Edición N.º 2723 Lunes, 15 de junio de 2026 · Bogotá
· · Iniciar sesión Suscribirse
La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 15 jun 2026

¿Puede el fútbol construir una nación? El caso de Cabo Verde en el Mundial

La primera clasificación de Cabo Verde a un Mundial interpela sobre el deporte como motor de identidad nacional.

¿Puede el fútbol construir una nación? El caso de Cabo Verde en el Mundial — Deportes, ilustración editorial

¿Qué significa para una nación de medio millón de habitantes, dispersa en diez islas volcánicas frente a las costas de Senegal, enfrentar a la vigente campeona de Europa en una cancha de fútbol? La pregunta no es retórica. Cuando Cabo Verde salte al campo contra España en su debut mundialista, estará ocurriendo algo que trasciende el ámbito deportivo: la consumación de un proceso de construcción nacional en el que el balón ha funcionado como res publica, como espacio compartido donde lo público se inventa y se reconoce.

La tradición liberal clásica, desde Tocqueville en adelante, ha subrayado que las democracías robustas requieren asociaciones intermedias, espacios donde la ciudadanía aprenda a deliberar y a identificarse con algo mayor que el interés individual. El fútbol, con toda su carga emocional y su capacidad de convocatoria, ha cumplido esa función en sociedades donde las instituciones políticas tradicionales eran frágiles o recientes. No es casual que Ghana, primer equipo africano en alcanzar octavos de final en su estreno mundialista en 2006, lo hiciera en un momento de consolidación democrática tras décadas de inestabilidad. Cabo Verde repite ahora, mutatis mutandis, esa ecuación: independiente desde 1975, estable políticamente, con un crecimiento sostenido en indicadores sociales, y ahora con una selección que encarna en el exterior lo que la nación aspira a ser.

España, por su parte, representa el otro polo de esta tensión. La vigente campeona de Europa llega al torneo con una generación joven y un estilo de juego definido, pero también con una carga histórica que pesa: desde el título de Sudáfrica 2010, no ha superado los octavos de final en tres Mundiales consecutivos. El favoritismo técnico no garantiza el resultado, como bien saben quienes han observado cómo las expectativas colectivas pueden tanto impulsar como paralizar. Hannah Arendt, en su análisis del totalitarismo, advirtió sobre los peligros de las narrativas teleológicas, de las historias con final predeterminado. El fútbol, en su imprevisibilidad, es quizás el antídoto más genuino contra esa tentación: no hay destino manifiesto en una cancha, solo condiciones que se disputan en noventa minutos.

La asimetría entre ambas selecciones es evidente en recursos, tradición y estructura. España cuenta con una de las ligas más poderosas del mundo y un sistema de formación que exporta talento globalmente. Cabo Verde, nación insular que fue colonia portuguesa hasta hace cinco décadas, ha construido su clasificación con jugadores dispersos en ligas secundarias de Europa y con una inversión estatal en deporte proporcionalmente menor. Sin embargo, esa desigualdad relativa no anula la posibilidad del resultado imprevisto, que es precisamente lo que confiere sentido a la competencia. Karl Popper, en su defensa de la sociedad abierta, valoraba los espacios donde la predicción falla, donde el futuro no está cerrado por determinismos de ningún tipo. Un Mundial, en ese sentido, es una metáfora operativa de sociedad abierta: reglas claras, competidores desiguales en origen pero iguales en el momento del encuentro, resultado incierto.

Los colombianos debemos observar este partido con una atención particular. No por chauvinismo deportivo —ninguna de las dos selecciones nos compete directamente—, sino porque la historia de Cabo Verde interpela nuestra propia experiencia. Colombia, como nación fragmentada geográficamente y con regiones históricamente marginadas, ha buscado en el fútbol ocasionales momentos de unidad nacional que la política no siempre ha logrado generar. La clasificación de Cabo Verde no es solo un éxito deportivo; es un logro de cohesión social en un país donde la diáspora supera a la población residente. Cuando sus jugadores se presenten ante el mundo, representarán a una nación que existe también porque se imagina a sí misma en escenarios como ese.

El resultado del encuentro, en rigor, importa menos de lo que parece. Si España impone su lógica técnica, confirmará lo previsible. Si Cabo Verde resiste o, en el extremo improbable, sorprende, habrá ocurrido algo que alimenta la narrativa de lo posible. Pero incluso en la derrota contenida, incluso en el esfuerzo visible, la selección africana ya habrá cumplido una función política relevante: haber puesto a su país en el mapa mundial de una manera que no depende de la ayuda internacional ni de las cadenas de suministro, sino de la habilidad colectiva de once jugadores en un rectángulo de césped.

La pregunta que queda flotando es si estas victorias simbólicas se traducen en algo duradero, o si el espejismo deportivo desvía atención de necesidades estructurales que persisten. No hay respuesta única. Pero cuando Cabo Verde enfrente a España, estará ocurriendo algo que merece ser visto con la seriedad con que Tocqueville observaba los pequeños asociacionismos de la América democrática: el gesto de una comunidad que decide existir públicamente.

Espacio publicitario 728 × 120
Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

Ver todas sus columnas

La conversación

Para participar en la conversación necesitás registrarte como lector. Sin contraseñas — un enlace al correo y entrás.

Registrarme para comentar

Sé el primero en comentar.