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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 17 jun 2026

Inglaterra busca borrar el fantasma de Moscú ante una Croacia que no envejece

Ocho años después de la semifinal de 2018, los ingleses reencuentran a su verdugo en el arranque del Grupo L del Mundial 2026.

Inglaterra busca borrar el fantasma de Moscú ante una Croacia que no envejece — Deportes, ilustración editorial

¿Puede un partido de fútbol servir de terapia colectiva para una nación entera, o solo reabre heridas que nunca cicatrizaron del todo? Esa es la pregunta que flota sobre el estadio donde Inglaterra y Croacia inaugurarán este miércoles el Grupo L del Mundial 2026, en un duelo que trasciende lo meramente deportivo para adquirir dimensiones de res publica emocional.

Los colombianos que seguimos el torneo desde la distancia —mutatis mutandis, con nuestros propios fantasmas futbolísticos— podemos reconocer en esta historia un patrón que Hannah Arendt identificaba en las repúblicas modernas: la memoria política, incluso la deportiva, no es lineal, sino que opera por ciclos de trauma y redención. Para Inglaterra, aquella semifinal de Moscú 2018 representó algo más que una eliminación. Fue la confirmación de una maldición que dura ya seis décadas: desde 1966, año en que levantaron la Copa en casa, los Tres Leones han construido generaciones prometedoras que naufragan en el momento decisivo.

El dato que recoge La Opinión de Cúcuta es elocuente: once enfrentamientos históricos entre ambas selecciones, pero solo uno en Mundiales, y ese único episodio quedó grabado en la retina inglesa como una humillación particularmente amarga. Croacia, entonces un equipo que parecía en declive, remontó con la clase de quienes entienden que el fútbol de élite es, ante todo, gestión de la incertidumbre. Modric, Perisic y compañía no ganaron por talento individual —aunque lo tenían— sino por una especie de prudentia competitiva que los ingleses, con todas sus estrellas, no supieron ejercer.

Ahora el escenario mutó en varios sentidos. Thomas Tuchel, alemán de nacimiento pero inglés de adopción por el banquillo, intenta imprimir a esta selección la disciplina táctica que caracterizó sus mejores equipos de club. Los amistosos previos —victorias ante Nueva Zelanda y Costa Rica— muestran un equipo sólido defensivamente, aunque la prensa británica, siempre ávida de drama, se pregunta si esa solidez no esconde una falta de chispa ofensiva. Harry Kane y Jude Bellingham cargan con el peso de una expectativa que, en Inglaterra, siempre roza lo patológico.

Del otro lado, Croacia presenta el mismo enigma de siempre. Luka Modric tiene ahora cuarenta años cumplidos, una edad en la que la mayoría de los futbolistas ya disfrutan de su jubilación dorada en ligas exóticas. Sin embargo, los balcánicos han demostrado en Qatar 2022 —donde fueron semifinalistas de nuevo— que su modelo de gestión generacional funciona con una precisión que envidiarían muchas administraciones públicas. La vieja guardia no cede el paso; la nueva sangre, encabezada por Josko Gvardiol, ya demostró en el Manchester City que puede competir al más alto nivel. Los resultados previos al torneo —triunfos sobre Colombia y Bélgica, derrota honorable ante Brasil— confirman un equipo que nadie quiere enfrentar, como señala el reporte original.

Aquí cabe una reflexión que trasciende lo meramente futbolístico. Tocqueville observaba en la democracia norteamericana una tendencia al individualismo que, llevado al extremo, debilitaba el tejido social. En el fútbol contemporáneo, esa tensión se reproduce constantemente: equipos llenos de estrellas individuales que no logran funcionar como colectivo, frente a selecciones menos talentosas pero más cohesionadas. Inglaterra representa el primer polo; Croacia, con matices, el segundo. La pregunta que Tuchel debe responder es si es posible sintetizar ambas lógicas, o si el torneo volverá a demostrar que en el fútbol, como en la política, la suma de egos raramente supera a la suma de partes.

El Grupo L, completado por Ghana y Panamá, no parece el más exigente del torneo. Eso puede ser una trampa. Una derrota inaugural para cualquiera de estos dos equipos europeos complicaría seriamente sus aspiraciones y, en el caso inglés, activaría el mecanismo de autodestrucción mediática que conocemos bien. Los británicos no inventaron la prensa deportiva amarillista, pero la perfeccionaron hasta convertirla en un arte de la autoinmolación colectiva.

Para nosotros, espectadores colombianos, este partido ofrece una lección secundaria que no debemos despreciar. Croacia, nación de cuatro millones de habitantes, ha llegado a dos finales de Copa del Mundo en cuatro ediciones. Su secreto no es económico —no tiene las ligas millonarias de Inglaterra ni la infraestructura de Alemania— sino institucional: una federación que funciona, una identidad de juego clara, una paciencia con los procesos que raramente vemos en nuestro continente. Antanas Mockus, cuando tenía razón, solía decir que las naciones se construyen con reglas claras y cumplimiento de las mismas. El fútbol croata, en su modestia demográfica, parece haber entendido algo que escapa a muchas selecciones más poderosas.

El miércoles, pues, no solo se juegan tres puntos. Se juega la posibilidad de que una historia de sesenta años encuentre, por fin, un capítulo redentor. O de que el tiempo, ese juez implacable que Popper reservaba para las teorías científicas, confirme una vez más que algunas maldiciones no se rompen, solo se aprende a convivir con ellas.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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