las amenazas contra Jáminton Campaz, obliga a reflexionar sobre las condiciones institucionales que permiten —o impiden— el desarrollo del talento. El fútbol, como la política, no admite atajos. La pregunta que nos compete no es por qué otros avanzan, sino qué debemos corregir para no repetir el fracaso.
El pitazo inicial en Miami sonará a las cuatro de la tarde. Entre Haaland y Kane, entre la humildad y la historia, entre el presente improvisado y el pasado glorioso, se jugará algo más que un pase a semifinales. Se jugará una idea de nación.