¿Cuánto pesa una guerra de hace cuarenta años en un partido de fútbol? La pregunta, formulada con aparente ingenuidad, encierra una tensión que los colombianos conocemos bien: la dificultad de separar lo político de lo simbólico cuando dos naciones se miden en un escenario que, por definición, es competencia ritualizada y, al mismo tiempo, vía de proyección colectiva. Este miércoles en Atlanta, Argentina e Inglaterra disputarán una semifinal del Mundial 2026 que, más allá de tácticas y alineaciones, reactiva un vínculo histórico cargado de memoria.
El conflicto de las Malvinas en 1982 dejó una herida que el fútbol no cicatrizó pero tampoco permitió infectar del todo. Cuatro años después, en México, Diego Maradona convirtió los dos goles más recordados de la historia de los mundiales: el primero, mano de Dios según su propia confesión teológica improvisada; el segundo, una corrida que todavía sirve de prueba empírica contra quienes niegan la existencia del genio. Aquel partido no fue una revancha bélica, como erróneamente se suele decir, sino algo más complejo: una oportunidad de traducir una derrota militar en triunfo deportivo, de resignificar una humillación estatal mediante una gesta individual. El deporte, en su dimensión política legítima, funciona como espacio de reparación simbólica; el problema comienza cuando esa reparación se confunde con revancha verdadera.
La Argentina de Lionel Scaloni llega como vigente campeona, con una generación que logró lo que muchas anteriores no: estabilizar el talento en forma colectiva. No es la selección caótica y mesmerizante de los noventa, ni la dependiente de un único genio de los dos mil. Es, en cambio, un equipo que entiende la virtud cardenal de la institución bien ordenada: cada pieza cumple función definida, la jerarquía no genera resentimiento, el entrenador manda sin necesidad de gritar. En esto, Scaloni ha construido algo que Tocqueville habría reconocido: una res publica en miniatura, donde el interés general prevalece sobre la ambición desmedida del individuo. Que esto ocurra en el fútbol argentino, tradicionalmente propenso al culto del mesías y a la fractura interna, es noticia en sí misma.
Inglaterra, por su parte, atraviesa una espera de seis décadas desde su único título mundial, aquel de 1966 en casa, con el gol fantasma de Hurst y la injusticia que toda nación dominante eventualmente sufre y olvida con rapidez. La selección de Gareth Southgate —o de quien lo haya sucedido para esta competencia— representa una tradición futbolística que ha oscilado entre el desdén por lo técnico y la resignación ante lo inevitable. Los ingleses inventaron el deporte, organizaron las reglas, exportaron la profesionalización; y sin embargo, la gloria máxima les ha resultado esquiva con una regularidad que ya trasciende la estadística para entrar en el terreno de la antropología. ¿Es el peso de la expectativa colectiva? ¿La incapacidad de conjugar individualismo y sacrificio? ¿O simplemente la ley de los grandes números aplicada a una muestra que, vista en perspectiva, no es tan grande como parece?
España aguarda al ganador, y eso añade una variable geopolítica menor pero real. La final, de producirse entre Argentina y España, reeditaría la tradición rioplatense-madrileña de encuentros cargados de afectos ambivalentes: hermanamiento lingüístico, competencia histórica, rivalidad de estilos. Si el rival es Inglaterra, la historia reciente de la UEFA y el Brexit ofrecerían un marco narrativo distinto, menos caliente pero no menos significativo para quienes observan el fútbol como termómetro de relaciones internacionales.
Los colombianos debemos observar este partido con atención que no sea simple espectadoría. Nuestra propia relación con Argentina es de deudas futbolísticas múltiples: el país que nos dio a Pekerman, que nos eliminó en penales, que comparte con nosotros una tradición de barrio y de potrero que el fútbol europeo industrializado ha ido perdiendo. Con Inglaterra, en cambio, la conexión es más reciente y más institucional: la Premier League como modelo aspiracional, el intercambio de jugadores, la admiración por una organización que funciona. El triunfo de cualquiera de los dos tendrá consecuencias en el mercado, en los rankings, en las narrativas que los medios replicaremos durante años.
Pero volvamos a la pregunta inicial. El riesgo de estos partidos —el riesgo que Argentina e Inglaterra encarnan con particular intensidad— es la confusión entre memoria histórica y compulsión repetitiva. Recordar Malvinas es legítimo y necesario; transformar cada encuentro deportivo en su reencarnación es empobrecer tanto la política como el deporte. Hannah Arendt, en su análisis del totalitarismo, advirtió contra la lógica del proceso irreversible: aquella que niega la posibilidad de nuevo comienzo. El fútbol, por fortuna, ofrece precisamente eso: cada noventa minutos, una especie de natalidad en miniatura, la chance de que lo inesperado altere lo predeterminado.
El miércoles en Atlanta no se juega una guerra. Se juega una semifinal. Que los jugadores, y quienes los observamos, sepamos mantener esa distinción será la verdadera medida de nuestra madurez colectiva.