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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 19 jun 2026

¿Qué le falta a Colombia para asegurar los dieciseisavos del Mundial?

La Tricolor lidera el Grupo K tras vencer a Uzbekistán, pero la clasificación matemática aún no está sellada.

¿Qué le falta a Colombia para asegurar los dieciseisavos del Mundial? — Deportes, ilustración editorial

¿Un triunfo inaugura una certeza o solo aplaza la duda? Colombia derrotó 3-1 a Uzbekistán en su debut en el Mundial de Norteamérica 2026, y la euforia razonable —goles de Daniel Muñoz, Luis Díaz y Jaminton Campaz, todos debutantes mundialistas— ha generado la impresión de que la clasificación a los dieciseisavos de final es un trámite. La aritmética del Grupo K, sin embargo, impone una cautela que el optimismo de las gradas no debería confundir con resignación.

El formato de esta Copa del Mundo, expandido a 48 selecciones, altera las lógicas tradicionales de supervivencia. Avanzan los dos primeros de cada grupo y los ocho mejores terceros. Colombia, con tres puntos, lidera en soledad; Congo y Portugal, sus rivales restantes, apenas suman uno tras empatar entre sí. La consecuencia inmediata es que un empate en cualquiera de los dos partidos pendientes —el 23 ante Congo y el 27 ante Portugal— acerca inexorablemente a la Tricolor a la siguiente ronda. Una victoria en cualquiera de ambos sellaría el pase. Incluso con dos derrotas, los tres puntos actuales podrían bastar para figurar entre los terceros clasificados, dependiendo del diferencial de gol.

Esta aparente abundancia de caminos, sin embargo, encierra una trampa epistemológica que los colombianos conocemos demasiado bien. En 2014, bajo la dirección de José Pékerman, el equipo cosechó seis puntos en el grupo y llegó a cuartos con la serenidad de quien construye sobre cimientos sólidos. En 2018, un empate con Japón en el debut —y la expulsión temprana de Carlos Sánchez— condicionó una eliminación en octavos que parecía evitable. La diferencia no fue solo táctica; fue la capacidad de gestionar la expectativa. Tocqueville, en su estudio de las democracias, advertía que la confianza excesiva en la propia fortuna suele preceder a las caídas más abruptas. Los equipos de fútbol, mutatis mutandis, obedecen a la misma lógica.

Néstor Lorenzo llegó a esta cita con el prestigio de quien ha consolidado una identidad de juego sin ceder al espectáculo vacío. La selección que venció a Uzbekistán no dominó por individualidades desbordantes —aunque Díaz fue incisivo— sino por una organización que permitió que debutantes como Campaz se sintieran competentes desde el primer minuto. Esa es, precisamente, la variable que el análisis puramente aritmético suele omitir: la confianza colectiva, una res pública emocional que se construye con resultados pero se corroe con la complacencia.

Portugal, próximo rival, posee una generación que conoce la urgencia de las competencias eliminatorias. Congo, aunque menos mediático, tiene la ventaja de la imprevisibilidad que otorga el desconocimiento. Suponer que cualquier combinación de resultados bastará es olvidar que el fútbol mundial está poblado de epílogos amargos escritos por equipos que creyeron tener el pase asegurado antes del pitido final. Hannah Arendt, refiriéndose a los totalitarismos, describía cómo la certeza ideológica anulaba la percepción de la realidad. No estamos, evidentemente, ante tal escenario; pero la metáfora sirve: la certeza deportiva puede cegar tanto como la política.

La tarea de Colombia, entonces, no es matemática sión existencial. Se trata de confirmar que el triunfo inaugural no fue una anomalía sino el inicio de una coherencia. Los colombianos debemos esperar que la dirección técnica mantenga la exigencia sin ceder a la rotación preventiva ni a la especulación resultadista. La historia reciente del fútbol nacional —esa que incluye las clasificaciones heroicas y las eliminaciones prematuras— sugiere que el verdadero obstáculo no está en el fixture sino en la capacidad de tomar cada partido como una instancia irreductible.

El Mundial de 2026, con su formato dilatado, premia la regularidad pero también castiga la distracción. Colombia tiene, hoy, las de ganar en el papel. Que las tenga también en el campo dependerá de si sabe leer su propia victoria no como destino cumplido, sino como pregunta aún abierta.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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