La cotización del dólar en Colombia descendió a $3.282, un registro que el mercado local no observaba desde hace seis años. Esta apreciación del peso, que en la jornada reportó una baja de $23,38, coincide paradójicamente con un retroceso en los precios internacionales del petróleo, donde el Brent cedió 0,3% hasta ubicarse en US$76,11 por barril y el WTI en US$71,87. Para un analista que ha seguido la correlación histórica entre estas dos variables, la desconexión actual no es una señal de fortaleza estructural de la economía colombiana, sino un síntoma de flujos financieros que podrían ser tan volátiles como su llegada.
La ilusión de la fortaleza cambiaria
Desde una perspectiva pro-mercado, la revaluación del peso suele celebrarse como un indicador de confianza inversora y un mecanismo antiinflacionario para los bienes transables. Sin embargo, cuando esta apreciación ocurre en un contexto de precios del crudo a la baja, se encienden las alertas sobre la sostenibilidad de la cuenta corriente. Colombia sigue siendo una economía dependiente de la renta petrolera y carbonífera para financiar sus importaciones y su déficit fiscal. Si el barril Brent se consolida por debajo de los US$80, la presión sobre la balanza comercial será inevitable en los próximos trimestres.
Lo que estamos presenciando probablemente responde a un diferencial de tasas de interés que aún mantiene al peso como un activo atractivo para el carry trade, sumado a una debilidad coyuntural del dólar a nivel global. Pero confundir este flujo de capitales golondrina con una mejora en los fundamentos productivos es un error costoso. La competitividad de la industria manufacturera y del sector agroexportador no petrolero se erosiona con cada peso que se revalúa artificialmente. En un momento donde la administración actual ha mostrado escepticismo hacia la inversión privada y el libre comercio, perder competitividad cambiaria es un lujo que la región andina no puede permitirse.
El riesgo fiscal como ancla invisible
La verdadera prueba de fuego para esta tasa de cambio no está en los mercados financieros internacionales, sino en la ejecución presupuestal doméstica y en la relación con Washington. La estabilidad del tipo de cambio en niveles de 2020 requiere que el mercado crea en la solvencia del Estado colombiano a mediano plazo. Cualquier señal de deterioro en la regla fiscal, o de tensiones innecesarias en la cooperación bilateral con Estados Unidos, podría revertir esta tendencia con la misma velocidad con la que se instaló.
Es preocupante observar cómo ciertos sectores políticos interpretan esta revaluación como un espacio para aumentar el gasto público o para relajar la disciplina monetaria, bajo la premisa de que “el dólar barato” subsidia la demanda interna. Esta visión ignora que, en una economía abierta y pequeña como la colombiana, el tipo de cambio es un precio relativo que debe reflejar la productividad y no la política. Si el gobierno instrumentaliza esta coyuntura favorable para postergar ajustes estructurales necesarios, estará hipotecando la estabilidad futura.
Implicaciones regionales y atlantistas
Para el eje Bogotá-Washington-Brasilia, este movimiento cambiario tiene lecturas geopolíticas. Un peso fuerte facilita temporalmente el servicio de la deuda externa y reduce el costo de las importaciones de capital, lo cual es positivo para la modernización productiva si se aprovecha bien. No obstante, también puede generar presiones proteccionistas en los gremios afectados, tentados a pedir aranceles o salvaguardas que distorsionen nuestro comercio internacional.
La respuesta institucional debe ser clara: defender la independencia del Banco de la República para que gestione la volatilidad sin objetivos de tipo de cambio fijos, y mantener una política comercial abierta que no sacrifique la integración hemisférica por beneficios cortoplacistas. La revaluación actual es un respiro, no una victoria. En un entorno global donde el precio del crudo muestra fatiga y los riesgos geopolíticos persisten, la prudencia macroeconómica es la única garantía para que estos $3.282 no sean recordados en el futuro como el preludio de una nueva corrección abrupta.
Los datos de La República confirman la tendencia, pero la interpretación exige mirar más allá de la pantalla de trading. La fortaleza del peso debe medirse por su capacidad para sostener el crecimiento sin desequilibrios externos, y en ese frente, la tarea sigue pendiente.