La Tasa Representativa del Mercado (TRM) se situó en 3.404,28 pesos este 2 de julio, marcando su nivel más bajo desde febrero de 2020. Este hito no es un evento aislado ni producto de la especulación transitoria, sino la consecuencia directa de un cambio estructural en las expectativas macroeconómicas. La divisa acumula una caída del 9,42 % en lo corrido del año y del 15,92 % frente a julio de 2025, según datos de la Superintendencia Financiera. Para un país que ha padecido la volatilidad cambiaria como síntoma de desconfianza institucional, esta estabilidad es una señal positiva, pero también enciende alertas sobre la competitividad no minera.
El ancla de la credibilidad institucional
La revaluación reciente coincide con la decisión del Banco de la República de elevar la tasa de política monetaria en 75 puntos básicos, ubicándola en 12 %. Aunque en la teoría económica convencional un alza de tasas suele asociarse a un enfriamiento de la actividad, en el caso colombiano actual funciona como un mecanismo de defensa de la moneda. El mercado está premiando la autonomía del Emisor y la coherencia técnica tras la victoria presidencial de Abelardo De La Espriella. Desde el 22 de junio, cuando se consolidó el resultado electoral, la prima de riesgo soberano se ha comprimido, permitiendo que los flujos de capital regresen a los activos locales.
A diferencia de otros episodios de apreciación en la región andina, este movimiento no responde a un boom de materias primas descontrolado, sino a una repricing de la institucionalidad. Mientras Venezuela continúa con su hiperinflación crónica y Ecuador enfrenta tensiones fiscales recurrentes, Colombia se reposiciona como el activo refugio de la región. La tasa de usura en 28,79 % y la inflación contenida sugieren que la transmisión de la política monetaria está funcionando, aunque el costo financiero para las empresas siga siendo elevado. La clave ahora es mantener esta credibilidad sin asfixiar la inversión productiva.
Riesgos de la enfermedad holandesa
Sin embargo, la euforia cambiaria debe matizarse con pragmatismo. Un dólar por debajo de 3.400 pesos genera presiones deflacionarias importadas que benefician al consumidor urbano, pero castigan al sector exportador no tradicional. El café, que cotiza a 328,1 dólares la libra con un alza del 1,17 %, recibe menos pesos por cada divisa generada. Si a esto sumamos que la industria manufacturera compite con costos laborales y energéticos rígidos, la revaluación acelerada puede erosionar márgenes y desincentivar la diversificación exportadora.
En términos comparados, Colombia debe evitar repetir los errores de la década pasada, cuando la bonanza petrolera financió un gasto público permanente que luego resultó insostenible al revertirse el ciclo. Hoy, con el oro superando los 4.000 dólares la onza y el petróleo manteniendo precios relativos altos, la tentación de gastar los ingresos extraordinarios es latente. La responsabilidad fiscal es el único antídoto contra la enfermedad holandesa. El Gobierno Nacional debe resistir la presión política para aumentar transferencias o subsidios financiados con ingresos transitorios.
La dimensión hemisférica
Para Washington y Bruselas, la estabilidad cambiaria colombiana es un activo geopolítico. En un momento donde la región andina muestra fracturas democráticas y alineamientos ideológicos erráticos, una Colombia con moneda fuerte y banco central independiente facilita la cooperación técnica y la integración comercial. Un peso estable reduce el riesgo de conversión para la Inversión Extranjera Directa (IED) y mejora la previsibilidad de los tratados de libre comercio vigentes.
No obstante, la fortaleza del peso también expone nuestras vulnerabilidades externas. La paridad con el euro (3.887 pesos) y la dinámica del peso mexicano (que se deprecia frente al dólar mientras el peso colombiano se aprecia) modifican nuestra competitividad relativa. Mientras México pierde terreno cambiario, Colombia gana precio pero pierde margen en mercados terceros. La política comercial no puede ser indiferente a esta divergencia. Se requiere una diplomacia económica activa que negocie condiciones de acceso compensatorias y promueva cadenas de valor regionales que no dependan exclusivamente de la tasa de cambio.
La caída del dólar a niveles de 2020 es, en síntesis, un voto de confianza en la institucionalidad económica colombiana. Pero la confianza es un recurso no renovable si no se administra con disciplina. El desafío para la administración De La Espriella y para el Banco de la República es convertir esta ventana de estabilidad en reformas estructurales de largo aliento, en lugar de gastarla en populismo cambiario o fiscal. La historia regional nos enseña que las monedas fuertes no se decretan ni se sostienen por inercia; son el resultado de fundamentos sólidos y de una política económica que prioriza la productividad sobre la distribución cortoplacista.