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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 18 jun 2026

¿Qué nos dice la paciencia de Colombia ante Uzbekistán sobre el torneo?

La Selección ganó 3-1 en su debut mundialista. La reacción de los jugadores revela algo más que alivio: una lección sobre contención y tiempo.

¿Qué nos dice la paciencia de Colombia ante Uzbekistán sobre el torneo? — Deportes, ilustración editorial

¿Es la paciencia una virtud táctica o una resignación forzada por la imperfección del juego? Colombia estrenó su participación en el Mundial de Norteamérica con una victoria de 3-1 sobre Uzbekistán en el estadio Ciudad de México, y las palabras de Luis Díaz tras el partido invitan a reflexionar sobre una tensión recurrente en el fútbol de selecciones: la fricción entre la urgencia de imponerse y la sabiduría de esperar.

El delantero, autor del segundo gol, reconoció lo que muchos observadores notaron en la primera mitad. Hasta el minuto 40, cuando Daniel Muñoz abrió el marcador, el equipo asiático dirigido por Fabio Cannavaro ejerció una presión que desnudó las limitaciones del debut. “Teníamos que tener un poco más de paciencia”, dijo Díaz, según el reporte de Infobae Colombia. La frase merece detenerse. No habla de dominio pleno ni de superioridad técnica indiscutida, sino de una virtud cardenal que Tocqueville, en otro contexto, asociaba con la madurez de las instituciones democráticas: la capacidad de sostener el propósito a pesar del ruido circundante.

El fútbol, claro está, no es la res publica. Pero las selecciones nacionales funcionan, mutatis mutandis, como espejos de ciertas disposiciones colectivas. El equipo cafetero llegó a este torneo con una generación interesante, no exenta de contradicciones. Luis Díaz, Gustavo Puerta, los relevos que “estuvieron increíbles” según el propio delantero: todos operan bajo una presión que trasciende lo deportivo. En Colombia, el fútbol ha sido durante décadas un espacio de compensación simbólica, de victorias que remplazan —temporalmente— las frustraciones de otras arenas de la vida nacional.

Lo notable del análisis postpartido es la ausencia de triunfalismo. Díaz no oculta la dificultad: “era un rival muy duro, muy complicado”. Reconoce que el “estado anímico” puede jugar en contra, que el deseo de hacer las cosas “muy bien” desde el primer minuto puede traducirse en rigidez, no en eficacia. Esta autocrítica, rara en el discurso deportivo contemporáneo, sugiere una maduración que no deberíamos subestimar. Arendt, en su análisis del totalitarismo, destacaba cómo las sociedades que no pueden sostener la tensión entre lo que esperan y lo que obtienen suelen buscar culpables externos. El deporte, en su versión más banal, reproduce a veces esa lógica: el árbitro, el rival, la conspiración. Díaz optó por otro camino: la atribución interna, la corrección gradual.

El liderato del grupo K, aprovechando el empate entre Portugal y República Democrática del Congo, es un dato provisional que no resuelve nada. Los mundiales se construyen en la acumulación de partidos, no en el estallido inaugural. La historia del fútbol colombiano ofrece advertencias sobradas: victorias resonantes en fase de grupos que no encontraron continuidad, eliminaciones prematuras que dejaron la sensación de un potencial malogrado. La pregunta que permanece es si esta paciencia declarada se traducirá en consistencia táctica, o si fue simplemente la retórica apropiada para una noche de alivio.

El mérito del cuerpo técnico, en este escenario, reside en haber gestionado una segunda mitad donde el equipo “mejoró” y concretó el tercer gol que selló el resultado. Pero los colombianos debemos resistir la tentación de convertir cada victoria en profecía. El análisis frío —ese que documenta sin panfleto— señala que Uzbekistán no es Portugal, que Cannavaro no es el técnico que enfrentará el equipo en octavos de final si llega allí, y que el estadio Ciudad de México, con su altura y su historia, fue testigo de un debut suficiente, no brillante.

Queda, al final, una línea para pensar. Si la paciencia es en el fútbol lo que la prudencia es en la política —una virtud que se ejerce sin garantías de éxito—, entonces Colombia acaba de dar un paso menor en un camino que exigirá mucho más que contención emocional. Exigirá, sobre todo, que el reconocimiento de las propias limitaciones no se confunda con resignación, y que la espera táctica no anule la capacidad de definir cuando el momento llegue. El martes que viene, jueves o domingo, habrá otra crónica. Entre tanto, vale la observación de Díaz: a veces, querer hacer las cosas muy bien es la primera forma de no hacerlas.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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