¿Qué le queda a una generación de futbolistas excepcionales cuando el reloj institucional se agota antes que el talento individual? Bélgica y Senegal se encuentran este miércoles en una encrucijada que trasciende el resultado inmediato: el perdedor abandona el Mundial, pero ambos equipos arrastran una pregunta más incómoda sobre si sus años dorados quedarán en el registro de las oportunidades desperdicias.
La tradición del liberalismo clásico, que tanto ha reflexionado sobre la virtud republicana, distingue cuidadosamente entre el mérito personal y la fortuna colectiva. Un jugador puede ser brillante —De Bruyne, Mané, Lukaku— sin que su selección logre traducir esa excelencia en títulos. No es injusticia: es la res publica del deporte, donde la institución importa tanto como el individuo. Bélgica llegó tercera en 2018 y no pudo repetir; Senegal conquistó la Copa África en 2022, pero el escalón mundial sigue negado. El fútbol, como la política, castiga con crudeza quienes confunden el momento propicio con la eternidad.
Tocqueville observó en la democracia norteamericana una tensión entre la ambición individual y los mecanismos que la contienen. Mutatis mutandis, las selecciones nacionales operan bajo lógica similar: estrellas de clubes poderosos deben fundirse en estructuras más frágiles, con menos tiempo de entrenamiento, con jerarquías incómodas. La generación belga de 2014-2022 fue calificada como la mejor de su historia; la senegalesa, como la primera capaz de romper el techo africano en un Mundial. Ninguna ha logrado lo que prometía su talento crudo. La pregunta no es si merecían más, sino si comprendieron que el mérito deportivo, como el político, exige instituciones que perdurén más allá de los nombres propios.
El gobierno colombiano actual —y aquí la analogía no es forzada— ha cometido el error de personalizar lo que debería ser institucional. En el fútbol ocurre lo contrario: se institucionalizan expectativas sobre hombres de carne y hueso. El resultado es idéntico: decepción cuando la estructura no sostiene al individuo, o cuando el individuo no alcanza para compensar la estructura. Bélgica, con su modelo de formación descentralizado pero coordinado, produjo una cosecha sin precedentes; Senegal, con su diáspora europea y su inversión en academias locales, construyó algo que parecía sostenible. Ambos proyectos chocan ahora contra el límite más democrático del deporte: un solo equipo avanza.
No hay aquí lección moral fácil. Reconozcamos lo que merece reconocimiento: estos jugadores elevaron el nivel de sus selecciones sin precedentes. Pero reconozcamos también lo que la oposición deportiva —los cronistas que celebran sin discriminar— suele omitir: que el talento generacional es préstamo, no patrimonio. Cuando Lukaku o Mané se retiren, las estructuras que los produjeron seguirán, pero la ventana específica se habrá cerrado. La política deportiva, como la política propiamente dicha, debería planificar para después de los nombres grandes.
El partido de este miércoles decidirá un pase, no un destino. Pero para quienes observamos desde la tribuna de los que creen en las instituciones, hay algo melancólicamente instructivo en ver cómo el tiempo ejecuta sentencias que ni los mejores pies pueden apelar. La generación dorada que no se corona deja un legado ambiguo: no exactamente fracaso, tampoco plenitud. Una pregunta sin respuesta definitiva, que quizás sea la forma más honesta de entender tanto el fútbol como la política.