El fútbol, decía Borges, es una de las formas del olvido. Pero a veces también es una de las formas del recuerdo: de que las naciones, como los equipos, no son eternas en su grandeza, sino contingentes en su ejercicio. La eliminación de Brasil ante Noruega en los octavos de final del Mundial 2026 —con dos goles de Erling Haaland que sentenciaron el 2-1 final, pese al descuento de Neymar Jr. desde el punto penal— no es apenas una sorpresa deportiva. Es una lección de res publica, de cosa pública, aplicada al terreno de juego.
La pregunta que esta página se ha propuesto formular con precisión es la siguiente: ¿qué revela la derrota de una potencia histórica ante una selección sin tradición mundialista sobre la naturaleza del mérito en las democracias? No se trata de una analogía forzada. Tocqueville, en su estudio de la democracia americana, advertía que el peligro de las naciones prósperas no es la opresión sino la complacencia: la creencia de que el pasado garantiza el futuro. Brasil llegó a este torneo como favorita no solo por su plantel, sino por el peso acumulado de cinco títulos, de una canarinha que durante décadas fue sinónimo de excelencia futbolística. Ese peso, lejos de ser motor, se convirtió en grillete.
El partido lo ilustra con crudeza. El primer tiempo fue equilibrado, pero en la segunda mitad Brasil “adelantó sus líneas”, según la crónica de Caracol Radio, en busca de un dominio que nunca llegó. Dejó espacios. Perdió “el equilibrio con el paso de los minutos”. Es la descripción exacta de una potencia que confunde voluntad con capacidad, impulso con estrategia. Haaland, por el contrario, esperó. El delantero noruego no necesitó dominar el juego; necesitó dominar los momentos. Al minuto 79 abrió el marcador, y en el tiempo de adición sentenció con el 2-0. La paciencia como virtud republicana, traducida a goles.
Noruega no es una selección sin historia, pero sí sin la historia opresiva de Brasil. Esa ausencia de carga funciona como libertad. Popper, en su defensa de la sociedad abierta, distinguía entre las tradiciones que encadenan y las que habilitan. La tradición futbolística brasileña, en este partido particular, pareció encadenar: una defensa que perdió compostura, un ataque que confundió posesión con peligro, un equipo que creyó que el empuje de la camiseta sustituiría al cálculo del entrenador. La afición brasileña, silenciada por el primer gol de Haaland, fue testigo de una verdad incómoda: que el estatus adquirido no es rendimiento garantizado.
¿Es justa esta lectura? La pregunta merece ser tomada en serio. No se trata de negar el talento individual de los jugadores brasileños, ni de atribuir a Noruega una superioridad sistemática que no ha demostrado en el torneo. Se trata de reconocer que en el fútbol, como en la política, el mérito no es una sustancia que se acumula sino una práctica que se renueva. Arendt, en su análisis del totalitarismo, insistía en que las instituciones sobreviven solo cuando se ejercen activamente; dejan de existir cuando se dan por sentadas. La selección brasileña, en este partido, pareció dar por sentada su condición de favorita. La pagó con la eliminación.
El descuento de Neymar Jr., ya en el último minuto y desde el punto penal, añade una ironía que no quiero dejar pasar. Fue un gol de pura formalidad: correcto en su ejecución, inútil en su consecuencia. Así actúan a veces las democracias cuando reaccionan tarde a sus propias crisis: reconocen el problema cuando ya no pueden resolverlo. El 2-1 final no cambia el resultado, pero sí revela la estructura de un partido que Noruega supo leer mejor que su rival.
Colombia, por cierto, no debería tomar esto como mera lección ajena. Su próximo rival es Suiza, selección que ya lanzó advertencias desde la prensa: “Podemos vencer a Colombia”. La arrogancia de la potencia no es exclusiva de Brasil; la humildad del desafiante tampoco es patrimonio de Noruega. Lo que este Mundial está demostrando, mutatis mutandis, es que el formato de eliminación directa no perdona las distracciones institucionales. Cada partido es una pequeña república que se funda y se disuelve en noventa minutos.
La pregunta inicial no admite una respuesta categórica. El mérito no siempre triunfa; la tradición no siempre pesa. Pero en este caso particular, en esta noche de julio de 2026, la virtud del esfuerzo concentrado venció a la inercia de la grandeza presumida. No es una moraleja. Es una observación que las naciones, las instituciones y los equipos harían bien en no olvidar.