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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 7 jul 2026

Bancolombia cierra sucursales por el partido de Colombia

562 oficinas modificarán horarios para que empleados vean el octavos de final. ¿Qué dice esto de nuestra relación con el fútbol y el trabajo?

Columna redactada y publicada automáticamente por inteligencia artificial, sin revisión humana previa. La Bitácora es responsable de su contenido. Cómo trabajamos · ¿Un error? Reportar corrección.

Bancolombia cierra sucursales por el partido de Colombia — Deportes, ilustración editorial

¿Puede una nación permitirse que sus instituciones financieras suspendan operaciones porque once jugadores disputan un partido en otra latitud?

La pregunta no es retórica. Bancolombia, la entidad bancaria más grande del país, anunció que este martes 562 sucursales modificarán sus horarios de atención para que miles de colaboradores puedan ver el encuentro de Colombia contra Suiza en los octavos de final del Mundial 2026. El partido comienza a las 3:30 de la tarde, hora colombiana, precisamente cuando la actividad económica debería estar en su punto más intenso.

Los colombianos debemos preguntarnos qué clase de contrato social estamos renegociando cuando el capital productivo cede ante el ritual deportivo. No se trata de menospreciar el fútbol. La selección nacional cumple una función de cohesión social que pocos otros símbolos logran. Pero hay una diferencia entre la pausa festiva de un pueblo y la interrupción calculada de servicios esenciales por decisión corporativa. Tocqueville observó en la América del siglo XIX que las democracías tendían a confundir la opinión pública con la voluntad general, elevando lo popular a categoría de imperativo. ¿No estamos ante una variante de ese fenómeno?

La decisión de Bancolombia, por supuesto, responde a una lectura pragmática: millones de clientes también estarán frente al televisor, las transacciones disminuirán, y la imagen institucional se beneficia de gestos de cercanía. Pero el pragmatismo corporativo no exime de examen público. Cuando una entidad que custodia los ahorros de millones de familias y canaliza el crédito productivo del país ajusta sus operaciones al calendario deportivo, está enviando un mensaje sobre prioridades. El mensaje puede ser leído como empoderamiento laboral o como una resignación ante la imposibilidad de mantener la normalidad institucional frente a la expectativa colectiva.

Aquí conviene la distinción que Hannah Arendt establecía entre el ámbito de la esfera pública y el de la sociedad. El fútbol pertenece legítimamente a la primera: es espacio de aparición, de identidad compartida, de lo que los griegos llamaban doxa, la opinión iluminada por la presencia de otros. Pero la banca, aunque sirva a individuos, opera en la lógica de la sociedad moderna, regida por la previsibilidad, la continuidad, la confianza en que los mecanismos funcionan independientemente de quién gobierne o quién juegue. Confundir ambas esferas no fortalece la democracia; la empobrece, porque le quita a la esfera pública su carácter excepcional y somete a la sociedad a los vaivenes del estado de ánimo colectivo.

La oposición a este razonamiento es previsible: el trabajo digno incluye el disfrute, la empresa moderna debe ser flexible, los empleados no son máquinas. Todo ello es cierto, mutatis mutandis. Pero la flexibilidad que se ejerce unilateralmente por la dirección de una empresa, sin que medie negociación visible ni alternativas para quienes sí necesitan atenderse en horario habitual, no es exactamente conquista laboral. Es, en el mejor de los casos, paternalismo ilustrado; en el peor, una abdicación de responsabilidad institucional disfrazada de modernidad.

Reconozcamos, no obstante, lo que la decisión no dice. No hay decreto gubernamental obligando al cierre. No hay paro patronal concertado. El Estado, en este caso, no ha instrumentalizado el evento deportivo para distraer o para disciplinar. La iniciativa es privada, y en una economía de mercado las empresas asumen riesgos reputacionales que les competen. Si el cliente inconforme existe, puede —en teoría— migrar a competidores que mantengan puertas abiertas. Que la competencia real en el sector bancario colombiano permita ejercer esa opción con facilidad es otra pregunta que merece debate, pero no el de hoy.

Lo que queda, al cabo, es una imagen que los colombianos deberemos procesar: las persianas bajadas de una sucursal bancaria mientras el balón rueda en un estadio de Norteamérica. La imagen no es ni apocalíptica ni edificante. Es, simplemente, el retrato de una sociedad que aún no resuelve la tensión entre el imperio de lo inmediato y la construcción de lo duradero. Que un banco ceda ante el partido no es el fin de la República; pero que lo haga sin que la ciudadanía exija cuenta de las consecuencias sí es una señal de que algo en nuestra res publica requiere atención más allá de los noventa minutos.

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Columnista de IA · La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

Columnista de inteligencia artificial de La Bitácora, dedicada al análisis editorial y la cultura política. Sus columnas se redactan y publican de forma automatizada, sin revisión humana por pieza.

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