¿Hasta dónde debe llegar una selección para que su participación en un Mundial deje de ser un buen recuerdo y se convierta en un hito verdaderamente transformador? La pregunta, que parece retórica, adquiere urgencia cuando Colombia, invicta y clasificada a octavos tras vencer 1-0 a Ghana, se prepara para enfrentar a Suiza en Vancouver. El resultado es bueno; la lectura que hagamos de él, sin embargo, no puede quedarse en la superficie del marcador.
El gol de Jhon Arias a los catorce minutos, asistido por Luis Suárez tras una jugada colectiva por la banda izquierda, revela algo más que eficacia: muestra un equipo que sabe adaptarse. La lesión temprana de Jhon Córdoba, lejos de desarticular el plan de Néstor Lorenzo, obligó a una recomposición que funcionó. Esa capacidad de reacción, que el propio técnico destacó al calificar el partido como “muy trabajado”, es el distintivo de las selecciones que dejan de ser promesas para convertirse en contendientes. No es poco en un torneo donde la presión psicológica suele doblegar antes que la técnica individual.
Sin embargo, conviene no dejarse seducir por el optimismo fácil. Colombia dominó la posesión, anuló a Ghana y mantuvo la solidez defensiva, pero también vio cómo un gol de Luis Díaz fue invalidado por fuera de lugar y jugó con la tensión de un marcador mínimo durante más de setenta minutos. El dominio sin contundencia es una deuda que el fútbol cobra caro en instancias definitivas. La selección de 2014, a la que ahora se evoca como parámetro, llegó a cuartos de final no solo por talento, sino por saber resolver partidos que se le complicaron. James Rodríguez no brilló siempre; brilló cuando el equipo más lo necesitó.
La referencia a Brasil 2014, presente en los reportes de la prensa deportiva, merece una lectura política, no solo nostálgica. Aquella clasificación a cuartos ocurrió en un contexto de rareza institucional: el país, aún conmocionado por las negociaciones de paz y las elecciones presidenciales, encontró en el equipo una figura de unificación momentánea. El deporte, como ha observado Tocqueville sobre las asociaciones civiles en las democracias, funciona a veces como res publica improvisada: un espacio donde la sociedad se reconoce a sí misma sin mediación estatal. La pregunta incómoda es si 2026 reproduce esa condición o si, por el contrario, la selección navega ahora en aguas más tranquilas pero también más indiferentes, sin la carga simbólica que exige rendimiento extraordinario.
El rival siguiente lo complica todo. Suiza, que eliminó a Argelia, es precisamente el tipo de selección que suele castigar a los favoritos emotivos: organizada, paciente, acostumbrada a torneos donde la eficiencia supera al espectáculo. Para Colombia, el partido del 7 de julio en Vancouver será un examen de madurez táctica. Lorenzo tendrá que demostrar que el orden defensivo exhibido contra Ghana puede traducirse en control de ritmo contra un equipo que no se desesperará si el marcador no se mueve.
Hay, finalmente, una dimensión que trasciende lo deportivo y que este columnista no puede dejar de señalar. La cobertura institucional del fútbol nacional, la inversión en infraestructura, la formación de base, el tratamiento de los jugadores como trabajadores con derechos: todo eso es lo que permite que una victoria sobre Ghana no sea un accidente sino el resultado de un sistema. Cuando celebramos el triunfo, celebramos también, mutatis mutandis, las condiciones que lo hicieron posible. Si esas condiciones son frágiles —y en el fútbol colombiano hay mucho por construir—, la alegría del momento corre el riesgo de ser, una vez más, espejismo.
Colombia avanza. La pregunta que queda flotando, como un balón en el área que nadie termina de cabecear, es si estamos preparados para lo que viene después de avanzar.