¿Qué preferimos los colombianos: ganar bien o ganar de cualquier manera? La pregunta, que parece de bar, adquiere densidad cuando una selección clasifica primera de grupo en un Mundial con una actuación que el propio cuerpo técnico calificaría, con honestidad, como funcional.
El 1-0 ante República Democrática del Congo en Guadalajara cumplió el objetivo institucional: dieciseisavos asegurados, liderato consolidado, cero goles en contra en lo que va del certamen. Néstor Lorenzo, técnico de perfil conservador que conoce el oficio, diseñó un partido cerrado donde la eficacia residual —ese gol que llega sin dominio aplastante— se impuso al despliegue. Es el fútbol de la res publica del resultado: lo que importa es el bien común de la clasificación, no la belleza del procedimiento.
Pero aquí entra la tensión que merece examinarse. Colombia no es una potencia futbolística que pueda permitirse despilfarros, pero tampoco es una selección menor que deba conformarse con lo mínimo. Lorenzo heredó una generación con talento individual reconocido —Díaz, James en su ocaso productivo, una defensa europeizada— y optó por el pragmatismo sistémico. La decisión es defendible; lo que debe interrogarse es si esa elección responde a una lectura realista de las limitaciones o a una visión estrecha de las posibilidades.
Hay un antecedente que incomoda. En 2014, bajo Pékerman, Colombia jugó con mayor libertad ofensiva y alcanzó cuartos de final, la mejor actuación histórica. En 2022, con Reinaldo Rueda, el enfoque defensivo produjo una eliminación temprana y un fútbol que el público no perdonó. Los entrenadores no son intercambiables ni las circunstancias idénticas, pero el patrón persiste: cuando Colombia se encierra, el país se inquieta. El deporte nacional, en su versión más popular, no admite la austeridad sin discusión.
Tocqueville observó en la democracia estadounidense una tensión entre el gusto por la utilidad inmediata y la aspiración a algo mayor. El fútbol colombiano vive esa misma paradoja. Queremos ganar, claro, pero también queremos sentir que ganamos con alguna grandeza, con alguna proyección hacia lo que sigue. Un equipo que avanza raspando puede encontrar en octavos a una selección que sí construyó confianza con goles y dominio, y entonces el ahorro de energía se revela como falsa economía.
La historia reciente del Mundial ofrece lecciones ambivalentes. Grecia 2004 ganó la Eurocopa con fútbol defensivo; Italia 2006 levantó la Copa del Mundo con un equipo que supo administrar ventajas mínimas. Pero también hay casos de selecciones que pagaron caro un estilo retraído cuando el torneo exigió crecer: Uruguay 2022, por ejemplo, quedó eliminado por un rival que sí arriesgó en el momento decisivo. No hay fórmula única, pero sí hay correlación entre la capacidad de imponer condiciones y la probabilidad de éxito en fases eliminatorias.
Lo que distingue a las selecciones que trascienden no es solo el talento sino la coherencia entre lo que pueden hacer y lo que se proponen. Lorenzo ha logrado estabilidad defensiva; le falta demostrar que puede articular un ataque colectivo cuando el rival no se presta al contragolpe. El Congo, valiente pero limitado, no fue prueba suficiente. Los dieciseisavos serán el examen real.
El gobierno del resultado, en política como en deportes, produce satisfacciones cortas e incertidumbres largas. Colombia clasificó, y eso no es menor en un Mundial donde ya han caído potencias. Pero la pregunta que deja el partido de Guadalajara no se resuelve con la tabla de posiciones: ¿estamos construyendo algo que puede durar, o simplemente administrando el presente hasta que se agote?