¿Qué diferencia hay entre controlar un partido y controlar su resultado? Bélgica y Senegal nos ofrecieron una respuesta dramática en los dieciseisavos del Mundial 2026, y los colombianos que madrugamos a verla —o la seguimos en el tránsito, en la radio, en la ansiedad de una pantalla pequeña— salimos con una pregunta incómoda: ¿el fútbol premia el mérito acumulado o la capacidad de resistir cuando el mérito ya no alcanza?
Durante ochenta y cinco minutos, Senegal fue el equipo que merecía avanzar. Neutralizó el juego directo belga con un bloque defensivo sólido y un mediocampo ordenado, según el relato minuto a minuto de Caracol Radio. Habib Diarra abrió el marcador al 25 tras un rebote de palo, y Ismaïla Sarr amplió al 51 con una definición de categoría ante Thibaut Courtois. Los Leones de la Teranga habían hecho todo bien. Habían leído el partido, ejecutado el plan, doblegado a una selección europea que parecía envejecida y previsible.
Y ahí reside la primera lección que trasciende la cancha. En política como en deporte, hay quienes confunden el dominio del proceso con la certeza del resultado. Senegal controlaba el ritmo, pero no controlaba el tiempo. Bélgica, por su parte, había apostado mal durante largos tramos: el juego directo hacia Lukaku resultó ineficaz contra una defensa africana física y bien posicionada. Pero los Diablos Rojos conservaron algo que el dominio no garantiza —la capacidad de reacción en el límite—, y eso, en una eliminatoria, equivale a una moneda de cambio que no figura en las estadísticas de posesión.
El desenlace fue de esos que Tocqueville habría reconocido como parábola democrática: no siempre gana el que acumula más ventajas estructurales, sino el que resiste el momento de máxima vulnerabilidad. Al 86, Lukaku descontó. Tres minutos después, Tielemans igualó. El partido se fue a la prórroga con la incredulidad senegalesa como telón de fondo. Y en el 120+5’, el mismo Tielemans convirtió un penal para consumar una remontada que el marcador no explica sin el contexto del tiempo vivido.
Hay algo aquí que merece detenerse sin caer en la retórica deportiva fácil. No se trata de glorificar la “garra” como sustituto del juego colectivo; Bélgica no fue un equipo admirable durante la mayor parte del encuentro. Se trata, más bien, de reconocer que las instituciones —y una selección nacional es, mutatis mutandis, una institución temporal— no se juzgan solo por su funcionamiento ordinario, sino por su comportamiento en la excepción. Cuando el sistema senegalés, tan eficiente durante ochenta minutos, no pudo contener el embate final, quedó expuesta una fragilidad que el dominio había ocultado. Bélgica, por el contrario, mostró que incluso un equipo en declive conserva recursos de los que no siempre se habla: la experiencia de Courtois, la persistencia de Lukaku, la compostura de Tielemans para ejecutar un penal en el último aliento.
El Mundial no otorga premios al merecimiento distribuido en el tiempo. Otorga pasajes a quien sobrevive. Senegal se va con la amargura de quien hizo todo bien excepto lo decisivo; Bélgica avanza con la conciencia turbia de quien fue superado y, sin embargo, no fue derrotado. Para los colombianos que esperan su propio duelo contra Ghana, la lección es ambivalente: el dominio importa, pero no resuelve; la resistencia en el límite es una cualidad que no se entrena en la teoría, solo se revela en la práctica del abismo.
¿Cuántas veces, en la vida pública de nuestro país, hemos visto proyectos bien diseñados derrumbarse en los últimos metros por incapacidad de ejecutar bajo presión? ¿Cuántas veces hemos visto, asimismo, iniciativas defectuosas salvarse por la tenacidad de quienes las sostienen cuando todo parece perdido? Bélgica y Senegal no jugaron solo un partido de fútbol. Jugaron, sin saberlo, una alegoría sobre dos concepciones del éxito: una que lo mide por el proceso dominado, otra que lo mide por la capacidad de no rendirse cuando el proceso ya no sirve.
Los Diablos Rojos avanzan. Los Leones de la Teranga se van. El fútbol, como la política, no siempre elige al mejor. Elige, en su crueldad habitual, al que está de pie cuando suena el silbato final.