La segunda vuelta presidencial se define en un espacio incómodo: el voto de castigo. Ni Iván Cepeda ni Abelardo de la Espriella ganaron la primera vuelta con un mandato claro. Ganaron por exclusión. Por eso ambas campañas persiguen ahora los mismos votantes: los que respaldaron a Sergio Fajardo y Claudia López, quienes juntos concentraron aproximadamente el 25 por ciento de la votación.
Según reportó La Silla Vacía, el Pacto Histórico inició la ofensiva mediante Juan Fernando Cristo, exministro y operador político de Cepeda. La estrategia fue directa: invitar a los candidatos eliminados a integrar un “Gran Acuerdo Nacional”. María Fernanda Carrascal, representante del Pacto, incluso propuso encuentros informales —cafés, en la jerga política— con los líderes del centro. Gabriel Becerra, designado como compromisario para debate, celebró públicamente que las conversaciones “van por muy buen camino”.
Pero la versión oficial no resistió veinticuatro horas. Jennifer Pedraza, senadora electa por la coalición de Fajardo, y Andrés Vecino, exasesor de salud del exgobernador, salieron a desmentir. No hay conversaciones en curso. Más importante aún: Pedraza estableció una condición que expone la fragilidad del acercamiento. Dijo que cualquier diálogo debe ser con Cepeda personalmente, no con intermediarios. Y añadió una pregunta incómoda para la campaña de izquierda: ¿está Cepeda dispuesto a “apartarse de las posturas del presidente” o sigue siendo “un notario que no tiene autonomía”?
Esa pregunta resume el dilema del votante de centro. No se trata de ideología. Se trata de independencia institucional.
Mientras tanto, Paloma Valencia intenta un segundo acto. En primera vuelta invitó a Fajardo a un café que terminó en fracaso público: el exgobernador rechazó la alianza en vivo. Ahora Valencia apunta a De la Espriella. El mensaje es idéntico al del Pacto, pero invertido: “Solo si estamos juntos vamos a poder preservar nuestra democracia”. Valencia extendió la invitación a Claudia López, Fajardo y Juan Daniel Oviedo, su exfórmula vicepresidencial.
El resultado fue el mismo. La movida no funcionó. Los líderes del centro no respondieron al llamado.
Lo que emerge de este movimiento es una realidad política incómoda para ambas campañas: el votante de centro no busca alianzas. Busca garantías. Y ninguno de los dos candidatos de segunda vuelta las ofrece de manera convincente.
Hay votantes de Fajardo que ya decidieron que Cepeda es el mal menor. Esos cálculos están hechos. Pero hay otros que aún dudan. No porque desconfíen de Cepeda en abstracto, sino porque desconfían de su capacidad de gobernar con independencia frente a un presidente que, según su percepción, ha sido hostil con el centro político. La pregunta de Pedraza no es retórica: es el test de credibilidad que Cepeda debe pasar.
De la Espriella, por su parte, representa una incógnita diferente. Es más radical, menos institucional. Para algunos votantes de centro, eso es inaceptable. Para otros, es preferible a una izquierda que perciben como autoritaria. Pero esa preferencia no se traduce automáticamente en voto. Muchos de esos votantes consideran la abstención o el voto en blanco como opciones legítimas.
Lo que La Silla Vacía documentó es un fracaso táctico de ambas campañas: ni el Pacto ni la derecha uribista lograron traducir sus invitaciones en compromisos. Los líderes del centro impusieron sus propias condiciones. Eso es poder político real, aunque sea negativo.
A veinte días de la segunda vuelta, el centro no se decide por quién votar. Se decide por cuál es el mal menor. Y esa decisión dependerá menos de los cafés y más de si Cepeda logra convencer de que tiene autonomía, y si De la Espriella logra convencer de que no es un salto al vacío institucional.
Por ahora, ambos candidatos están perdiendo esa batalla.