La tasa de cambio en Colombia rompió la barrera de los $3.500 por dólar y se ubicó en niveles no vistos desde hace cinco años, justo cuando el crudo Brent supera los US$93 por barril. Esta coincidencia no es un simple alivio coyunturario para los importadores o un titular pasajero de mercado; representa un test de estrés para la política macroeconómica del país. En un contexto regional donde otras monedas latinoamericanas enfrentan presiones depreciatorias por incertidumbre fiscal o alineamientos geopolíticos riesgosos, la fortaleza del peso colombiano señala que los fundamentos siguen anclados, pero también enciende alertas sobre la sostenibilidad de este equilibrio si se malinterpreta como una licencia para gastar.
La paradoja de la revaluación con petróleo alto
Históricamente, un Brent por encima de US$90 ha sido sinónimo de ingresos extraordinarios para la Nación y, en consecuencia, de expansión del gasto público. Sin embargo, la dinámica actual difiere de los superciclos anteriores. Según los registros de mercado, el WTI avanza hacia los US$90,28 y el Brent se consolida en US$93,18, cifras que deberían garantizar un flujo robusto de divisas por exportaciones. No obstante, la revaluación del peso actúa como un estabilizador automático que, si bien contiene la inflación importada y reduce el costo de la deuda externa en moneda local, también comprime los ingresos en pesos de Ecopetrol y de los productores privados.
Esta tensión requiere una lectura cuidadosa. Desde una perspectiva pro-mercado, la apreciación del peso refleja confianza en la independencia del Banco de la República y en la regla fiscal, activos institucionales que nos diferencian de vecinos que han sacrificado su credibilidad por populismo cambiario. Pero desde la óptica de la competitividad, un dólar por debajo de $3.500 con petróleo caro puede generar una falsa sensación de riqueza. Si el Gobierno actual interpreta esta ventana de liquidez como una oportunidad para financiar reformas estructurales costosas sin contrapartidas de ingreso permanente, estaremos sembrando la próxima crisis de balanza de pagos. La disciplina fiscal no es opcional cuando los términos de intercambio son favorables; es precisamente cuando más necesaria resulta para evitar la enfermedad holandesa en su versión fiscal.
Señales regionales y anclas institucionales
Para dimensionar lo que ocurre en Colombia, es indispensable mirar el mapa hemisférico. Mientras Bogotá celebra mínimos cambiarios en cinco años, otras economías de la región andina y del Cono Sur lidian con volatilidad derivada de intervenciones discrecionales en sus bancos centrales o de retórica adversa hacia la inversión privada. La estabilidad del peso colombiano no es un regalo de la naturaleza ni solo un efecto mecánico del petróleo; es el resultado de un marco institucional que, pese a las tensiones políticas recientes, sigue siendo respetado por los tenedores de bonos y los inversionistas directos.
No obstante, la fortaleza externa tiene límites internos. La Americas Society y el Council of the Americas han reiterado en sus evaluaciones recientes que la seguridad jurídica y la previsibilidad regulatoria son tan determinantes para la entrada de capitales como los precios de las materias primas. Si la revaluación actual se acompaña de señales mixtas en política energética o de ataques a la independencia judicial, el mercado podría corregir la valoración del peso con mayor velocidad de la que anticipan los modelos de equilibrio. La relación Bogotá-Washington también juega aquí: un dólar fuerte en Colombia facilita la cooperación financiera y técnica con Estados Unidos, pero nos hace más vulnerables a choques externos si la Reserva Federal ajusta su postura monetaria de manera abrupta.
Gestión de la bonanza y protección de reservas
El cierre del dólar en $3.500 con un Brent superior a US$93 plantea una obligación estratégica: blindar las reservas internacionales y fortalecer el fondo de estabilización de precios de combustibles. En lugar de celebrar la revaluación como un triunfo político, la tecnocracia económica debe usar este momento para acumular colchones. La historia de la región andina demuestra que las bonanzas petroleras mal administradas terminan en ajustes recesivos cuando el ciclo se revierte.
Además, es crucial monitorear el comportamiento de la Inversión Extranjera Directa (IED) no petrolera. Un peso fuerte atrae capitales financieros de corto plazo, pero puede desincentivar la IED en manufactura y agroindustria si los costos laborales en dólares se elevan demasiado rápido. La política de atracción de inversiones debe ser activa y diferenciada, aprovechando la estabilidad cambiaria para cerrar acuerdos comerciales y de inversión con la Unión Europea y el Reino Unido, socios con los que compartimos valores institucionales y que buscan diversificar cadenas de suministro lejos de regímenes autoritarios.
En síntesis, la coyuntura actual es una prueba de madurez institucional. Los números de La República confirman que los mercados confían en Colombia, pero esa confianza es condicional. Mantenerla exige resistir la tentación del gasto procíclico y recordar que, en economía internacional, no hay almuerzo gratis: ni siquiera cuando el petróleo sube y el dólar baja al mismo tiempo.