¿Qué resta del deporte cuando una inteligencia artificial declara con aritmética fría quién ganará un partido de fútbol? La pregunta no es trivial. Alimentada con datos históricos, formaciones, rendimientos individuales y variables meteorológicas, una IA pronosticó el encuentro amistoso entre Suiza y Colombia con la misma seguridad con que un actuario calcula una prima de seguros. Pero aquí no estamos asegurando un automóvil: estamos hablando de once seres humanos contra once, de tensión muscular, de errores inexplicables, de ese instante en que un jugador decide arriesgar lo improbable y lo logra.
La República reportó que los modelos predictivos favorecían a uno de los equipos con porcentajes que variaban según el algoritmo consultado. Lo curioso es que ninguno de esos números puede computar lo que Tocqueville habría reconocido como el azar democrático del campo: la igualdad de condiciones teórica que, en el rectángulo verde, se resuelve en desigualdades momentáneas e impredecibles. El fútbol es, en su esencia, una institución que premia la cooperación espontánea más que el diseño central. Los algoritmos, por el contrario, operan con la lógica del diseño: correlacionan pasados para proyectar futuros, como si el deporte fuera un experimento repetible bajo condiciones controladas.
No estoy sugiriendo que la estadística sea inútil. Desde los tiempos de Moneyball sabemos que los datos revelan eficiencias ocultas. Pero hay una diferencia entre usar números para armar una plantilla a largo plazo y pretender que predigan el resultado de noventa minutos. Karl Popper enseñó que las predicciones en ciencias sociales son posibles solo cuando operamos con tendencias generales, no con eventos singulares. Un partido de fútbol es, precisamente, un evento singular: irrepetible, contingente, expuesto a lo que Hannah Arendt llamó la natalidad de la acción humana, es decir, la capacidad de iniciar algo imprevisto.
La selección Colombia llega a este amistoso en un momento de transición. Suiza, por su parte, conserva la solidez institucional que caracteriza a sus equipos desde siempre. La IA probablemente ponderó estas regularidades con rigor. Pero ¿quién mide la concentración de un defensor en el minuto ochenta y dos, cuando el estadio abuchea y el balón cruza el área en un centro impreciso? ¿Quién cuantifica la decisión de un árbitro que ve o no ve una falta en el límite de la interpretación reglamentaria? El fútbol, mutatis mutandis, es una res publica en miniatura: un espacio donde las reglas comunes generan resultados que ningún participante controla por completo.
Hay algo más preocupante en esta moda predictiva. Cuando los medios difunden los pronósticos algorítmicos como si fueran veredictos, contribuyen a una cierta banalización del deporte. El espectador empieza a ver el partido como una confirmación o refutación de datos previos, no como una experiencia abierta. El gobierno actual en Colombia ha mostrado, en otros ámbitos, una confianza similar en las soluciones técnicas a problemas que exigen juicio político. No es la misma cosa, pero responde a la misma tentación: sustituir la deliberación humana por la eficiencia aparente de un sistema.
Reconozcamos, sin embargo, que la tecnología también democratiza el análisis. Antes solo los clubes poderosos tenían acceso a sofisticadas bases de datos. Hoy cualquier aficionado puede consultar modelos que, con todos sus límites, enriquecen la conversación. El problema no es la herramienta, sino la fe ciega en ella. Cuando la oposición política en Colombia cae en predicciones apocalípticas infundadas sobre el país, comete el error simétrico: confundir el deseo con el análisis. En ambos casos, el antídoto es el mismo: documentar, distinguir, no exagerar.
El partido Suiza-Colombia se jugará con balón, no con bits. Los algoritmos dirán lo que digan, y luego vendrá el pitazo inicial, y once colombianos tendrán que resolver en el campo lo que ninguna máquina puede resolver por ellos. Eso no es romántico: es simplemente cierto. La pregunta que deberíamos hacernos no es quién ganará según la IA, sino qué perdemos cuando dejamos de hacerla nosotros mismos.