¿Qué pesa más en un debut mundialista, el resultado o la sensación de juego? Colombia derrotó 3-1 a Uzbekistán en el Estadio Ciudad de México y sumó tres puntos que la ubican, transitoriamente, al frente del grupo K. Sin embargo, los noventa minutos dejaron una impresición difícil de ignorar: esta selección tiene individualidades que resuelven partidos, pero aún no exhibe la solidez colectiva que exige una Copa del Mundo.
El primer tiempo fue, en rigor, un ejercicio de nerviosismo. Uzbekistán, con un esquema de tres centrales y extremos convertidos en laterales propuesto por Fabio Cannavaro, no se encerró. Por el contrario, aprovechó la imprecisión colombiana para dominar el balón en tramos del encuentro. La banda izquierda, custodiada por Johan Mojica, fue territorio vulnerable ante los embates de Behruzjon Karimov. Que la Tricolor llegara al descanso con ventaja se debió más a un destello de Luis Díaz —su pase filtrado para Daniel Muñoz al minuto 40— que a un dominio estructurado del juego.
James Rodríguez, figura emblemática de la generación anterior, lució lento y estático durante la primera mitad. Es un dato que no puede leerse como mera crónica deportiva, sino como síntoma de una transición que el cuerpo técnico aún no resuelve. Cuando un jugador de su jerarquía necesita ser reemplazado por un debutante mundialista como Jáminton Campaz para que el equipo encuentre dinamismo, la pregunta obligada es si el esquema táctico de Néstor Lorenzo está ajustado a las capacidades reales de su plantel, o si insiste en formatos heredados de tiempos más acreditados.
El empate uzbeko al inicio del segundo tiempo, obra de Abbosbek Fayzullaev tras un rebote que Camilo Vargas no controló, expuso otra debilidad recurrente: la distracción defensiva en momentos de aparente control. No es la primera vez que la zaga cafetera paga caro la complacencia. Hannah Arendt escribió sobre la banalidad del mal como ausencia de pensamiento; en términos futbolísticos, quizá corresponda hablar de la banalidad del error como ausencia de concentración. Un equipo que aspira a trascender en instancas eliminatorias no puede permitirse goles que nacen de la desatención colectiva.
La respuesta llegó, nuevamente, desde la individualidad. Gustavo Puerta recuperó un balón en zona de transición, habilitó a Díaz, y el del Bayern Múnich definió con la precisión que lo distingue. Es el 2-1, el desahogo, la vuelta a la ventaja. Pero también es la confirmación de un patrón: cuando Colombia funciona, funciona porque sus figuras europeas resuelven situaciones que el conjunto no genera con fluidez. Jefferson Lerma y Puerta en el mediocampo, Jhon Arias conectando líneas, Díaz definiendo: son piezas valiosas, pero piezas que parecen moverse en compartimentos estancos.
El cierre, con el cabezazo de Campaz tras centro de Juan Camilo Hernández, selló un resultado decoroso. El joven delantero, que ingresó por James, aportó exactamente lo que el partido reclamaba: movilidad, presencia en área, osadía. Su gol no solo significó el 3-1 definitivo; representó una interrogante sobre las jerarquías establecidas. En un mundial, el mérito debe medirse en el presente, no en el pasado.
Restan, por supuesto, elementos atenuantes. El debut mundialista genera presiones específicas que distorsionan el rendimiento. El Estadio Ciudad de México, con más de 80.000 espectadores y la presencia de figuras como Youri Djorkaeff en tribunas, impone una escenografía que no es neutra. Que Maluma y el presidente de la Federación compartan espacio dice algo sobre la dimensión social del evento, pero nada sobre las condiciones técnicas del encuentro.
El próximo rival será la República Democrática del Congo, en Guadalajara, tras el empate que ese equipo logró ante Portugal. Será un examen de mayor exigencia, contra un adversario que ya demostró capacidad de competir con potencias europeas. Si Colombia repite la imprecisión del primer tiempo, si James continúa como sombra de sí mismo, si la defensa vuelve a dormirse en momentos clave, los tres puntos de este martes servirán de poco.
La historia del fútbol colombiano registra debutes triunfales que no anticiparon nada bueno, y derrotas iniciales que precedieron a campañas memorables. El resultado, en sí mismo, no determina el destino. Lo que importa es si este equipo encuentra, entre el martes y el domingo venidero, una identidad colectiva que trascienda la suma de talentos individuales. Porque en el fútbol, como en la res publica, la suma de partes no garantiza el todo.
La victoria es bienvenida. La duda, necesaria.