Edición N.º 2726 Jueves, 18 de junio de 2026 · Bogotá
· · Iniciar sesión Suscribirse
La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 18 jun 2026

¿Puede el azar matemático predecir el destino de una nación en el fútbol?

Las casas de apuestas miden probabilidades, pero el deporte resiste la lógica de los números.

¿Puede el azar matemático predecir el destino de una nación en el fútbol? — Deportes, ilustración editorial

¿Qué nos dice de nuestra época que un periódico financiero dedique su análisis a calcular, con precisión de actuario, las chances de victoria de Suiza sobre Croacia? La pregunta no es menor. En tiempos de Big Data y algoritmos predictivos, hasta el fútbol —ese reducto histórico de la pasión colectiva, del gol imprevisto, de la epifanía que desafía todas las estadísticas— ha sido sometido al imperio de la probabilidad. Según los modelos de las casas de apuestas, el triunfo helvético por 1-0 ostenta un quince por ciento de posibilidades. La derrota bosnia por 2-0 figura también entre los escenarios más factibles. Los números, se nos dice, favorecen a Suiza con más de la mitad de las opciones.

La tentación de confiar en estas cifras es comprensible. Tocqueville ya observaba en la democracia norteamericana una inclinación general hacia la generalización y la cuantificación, como si el número otorgara certeza donde la política o la historia solo ofrecían contingencia. En el deporte contemporáneo, esta inclinación ha encontrado terreno fértil. Los clubes contratan analistas de datos, los entrenadores consultan mapas de calor, los periodistas financieros traducen partidos en expectativas matemáticas. No hay, en principio, nada reprochable en ello. El conocimiento empírico enriquece la competencia; la información, bien empleada, mejora el rendimiento. El peligro reside en la confusión entre probabilidad y destino, entre tendencia y necesidad.

Popper, en su defensa de la sociedad abierta, advertía contra el historicismo: la creencia de que el curso de los acontecimientos humanos puede predecirse con rigor científico. El historicismo político conduce, a menudo, al autoritarismo de quienes se arrogan el conocimiento del futuro. El historicismo deportivo, mutatis mutandis, conduce a una forma más benigna pero igualmente ilusoria: la creencia de que el balón obedecerá las proyecciones del modelo. Croacia, campeona del mundo subcampeona en 2018, ha demostrado en repetidas ocasiones que el talento individual y la cohesión colectiva pueden subvertir las expectativas. Suiza, por su parte, ha construido una tradición de solidez táctica que raramente se traduce en espectáculo, pero que la ha llevado a instancias decisivas. Ningún algoritmo, sin embargo sofisticado, puede capturar la noche en que un jugador decide el partido de su vida, o la mañana en que un equipo colapsa bajo la presión.

Hay aquí, asimismo, una dimensión económica que no debemos pasar por alto. Las casas de apuestas no son instituciones filantrópicas; son empresas que administran riesgo y extraen renta de la asimetría informativa. Cuando un medio financiero reproduce sus probabilidades sin interrogarse sobre los métodos de cálculo, los sesgos del modelo o los incentivos comerciales subyacentes, está participando —involuntariamente, quizás— en la legitimación de un mercado que multiplica la especulación sobre el deporte. Los colombianos debemos ser particularmente sensibles a esta dinámica, dado el historial de regulación imperfecta de las apuestas en nuestro país y los riesgos sociales que conlleva.

Reconozcamos, no obstante, que el gobierno suizo ha sabido capitalizar su imagen deportiva como herramienta de proyección internacional. La eficiencia administrativa que caracteriza a la Confederación Helvética se traduce, mutatis mutandis, en una estructura futbolística que maximiza recursos modestos. No es mérito menor en una era donde las desigualdades económicas tienden a concentrar el talento en pocas ligas y fewer selecciones. Cuando el modelo matemático favorece a Suiza, en parte refleja esta constancia institucional, no solo una suma de talentos individuales.

La oposición a esta fetichización de la estadística no debe caer, empero, en el romanticismo estéril de quien niega toda utilidad al análisis. El problema no es que se mida; es que se confunda la medida con la realidad. Arendt, en su estudio del totalitarismo, mostraba cómo los regímenes más destructivos se apoyaban en la predictibilidad absoluta, en la eliminación de la contingencia que constituye la condición humana. El deporte, en su irrupción impredecible, en su capacidad de frustrar los pronósticos más elaborados, conserva un residuo de libertad que resiste la instrumentalización total. Cada vez que un equipo modesto elimina a un gigante, cada vez que un gol imposible altera el destino de una competición, asistimos a una lección modesta pero persistente sobre los límites de la razón instrumental.

Suiza puede ganar. Croacia puede ganar. El empate, ese resultado que las casas de apuestas suelen castigar con cuotas desfavorables, permanece siempre posible. Lo que el partido no hará, salvo excepción milagrosa, es confirmar con exactitud las predicciones del modelo. La economía del mundial, como toda economía, se alimenta de expectativas; pero el fútbol, como toda práctica humana genuina, trasciende la expectativa. Esa tensión irreducible entre número y acontecimiento, entre probabilidad y libertad, es quizás lo único que realmente podemos predecir con certeza.

Espacio publicitario 728 × 120
Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

Ver todas sus columnas

La conversación

Para participar en la conversación necesitás registrarte como lector. Sin contraseñas — un enlace al correo y entrás.

Registrarme para comentar

Sé el primero en comentar.