El mercado cambiario colombiano atraviesa una coyuntura que exige distinguir entre la euforia técnica de corto plazo y los fundamentos macroeconómicos de mediano plazo. Si bien el dólar ha mostrado una apreciación notable del peso, tocando mínimos cercanos a los $3.201 en la jornada reciente, esta dinámica no responde exclusivamente a un fortalecimiento estructural de la economía local. Más bien, refleja una combinación de factores externos favorables y una pausa momentánea en la aversión al riesgo doméstico, justo cuando el Gobierno presenta una nueva hoja de ruta fiscal que podría alterar las expectativas de los inversionistas institucionales.
Para nosotros, que seguimos de cerca la relación entre la política monetaria estadounidense y los flujos de capital hacia mercados emergentes, la actual estabilidad es frágil. No se trata de celebrar una tasa de cambio específica, sino de entender qué señales está enviando Bogotá a Wall Street y a los tenedores de deuda soberana en un momento de alta sensibilidad global.
La trampa de la sobreventa técnica
Los analistas de Grupo Cibest identifican el nivel de $3.200 como un soporte crítico, con indicadores como el RSI en zona de sobreventa (26,7 puntos) que sugieren una posible corrección alcista inminente. Desde una perspectiva de mercados, confiar ciegamente en estos soportes técnicos sin leer el contexto fiscal es un error de asignación de riesgo. La tendencia de depreciación del dólar que hemos visto en las últimas semanas ha sido impulsada, en parte, por un diferencial de tasas aún atractivo y por flujos de cartera que buscan rendimiento en activos colombianos.
Sin embargo, la proyección de la misma entidad para el tercer trimestre de 2026 estima un rango entre $3.400 y $3.580. Esta discrepancia entre el precio spot actual y la expectativa a 90 días confirma que el mercado ya está descontando una reversión. La volatilidad no ha desaparecido; simplemente está comprimida. Para las empresas importadoras y los gestores de patrimonio en la región andina, operar bajo la premisa de que los $3.200 son un nuevo piso sería imprudente. La realidad es que la liquidez global sigue siendo cautelosa y cualquier choque exógeno podría romper este soporte con rapidez.
El riesgo fiscal regresa al centro del debate
El verdadero motor de la volatilidad futura no está en los gráficos de velas, sino en el Congreso y en el Ministerio de Hacienda. La presentación de una reforma tributaria que busca recaudar $21,9 billones en 2027, con una meta de $37 billones hacia 2030, reintroduce la incertidumbre sobre la sostenibilidad de las finanzas públicas. Aunque el Gobierno plantea incrementos graduales y ajustes en el IVA a combustibles y bebidas, así como la reducción de beneficios tributarios, la magnitud del recaudo esperado genera preguntas legítimas sobre el impacto en la inversión privada y el crecimiento potencial.
Desde La Bitácora hemos defendido la necesidad de consolidar las cuentas fiscales, pero también hemos advertido que los aumentos de carga impositiva en un entorno de desaceleración pueden ser contraproducentes. Si el mercado percibe que la nueva reforma sacrifica la competitividad empresarial en lugar de racionalizar el gasto estatal, la prima de riesgo de Colombia volverá a expandirse. Esto anularía rápidamente los beneficios de cualquier soporte técnico. La credibilidad institucional no se construye con metas de recaudo ambiciosas, sino con la certeza de que las reglas de juego no cambiarán cada vez que la caja fiscal lo requiera.
La Reserva Federal marca el techo externo
Finalmente, no podemos ignorar el ancla externa. La expectativa de que la Reserva Federal (Fed) mantenga sus tasas de interés sin recortes durante el resto del año limita el espacio para una apreciación sostenida del peso. Los riesgos al alza para la inflación y la resiliencia del mercado laboral estadounidense obligan a la Fed a mantener una postura restrictiva. Esto significa que el costo de oportunidad de invertir en activos en dólares sigue siendo alto.
Para Colombia, esto implica que los flujos de capital que hoy entran buscando rentabilidad pueden salir con la misma velocidad si los datos de inflación en EE.UU. sorprenden al alza o si la narrativa fiscal local se deteriora. La correlación entre la política monetaria de Washington y la tasa de cambio en Bogotá es innegable. Mientras la Fed no inicie un ciclo de relajamiento claro, cualquier fortaleza del peso debe interpretarse como una ventana de oportunidad para coberturas y ajustes de balance, no como una tendencia secular irreversible. La prudencia, hoy más que nunca, es la mejor estrategia de inversión.