El mercado cambiario colombiano atraviesa una calma que podría ser engañosa para el observador poco atento. Aunque el dólar abrió la jornada del 24 de junio de 2026 en torno a los $3.430, manteniéndose dentro de los rangos técnicos esperados y consolidando una apreciación del peso del 9,43% en lo corrido del año, esta estabilidad esconde tensiones estructurales que van más allá de la coyuntura electoral o las decisiones de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed). Como analistas de riesgo político y económico, debemos leer entre líneas: la revaluación actual responde más a un entorno global favorable y a flujos de capital especulativos que a una mejora fundamental en los determinantes de largo plazo de la economía colombiana.
La ilusión monetaria externa
Es innegable que el contexto internacional ha sido un viento de cola para los activos colombianos. La expectativa de que la Fed mantenga sus tasas de interés sin cambios durante el resto del año, ante señales mixtas de inflación y empleo en Estados Unidos, ha reducido la presión sobre las monedas emergentes. A esto se suma una distensión parcial en Medio Oriente, donde las negociaciones en el estrecho de Ormuz han aliviado temporalmente la prima de riesgo geopolítico en los mercados energéticos. Según el análisis de Grupo Cibest citado por Portafolio, estos factores explican por qué el peso colombiano figura entre las divisas con mejor desempeño reciente, con una caída del 15,68% frente al dólar en los últimos doce meses.
Sin embargo, confundir este ciclo financiero externo con fortaleza institucional interna sería un error costoso. La historia económica de la región andina nos enseña que los periodos de revaluación impulsados por liquidez global suelen revertirse con violencia cuando cambian las condiciones externas o cuando los fundamentos locales no acompañan la tendencia. El optimismo postelectoral mencionado por firmas como JP Tactical Trading es comprensible en el corto plazo, pero no sustituye la necesidad de reglas fiscales claras y una política energética consistente que ancle las expectativas más allá del ciclo político.
El riesgo climático como variable macroeconómica
Mientras los ojos del mercado están puestos en Washington y en las negociaciones de paz en Oriente Medio, una amenaza doméstica de primer orden comienza a materializarse. La advertencia del Consejo Gremial Nacional sobre la probabilidad de un fenómeno de El Niño de alta intensidad no debe tratarse como un tema meramente ambiental o agrícola; es, ante todo, un choque macroeconómico potencial. En una economía que aún depende críticamente de la generación hidroeléctrica y cuya infraestructura logística es vulnerable a eventos climáticos extremos, El Niño actúa como un impuesto regresivo sobre la productividad.
Si se confirma un evento de alta intensidad, los efectos se transmitirán rápidamente a la tasa de cambio a través de múltiples canales: mayor importación de energía para cubrir déficits hídricos, presión alcista en la inflación de alimentos que limite el espacio del Banco de la República para ajustar tasas, y deterioro en la balanza comercial por afectaciones en exportaciones agrícolas. Este escenario rompería la “tendencia lateral” que hoy proyectan los analistas técnicos, quienes ubican el soporte en $3.385 y la resistencia en $3.460. La volatilidad dejaría de ser un ruido de fondo para convertirse en el precio de la falta de adaptación climática y de inversión en resiliencia infraestructural.
Institucionalidad versus euforia pasajera
Para Colombia, la verdadera prueba de fuego no es mantener el dólar por debajo de $3.400 en junio de 2026, sino garantizar que esa estabilidad sea sostenible sin depender exclusivamente de la benevolencia de la Fed o de la ausencia de choques externos. La fortaleza reciente del peso es una oportunidad para implementar reformas estructurales con menor costo político y financiero, no un cheque en blanco para relajar la disciplina fiscal.
Los inversionistas internacionales, especialmente aquellos con mandatos de largo plazo y enfoque en criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ESG), están tan atentos a las señales de política monetaria estadounidense como a la capacidad del Estado colombiano para gestionar riesgos endógenos. Si el nuevo gobierno interpreta la revaluación actual como una validación permanente de su gestión en lugar de una ventana temporal, podríamos estar sembrando las condiciones para una corrección futura. La prudencia macroeconómica exige celebrar los buenos datos con escepticismo constructivo, recordando que en los mercados emergentes, y particularmente en la región andina, la única constante es la incertidumbre. Hoy el dólar está quieto; mañana, la realidad interna podría despertarlo.