¿Qué queda del fútbol cuando el campeón del mundo sufre para vencer a una nación de medio millón de habitantes que nunca antes había pisado una ronda eliminatoria de un Mundial? La pregunta no busca la ironía fácil ni el guante de seda para herir: busca entender qué nos dice el partido de Miami sobre el estado de un deporte que, en su versión globalizada, oscila entre la mercantilización extrema y la posibilidad remota pero persistente de la epopeya colectiva.
Argentina derrotó a Cabo Verde 3-2 en la prórroga, en un Hard Rock Stadium donde el calor vespertino pareció derretir la distancia jerárquica entre ambas selecciones. Lionel Messi anotó su séptimo gol del torneo, el vigésimo en Mundiales, y aun así su equipo estuvo a dos minutos de consumar una eliminación que habría sido, mutatis mutandis, comparable a las derrotas que aún duecen en la memoria del continente: Estados Unidos en 1950, Corea del Norte en 1966, Senegal en 2002. La historia del fútbol está poblada de estas fisuras en el orden establecido, y ayer Cabo Verde estuvo a un parpadeo de inscribirse en ese registro con letras mayúsculas.
El partido, sin embargo, no fue un accidente meteorológico ni una conjunción astral favorable al débil. Fue el resultado de una selección africana que llegó a Miami tras empatar con España y Uruguay, otras dos campeonas del mundo, y que mostró en cada fase del torneo una coherencia táctica que muchas naciones con presupuestos multiplicados por cien no logran alcanzar. Sidny Lopes Cabral anotó un gol de parábola a la escuadra en la prórroga que habría sido, en otra vida, el de la consagración definitiva. Vozinha, el arquero caboverdiano, detuvo a Messi en dos ocasiones claras cuando el partido aún pedía un verdugo. La defensa africana resistió el asedio con una disciplina que el propio Scaloni debió reconocer, aunque lo hiciera entre dientes.
Aquí aparece la tensión que merece pensarse con alguna lentitud. El fútbol contemporáneo ha construido una estructura de privilegios casi feudales: las grandes ligas europeas concentran recursos, talento y visibilidad; las selecciones tradicionales acumulan historia, infraestructura y una reserva psicológica que les permite resistir malos momentos que para otros serían fatales. Argentina no perdía una eliminatoria desde 2019, y esa cifra no es casual: es el efecto acumulado de una cultura futbolística que sabe, en el fondo de sus huesos, cómo ganar incluso cuando no juega bien.
Pero Cabo Verde desafiaba otra lógica, quizás más antigua que la del capital deportivo globalizado. La lógica del torneo, donde once contra once durante noventa minutos —o ciento veinte— pueden producir resultados que la estadística rechazaría como improbables. Hannah Arendt, en otro contexto, escribió sobre la naturaleza impredecible de la acción humana, sobre cómo cada acto inaugura algo nuevo en el mundo que ninguna cadena de causas predeterminadas puede agotar. El fútbol, en su mejor versión, es una rarefacción de esa acción: veintidós cuerpos en un espacio delimitado que generan acontecimientos que ningún algoritmo anticipa con certeza.
Messi, claro está, sigue siendo Messi. El pase largo de Lisandro Martínez, el control orientado, la definición con la frialdad de quien ha ejecutado ese gesto diez mil veces en la soledad de un entrenamiento: el genio no desaparece, solo que ayer el genio no alcanzó. Y esa insuficiencia relativa es lo que convierte al partido en algo más que una anécdota deportiva. Es lo que permite preguntarse, sin retórica barata, si el fútbol que nos espera —el de 48 selecciones, el de tres países anfitriones, el de los derechos televisuarios multiplicados hasta el vértigo— conservará espacio para estas intrusas que llegan sin pedigree y se marchan, como se marchó Cabo Verde, “con honores”, en la fórmula periodística que apenas disimula la condescendencia.
La respuesta no es optimista ni pesimista: es simplemente incierta. La FIFA ha vendido este Mundial como una fiesta de la globalización, y en cierto sentido lo es: una nación insular de habla portuguesa, independiente desde 1975, compitiendo de igual a igual con la campeona del mundo en un estadio de Miami. Pero la misma globalización que abre puertas también instala mecanismos de extracción que debilitan las estructuras locales, que convierten a los mejores jugadores africanos en mercancía temprana para los clubes europeos, que dificultan la construcción de procesos sostenibles más allá de la excepción individual.
Argentina, en todo caso, avanza. Se medirá con Egipto en octavos, y el camino hacia la defensa del título sigue abierto. Pero los colombianos que observamos el partido con la atención que merece un Mundial —esa atención que mezcla el aficionado genuino con el ciudadano que busca en el deporte una pausa, quizás una esperanza, a veces una metáfora— deberíamos guardar la lección de Cabo Verde con más cuidado que el resultado de Argentina. No porque el resultado no importe, sino porque importa de otro modo: como recordatorio de que el fútbol, a pesar de todo, a pesar de nosotros, puede todavía sorprender.
Y esa capacidad de sorpresa, en un mundo que tiende a la previsión total, no es poca cosa.