¿Qué distingue a las selecciones que trascienden el azar de las que permanecen en la medianía del recuerdo? Colombia se presenta esta noche ante Suiza con la pregunta suspendida en el aire del estadio. No se trata solo de ganar un partido de octavos de final; se trata de resolver si esta generación está dispuesta a pagar el precio que exige la memoria colectiva de un país que, en materia futbolística, ha sabido más del desconsuelo que de la euforia duradera.
La paradoja del momento es cruel. Mientras Colombia disputa su pase con la parsimonia de quien teme el error, Argentina acaba de consumar contra Egipto una remontada que ya habita el panteón de sus gestas. De dos a cero abajo, con el reloj en contra y la lógica del torneo dictando su sentencia, Messi y los suyos encontraron recursos que no aparecen en las planillas técnicas: la arrogancia virtuosa de quienes no aceptan la derrota como horizonte posible. El resultado, 3-2, es casi un epílogo; lo decisivo fue la demostración de que ciertas selecciones operan en una dimensión donde el resultado sigue al carácter, y no al revés.
Tocqueville, en su estudio de las democracias, advertía sobre el riesgo de la mediocridad comodina: la tendencia a conformarse con lo suficiente cuando lo extraordinario exige incomodidad. El fútbol nacional ha persistido demasiado tiempo en esa zona intermedia. Equipos competentes, jugadores de talento individual, campañas que avanzan hasta el límite de lo previsible y allí se detienen. La travesía de Colombia en este Mundial no ha sido distinta: funcionamiento colectivo sólido, ausencia de catástrofes, pero también una prudencia que bordea la inhibición cuando el escenario reclama audacia.
La comparación con Argentina no es justa, pero tampoco es evitable. No se trata de equiparar historias —la albiceleste acumula tres títulos mundiales y una genealogía de héroes que se remonta a mediados del siglo pasado— sino de observar lo que Hannah Arendt denominaba la “banalidad” en sentido inverso: la capacidad de lo extraordinario para volverse hábito. Argentina no remontó por primera vez; remontó porque remontar es, para esa selección, una forma de ser. La pregunta para Colombia es si está construyendo, partido a partido, una identidad semejante, o si se conforma con ser el equipo que “casi” logró algo memorable.
La Suiza de esta noche no es adversario menor. Organización táctica, disciplina germánica, ausencia de estrellas que distraigan de la tarea colectiva. Precisamente por eso constituye una prueba adecuada. No se trata de superar al gigante histórico ni de vencer al favorito del torneo; se trata de demostrar que Colombia puede imponerse a un rival de su estatura cuando la eliminación directa concentra toda la tensión en noventa minutos. El empate sin goles al descanso, según el reporte de la BBC, sugiere que la selección cafetera está disputando el partido, pero no dominándolo. La timidez que observan los cronistas es la misma que ha acompañado a esta generación en sus momentos decisivos.
El antídoto contra la resignación, nos enseñaba Popper, es la crítica permanente: la negativa a aceptar que las cosas no pueden ser de otro modo. En el terreno futbolístico, esa crítica se traduce en la exigencia de que los jugadores —y quienes los observamos— no naturalicen el empate ni celebren la mera participación. Colombia tiene, esta noche, la posibilidad tangible de avanzar a cuartos de final, donde aguarda precisamente la Argentina de la remontada épica. El destino, con su ironía característica, ofrece una oportunidad que también es un espejo.
Si el equipo de Néstor Lorenzo supera esta instancia, no habrá resuelto la pregunta de fondo. Pero habrá ganado el derecho de formularla en condiciones distintas. Y quizás, en el enfrentamiento con una selección que ya sabe lo que es escribir páginas inolvidables, encuentre la versión de sí misma que hasta ahora solo ha aparecido en destellos inconexos. El fútbol, como la política, raramente premia la moderación cuando la historia llama.