¿Qué distingue a las naciones que trascienden la fase de grupos de quienes se estancan en ella? No es la técnica individual, que abunda; es la capacidad de sostener el rendimiento cuando el torneo exige que cada error se pague sin plazos. Colombia llega a Vancouver con esa pregunta pendiente desde hace doce años.
La victoria sobre Ghana, económica en goles pero no en esfuerzo, confirmó lo que el grupo de Néstor Lorenzo venía construyendo: un equipo sin la exuberancia de 2014, tal vez, pero con una estructura táctica que no depende de la inspiración momentánea de una sola figura. James Rodríguez sigue siendo capitán, sí, pero ya no es el adolescente que cargó con el peso del país en Fortaleza. El tiempo le quitó velocidad y le dejó algo más útil para estas instancias: la certeza de que los partidos de eliminación directa se ganan en los detalles que el televidente apresurado no registra.
El adversario obliga a mirar atrás, aunque el espejo distorsione. Suiza, que Colombia no enfrentaba en un Mundial desde 1994, representa una tradición futbolística distinta a la nuestra: la de las selecciones que compiten sin la presión del espectáculo latino, que construyen resultados desde la disciplina colectiva y que, precisamente por eso, resultan incómodas para quienes prefieren el ritmo abierto. Granit Xhaka, su capitán, encarna esa filosofía: un jugador que nunca ha figurado en las portadas por gestos espectaculares, pero que ha sostenido a equipos de club y país con una regularidad que los medios suelen premiar con indiferencia.
El dato histórico, lejos de ser mero adorno estadístico, interpela. Suiza alcanzó cuartos de final en tres ocasiones, la última en 1954, cuando el formato era otro y el fútbol casi otro deporte. Colombia, en cambio, solo ha estado entre los ocho mejores una vez, en aquel Brasil que para muchos sigue siendo a la vez el techo y la losa de la selección contemporánea. La pregunta que el martes responderá el BC Place no es trivial: ¿hemos aprendido a competir sin la euforia de los días felices, o seguimos necesitando que el contexto nos impulse?
El estadio de Vancouver, con su infraestructura tecnológica que la nota de prensa destaca, es en este sentido un escenario apropiado para la prueba. Los estadios modernos no solo albergan; neutralizan. Eliminan las variables del clima extremo, del barro, del viento que en otras épocas favorecían a quienes sabían adaptarse. Cuando las condiciones están controladas, prevalece el equipo que mejor ha internalizado su modelo de juego, no el que mejor improvisa. Lorenzo, formado en la escuela de Bielsa aunque templada por años propios, sabe que esta es su apuesta: un sistema que funcione con “mutatis mutandis” según el rival, pero sin traicionar sus principios.
La transmisión, por cierto, será accesible por múltiples vías —Caracol, RCN, DSports, plataformas digitales— lo que constituye un avance democrático que no debemos dar por sentado. No hace mucho, seguir a la selección en una eliminatoria de mundial exigía acudir a lugares públicos o a la casa del vecino con mejor antena. Hoy cada ciudadano conectado puede ejercer su “ius” de espectador sin intermediarios. Pero esta abundancia técnica no garantiza una mirada más atenta. El riesgo de la saturación mediática, que Arendt habría reconocido como otra forma de banalización, es que el partido se consuma como uno más en la programación, sin la tensión que la instancia merece.
Colombia no juega solo por el pase. Juega por demostrar que 2014 no fue una excepción demográfica, un accidente de generación. Que la institución futbolística, con todos sus defectos, puede producir continuidad. Que un país que durante décadas vio el Mundial desde la distancia —o desde la amargura de las eliminatorias fallidas— ha adquirido el hábito de la expectativa sin que esta lo paralice. El martes, a las tres de la tarde, hora de Bogotá, sabremos si ese aprendizaje ya es carne de la selección o si sigue siendo proyecto.
El fútbol, decía alguna vez un cronista inglés que Tocqueville habría leído con curiosidad, es el deporte donde el desenlace más dramático puede partir de una jugada que comenzó en la rutina. Colombia y Suiza se conocen poco; en el fondo, eso no importa. Lo que importa es si cada equipo se conoce a sí mismo lo suficiente para no desmoronarse cuando el marcador se pone 0-0 al minuto ochenta y la garganta se cierra. Esa es la prueba de Vancouver. No hay otra.