¿Puede un país perder su alma cuando pierde un partido de fútbol, o la encuentra cuando gana uno que nadie esperaba que ganara?
La pregunta no es retórica. El domingo, en los octavos de final de la Copa del Mundo 2026, Noruega derrotó 2-0 a Brasil con dos goles de Erling Haaland, mientras Inglaterra resistía con diez hombres para vencer 3-2 a México en el Estadio Azteca. Dos partidos, dos historias, una misma tensión: el destino de las naciones que se juega en noventa minutos no es metáfora barata. Es, en cierto modo, la forma como millones de personas experimentan colectivamente el azar, el mérito y la caída.
La victoria noruega sobre Brasil merece detenerse. No se trata solo de un “golpe del torneo”, como lo han denominado los cronistas. Se trata de una inversión simbólica de proporciones históricas. Brasil, como escribiera alguna vez el uruguayo Eduardo Galeano —y aquí cito con el debido respeto a quien no compartía mi tradición política—, es el país donde “el fútbol se practica con la misma pasión con que se practica el amor”. Perder ante Noruega, un equipo sin tradición mundialista comparable, duele más allá de lo deportivo. Duele porque desordena una narrativa centenaria. Los noruegos, por su parte, no solo ganaron un partido. Compraron, con el sudor de Haaland, un lugar en la memoria colectiva de su país que durará generaciones. Tocqueville observó que las democracías necesitan grandes acontecimientos para cohesionarse; las naciones pequeñas, en particular, necesitan gestas. Noruega tuvo la suya.
El caso inglés es distinto, quizás más instructivo para nosotros los colombianos. Vencer a México en el Azteca con un hombre menos desde el minuto cincuenta y cuatro no es solo resistencia táctica. Es una demostración de institucionalidad deportiva, de sistema que funciona aun cuando las condiciones empeoran. Bellingham marcó dos goles antes de la expulsión; Kane convirtió el penal que sentenció la ventaja numérica momentánea; la defensa resistió el asedio final. La res publica del fútbol inglés, construida desde la Premier League hasta las academias locales, soportó la presión. No fue improvisación heroica. Fuego disciplinado, como diría el manuals de guerra que tanto le gustaban a los estrategas isabelinos.
Aquí cabe una reflexión que trasciende el deporte. El populismo futbolístico —esa retórica que promete títulos sin infraestructura, que confunde la pasión con el método— encuentra en estos resultados su refutación silenciosa. México, anfitrión del torneo, con su estadio mítico y su afición fervorosa, no pudo contra un equipo que supo administrar la desventaja. La pasión sin institución es ruido; la institución sin pasión es máquina vacía. Inglaterra combinó ambas cosas, mutatis mutandis, adaptando el modelo a las circunstancias.
Haaland y Bellingham son, en el fondo, síntomas de algo mayor. Son producto de sistemas que invirtieron en juveniles, en ciencia del deporte, en reglas claras del juego. No surgieron de genios improvisados ni de la benevolencia de algún dirigente iluminado. Hannah Arendt, en otro contexto, advirtió sobre la banalidad del mal; en el fútbol podríamos hablar de la banalidad del éxito cuando este no se explica, cuando se atribuye a la “garra” o al “amor propio” en lugar de a las decisiones acertadas de ayer.
Los cuartos de final enfrentarán ahora a Noruega e Inglaterra. Uno de los dos estará en semifinales. Para los noruegos, el partido ya es lucro; para los ingleses, obligación. Esa diferencia en la expectativa define, en cierta forma, lo que cada país cree merecer del mundo.
Nosotros los colombianos, que hemos vivido el fútbol como epifanía colectiva y como trauma recurrente, deberíamos mirar esta jornada con atención distante pero honesta. No para imitar modelos ajenos, sino para preguntarnos qué infraestructura de merecimiento estamos construyendo. El balón, después de todo, rueda sobre lo que se sembró ayer.