¿Existe alguna institución humana capaz de suspender, aunque sea noventa minutos, el peso de la historia? No me refiero a olvidarla, sino a sostenerla de otro modo: con el cuerpo en tensión, la esperanza colectiva, la ilusión de que algo aún puede salir bien. Esa pregunta atraviesa el partido que Haití y Escocia disputarán este sábado en Boston, un encuentro que La Opinión de Cúcuta documenta con la precisión del cronista deportivo pero que merece, creo, una lectura que trascienda la táctica y la estadística.
Los números son elocuentes por sí solos. Haití ausente durante cincuenta y dos años, desde aquel Mundial de Alemania 1974 donde la selección caribeña quedó eliminada en fase de grupos sin anotar un solo gol. Escocia, por su parte, retorna tras veintiocho años de sequía, desde Francia 1998. Ambas selecciones fueron beneficiadas por la ampliación de cupos que caracteriza al formato 2026, una reforma que muchos criticaron como banalización del torneo pero que, mutatis mutandis, ha permitido que dos comunidades nacionales recuperen un escenario de visibilidad mundial que la competencia cerrada les negaba.
Aquí conviene recordar lo que Tocqueville observaba sobre las asociaciones voluntarias en las democracías incipientes: no son meros instrumentos de interés, sino escuelas de cívica donde el individuo aprende a verse como parte de un todo. El equipo de fútbol nacional funciona, en este sentido, como asociación involuntaria pero no por ello menos formativa. Millones de personas que no se conocen, que nunca se encontrarán, experimentan simultáneamente una identidad común. El fenómeno no es menor cuando esa identidad ha sido erosionada por décadas de calamidad.
El caso haitiano ilustra esta tesis con crudeza casi insoportable. El país más pobre del hemisferio occidental, sacudido por terremotos, crisis políticas, violencia de bandas armadas y el colapso recurrente del Estado, logró clasificar liderando su grupo en la tercera ronda eliminatoria, por encima de selecciones con infraestructura futbolística ostensiblemente superior como Honduras y Costa Rica. El técnico francés Sébastien Migné, principal artífice de la hazaña según los registros deportivos, logró articular un colectivo funcional en medio de la disfunción nacional. No es la primera vez que el fútbol haitiano sobrevive a la catástrofe institucional; pero sí es la primera vez en más de medio siglo que esa supervivencia adquiere escala planetaria.
La preparación, eso sí, advierte sobre los límites del símbolo. Haití llega al debut tras tres amistosos con saldo negativo: derrotas ante Nueva Zelanda (4-0) y Perú (2-1), más un empate contra Islandia (1-1). Escocia presenta un historial preparatorio ambivalente, con victorias contundentes sobre Curazao y Bolivia pero derrotas ante Japón y Costa de Marfil, ambas por la mínima diferencia. Los números sugieren dos equipos en construcción, vulnerables, quizá más conscientes de lo que representan que de lo que pueden ejecutar sobre el césped.
Escocia ofrece un espejo interesante, no idéntico. Su ausencia del Mundial no obedeció a catástrofe natural o colapso estatal, sino a ese declive futbolístico que a veces acompaña a las naciones pequeñas en el marco de competencias cada vez más desiguales. El cierre emotivo de su clasificación en Hampden Park de Glasgow, con victoria 4-2 sobre Dinamarca, recupera una dimensión de fiesta ciudadana que el separatismo escocés y el Brexit habían tensionado sin disolver. El fútbol, aquí también, funciona como res publica: espacio donde la comunidad política se reconoce a sí misma sin necesidad de resolver sus disidencias.
No pretendo romanticismo que los hechos no autoricen. Un partido de fútbol no reconstruye Haití, ni resuelve el estatus constitucional de Escocia dentro del Reino Unido. Hannah Arendt, en su análisis del totalitarismo, distinguía entre la solidaridad orgánica de los movimientos de masas y la pluralidad política genuina. El estadio no sustituye al ágora. Pero tampoco es irrelevante que millones de haitianos, en la diáspora y en la isla, puedan ver representada su nación en competencia igualitaria con otras; que un niño en Puerto Príncipe o en Brooklyn pueda elegir, esta semana, identificarse con algo que no sea la catástrofe.
La FIFA, con todos sus vicios conocidos, expandió el formato 2026 en parte por razones comerciales, en parte por presión geopolítica. No importa. Las instituciones, como recordaba Popper, deben juzgarse por sus efectos corregibles más que por sus intenciones originales. El efecto corrector aquí es visible: una selección que no habría clasificado bajo reglas anteriores está presente, y con ella una comunidad que necesita visibilidad.
El sábado, cuando el silbato inicial suene en Boston, Haití y Escocia competirán por tres puntos en una tabla deportiva. Pero competirán también, aunque sea de modo indirecto y tal vez fugaz, por algo que la política contemporánea les niega con frecuencia: la posibilidad de que la historia nacional incluya, además del sufrimiento documentado, el gesto colectivo de la esperanza.